Singularidad, queja y vindicación en las nuevas masculinidades.

DOSSIER. ECONOMIA FEMINISTA

(La economía feminista y los procesos de transformación de las masculinidades).

Autor: José Mª Lozano Estella.

María Pazos me recordó, a través de Celia Amorós, que el movimiento feminista se inicia cuando se pasó de la queja de las mujeres a sus vindicaciones, lo que se produjo con la primera ola del feminismo a finales del siglo XVIII, con la revolución francesa y la industrial. Esa concepción de inicio de un movimiento me hizo plantear cuándo podríamos datar el inicio del movimiento de hombres por una nueva masculinidad, un hecho que ha surgido por la toma de conciencia que nos ha generado el movimiento feminista. La revolución de la masculinidad es hija del movimiento feminista. Surgimos, por tanto, como cualquier ser humano del útero materno.

Pero todo inicio tiene un proceso de gestación. Por ello, como hombres, es importante conocer la prehistoria del movimiento feminista, ese tiempo previo a las reivindicaciones de la primera ola del feminismo, unas demandas que obedecían a unas prohibiciones y faltas de derechos que soportaban las mujeres. En esa prehistoria emergen dos aspectos cruciales; por un lado, la singularidad de mujeres que muestran una capacidad de actuación mas allá de los roles asignados por su condición de mujer; una demostración de cualidades equiparables a los hombres cuando es preciso por necesidades de cualquier tipo y, por otro lado, la queja de no valorar esas singularidades como motor de cambio, una queja por desvalorizar el papel atribuido a las mujeres, como una demanda evidente de conseguir una valoración e igualdad entre todos y todas

Las singularidades en la historia de las mujeres nos hablan de unos tiempos remotos (en cuanto a los inicios del movimiento feminista), donde las mujeres salían del papel que les había sido asignado socialmente para demostrar su valía en cualquier arte u oficio que las necesidades requerían. Nacen mujeres singulares, como nos señala Cristina de Pizan en su obra “La ciudad de las Damas”, como reinas, guerreras, literatas, poetas, científicas, gobernantas, santas, mártires, médicas y un largo etcétera. Mujeres singulares que emergen por distintos caminos para demostrar que no están limitadas ni incapacitadas para afrontar los mismos retos que los hombres.

Tantas singularidades inevitablemente darán paso a la queja, una queja que fue creciendo con los tiempos, una queja que inicialmente pide un reconocimiento a la valía de las mujeres, una queja que amplia su resonancia hasta llegar inevitablemente desde la no-escucha a la vindicación, porque ya no se puede sostener tanta incomprensión ni injusticia. Porque ellas desde su libertad, también reivindican el derecho a escoger su propio destino, a tener acceso a la cultura, al trabajo público, al reconocimiento de su potencial. En esos momentos, el feminismo emerge demandando derechos, cambios de leyes y una igualdad social y política.

Aún dos siglos después, esas reivindicaciones siguen presentes, los ecos de las singularidades y las quejas no sólo no se extinguen, sino que van creciendo por las vías abiertas de los cambios, haciendo que la queja vaya subiendo de grado, dando más credibilidad a la injusticia de las realidades desigualitarias, posibilitando cambios en las leyes, las políticas y en la sociedad. Un proceso que, sin embargo, avanza muy lentamente, porque existe un muro o techo de cristal que se opone. Una oposición gestionada por hombres, una negación por nuestra parte para derribar la separación de los espacios públicos y privados-domésticos, una resistencia para que cualquier lugar o espacio sea ocupado sin mirada de géneros, ni asignaciones por sexos.

¿Derechos de los hombres?

El movimiento de hombres debe observar esa prehistoria de singularidades del feminismo, para poder acceder a las reivindicaciones, porque no se trata tan solo de apoyar las justas demandas surgidas del feminismo, sino que también debemos vindicar nuestros derechos. La pregunta por consiguiente es: ¿Cuáles son esos derechos? Porque desde nuestra cómoda posición de poder podría parecer que no tengamos más lucha que la condescendencia en que las mujeres también se puedan encontrar en esa cima del poder. De hecho es una forma de igualdad. ¿Pero qué perdemos con ello, qué vindicaciones propias debemos hacer?

Buscando respuesta a esa pregunta, emergen las palabras de Cristina Carrasco en la entrevista, unas palabras que marcan que el mundo de los hombres no es generalizable, que la igualdad no se construye en el espacio público, sino que la igualdad se puede construir en el espacio privado-domestico, un lugar en el cual no se ha sociabilizado a los hombres para ello, haciendo de nosotros unos dependientes de los cuidados de las mujeres, no solo en el ámbito de la casa, sino sosteniendo nuestros afectos y emociones. Somos incapaces de cuidarnos nosotros mismos y como malos cuidadores, la empatía deja de ser una de nuestras cualidades, lo que hace que tengamos una gran capacidad para destruir, por falta de amor al cuidado del otro, de las cosas o de la naturaleza.

Por tanto, nosotros también tenemos que vindicar a nivel social y político nuestros derechos, el derecho de cuidadores, de sostenibilidad de la vida, de cuidar a nuestros hijos, de tener cuidado afectivo en las relaciones, de tener tiempo para cuidar de nuestros mayores o de personas dependientes, de tener cuidado de nuestro entorno. Todo ello, nos llevaría a demandar igualdad en las leyