¿POR QUÉ ME CALLO CUANDO PREGUNTAN SI SOY FEMINISTA?

Autor: Juan Guillermo Figueroa Perea (El Colegio de México).

.

14_figueroa-2¿“Derechos reproductivos” de los varones?

Hace dos décadas publiqué mi primer artículo sobre población masculina y me centré en un análisis de sus comportamientos reproductivos. Venía de tres lustros de estudiar a las mujeres en dichos ámbitos y de casi una década de interactuar con colegas feministas, quienes me identificaron como “compañero de camino”, dado que investigaba sobre las condiciones en que eran respetados sus derechos al optar por métodos anticonceptivos. Algunas de ellas me llegaron a decir que mi enfoque coincidía con sus propuestas teóricas y políticas, por lo que, además de invitarme a diferentes espacios feministas y de publicarme algunas reflexiones, me preguntaban que cómo me había surgido esa conciencia feminista.

Les llamaba la atención que les dijera que simplemente trabajaba desde la ética y desde los derechos humanos, dada mi formación filosófica y mi militancia política, si bien poco a poco sentí que les incomodaba que no me suscribiera como feminista. En 1993 participé en la organización de un encuentro sobre maternidad sin riesgos y unos meses antes me sorprendió que me invitaran a organizar una sesión sobre derechos reproductivos dentro de un encuentro feminista, al que no podría asistir dado que “se trataba de un hombre”. Es decir, podía organizar la sesión, pues mis argumentos les parecían útiles para el movimiento de mujeres, pero ‘mi ser hombre’ era un obstáculo para participar. Esto no sucedió en la conferencia de maternidad sin riesgos donde incluso en una plenaria expliqué la categoría de género, la cual empezaba a citarse más frecuentemente y una querida colega me felicitó por entenderla “incluso siendo hombre”. Un colega del sexo masculino me increpó después de explicar la categoría de género, ya que sentía que lo estaba traicionando, al colocarme “de lado de las mujeres”.

En ese entorno algunas compañeras feministas me invitaron a reflexionar sobre autonomía de las mujeres y experiencias reproductivas de los hombres, pero enfatizaban que querían conocer un punto de vista masculino, que a la par identificaban como sensible a las condiciones de vida de la población femenina. Por ello, fui invitado a la IV conferencia mundial de la mujer celebrada en China.

A pesar de mi resistencia por no ser la masculina mi población de estudio, comencé a escribir al respecto e identifiqué sexismos tanto en el lenguaje cotidiano como en las categorías académicas usadas en disciplinas que me eran cercanas (trabajaba yo con colegas del área médica y de la demografía). Mis primeros análisis fueron bien recibidos, si bien me enfrenté a algunas críticas cuando cuestioné que se pensara solamente a los varones como apoyo u obstáculo de las decisiones reproductivas de las mujeres, para imaginarlos con experiencias reproductivas en sí mismas, las cuales podían relacionarse con su propia salud. Además, esto suponía un reconocimiento de sus derechos en dicho ámbito. Algunas compañeras consideraban que usaba las categorías feministas en la experiencia del “enemigo o victimario”, mientras que colegas varones consideraban que hablar de derechos de los hombres en una sociedad patriarcal era una muestra de una “posición antifeminista y cínica”.


Me enfrenté a algunas críticas cuando cuestioné que se pensara solamente a los varones como apoyo u obstáculo de las decisiones reproductivas de las mujeres, para imaginarlos con experiencias reproductivas en sí mismas, las cuales podían relacionarse con su propia salud. Además, esto suponía un reconocimiento de sus derechos en dicho ámbito.


Traté de construir visiones dialogadas y relacionales, dentro de las cuales ambas poblaciones tienen derechos y responsabilidades, sin homogeneizar sus diferencias fisiológicas, pero tampoco fue sencillo pues se aludía a “prioridades”. Propuse hablar de “derechos humanos en la reproducción” para poder nombrar la autodeterminación reproductiva en la experiencia masculina, ya que algunas compañeras consideraban un abuso aludir a derechos reproductivos de dicha población, cuando la categoría había surgido de una reivindicación feminista. Sin embargo, no resolvía totalmente la resistencia ya que se sentían amenazados los derechos de las mujeres, al asumir que no habría disposición de los hombres a negociar conflictos de derechos y que se estaba cooptando demandas feministas para “quitarles fuerza política”.

Traté de inventar términos para nombrar las experiencias reproductivas de los varones, ya que mis aprendizajes desde la filosofía del lenguaje me recordaban que “lo que no se nombra se acaba creyendo que no existe”. Por ello aludí, por ejemplo, a “la soledad en la paternidad” con el fin de referirme a las experiencias de acompañamiento, gratificación y cuidado de la paternidad, de las que muchos hombres se pierden por no cuestionar modelos rígidos de masculinidad. Colegas de ambos sexos la vieron con buenos ojos, si bien al preguntar por lo que les generaba sentido descubrí que sentían una nueva forma de acompañar y ayudar a las mujeres, a través de sensibilizar a los hombres para hacerse más presentes en los espacios reproductivos. No lo veían como un recurso de derechos de dichos sujetos a disfrutar su paternidad (como yo), incluso por razones asociadas a su propia salud, en su componente emocional y lúdico.


Aludí, por ejemplo, a “la soledad en la paternidad” con el fin de referirme a las experiencias de acompañamiento, gratificación y cuidado de la paternidad, de las que muchos hombres se pierden por no cuestionar modelos rígidos de masculinidad [y como] un recurso de derechos de dichos sujetos a disfrutar su paternidad. Consideré la necesidad de documentar malestares reproductivos de los sujetos masculinos.


14_figueroaSeguí en interacción con el debate sobre la salud y mortalidad maternas, así como con el de derechos reproductivos de las mujeres, pues participé como jurado en el primer tribunal por la defensa de los derechos reproductivos de dicha población. A partir de ello consideré la necesidad de documentar malestares reproductivos de los sujetos masculinos, distinguiendo aquellos que tuvieran que ver con añoranza por una pérdida del poder asociada al empoderamiento de las mujeres, de otros derivados de su condición de género masculina, ya que los primeros podrían tener que ver con un deseo de regresar a la asimetría en los intercambios de género, mientras que los segundos podrían hacer referencia al costo que tiene para ellos las denominadas especializaciones de género. Los identificaba como potenciales contenidos para derechos reproductivos de una manera más significativa y contextualizada, como había sido el camino seguido por compañeras mujeres.

En ese proceso empecé a alertar sobre la confusión entre derechos y privilegios de los varones, ya que se negaban los primeros al interpretarse como legitimadores de los segundos, mientras que desde mi lectura si se acotan derechos en las interacciones, se restringe la posibilidad de que las decisiones de los varones sean por puro privilegio patriarcal. Por eso comencé a explorar la asociación entre salud y paternidad, dado que algunos de los supuestos privilegios masculinos (como el no estar al pendiente de los hijos ni recrearse en la convivencia con ellos) puede generar una exagerada ponderación de responsabilidades como la proveeduría económica, la protección, la autoridad y el papel de educador y a la par minimizar la relevancia y hasta el derecho a recrearse y divertirse en el acompañamiento de sus hijos. Con eso se pierden los aprendizajes que ello trae asociado y las gratificaciones amorosas y lúdicas que posibilita la compañía con personajes con otros ritmos, experiencias y códigos de comunicación. Incluso, podrían ser detonadores de frustraciones en los progenitores, al grado de ayudar a entender (sin justificar) ausencias, violencias y autoritarismos.

Empecé a explorar también la posibilidad de que las experiencias reproductivas resultaran gratificantes para los progenitores (en términos de cuidado físico y de gratificación emocional), pero a su vez detonadores de riesgos por tensiones, por demandas de proveeduría y protección exacerbadas (al menos por las prácticas necesarias para cumplir), e incluso pudiendo llevar a la muerte a un progenitor, dentro de lo cual se incluye el dolor por la pérdida de un hijo. Para ello recurrí a la categoría de muerte paterna y nuevamente se generó un rechazo pues se consideró que estaría distrayendo la atención de las “causas de las mujeres”, así como tergiversando el sentido de los términos, pero más todavía, confundiendo prioridades, como aquellas a las que se aludía en los objetivos del milenio, donde la maternidad era objeto de atención en salud y mortalidad, pero no se alude a la paternidad.

Ha sido interesante dialogar críticamente con los estudiosos de la masculinidad y con quienes trabajan en agrupaciones con hombres, ya que me he enfrentado a un discurso según el cual mi lectura podría considerarse desde una perspectiva de género, pero no precisamente feminista y menos “profeminista”. Varios colegas insisten en que no es pertinente hablar de derechos de la población masculina, sino que habría que privilegiar responsabilidades. He llegado a identificar lecturas que rayan en lo que denomino “la autoflagelación masculina”. Es decir, hombres que se niegan derechos y que parecieran recomendar primero un pago de culpas por las injusticias que ancestralmente la población masculina ha ejercido sobre la femenina y solamente después (sin acotar qué pasos habría intermedios), tendría cierta legitimidad aludir a derechos de los varones.


Varios colegas insisten en que no es pertinente hablar de derechos de la población masculina, sino que habría que privilegiar responsabilidades. He llegado a identificar lecturas que rayan en lo que denomino “la autoflagelación masculina”. Me parece que hay colegas que investigan o trabajan con hombres que se autocensuran ante un “imaginario feminista”, interpretado como mejoría incondicional de las condiciones de las mujeres, sin conceder la posibilidad de que mejorar situaciones de los hombres pueda dignificar el intercambio de ambos.


14_superman-derretidoHe vivido la experiencia de que artículos míos no sean mandados a dictaminar en revistas especializadas en hombres o en feminismo, en ambos casos desde un entorno autodenominado de género, por “explorar categorías que se consideran un obstáculo para los movimientos de mujeres” o bien, que “quizás incomoden a colegas feministas”, como lo son los derechos reproductivos de los varones o bien la salud y la mortalidad paternas. He recibido comentarios en congresos académicos donde se descalifican reflexiones mías por dialogar críticamente con el feminismo o bien por no nombrarlo, pues se considera una irreverencia (“después de todo lo que ha aportado”) o bien una muestra de indiferencia ingrata, a pesar de que se pueda llegar a ciertos temas afines desde la reflexión ética y de derechos humanos.

Me parece que hay colegas que investigan o trabajan con hombres que se autocensuran ante un “imaginario feminista”, interpretado como mejoría incondicional de las condiciones de las mujeres, sin conceder la posibilidad de que mejorar situaciones de los hombres pueda dignificar el intercambio de ambos. Incluso se tergiversa la balanza por priorizar un empoderamiento de las mujeres que ignora y minimiza posibles desventajas vividas por la población masculina, a partir de sus aprendizajes de género y de un sistema patriarcal que los ha construido como el sujeto de referencia y, por ende, que pareciera evitarles la necesidad de pensarse para re-inventarse, como tanto lo han hecho muchas mujeres gracias al feminismo.

.

¿Basta el feminismo para pensar a los hombres?

Me sigo preguntando si nos basta el feminismo para pensar a los hombres, e incluso, ¿qué ha aprendido y matizado el feminismo a partir de que se estudia a los hombres de manera más sistemática y de que han surgido nuevas categorías, independizándose de la lectura feminista original?. ¿Será que no entendimos al feminismo o que estamos contribuyendo a enfoques más integrales y comprensivos para las experiencias de unas y otros? No lo sé; quizás por eso me quedo callado ante la pregunta inicial.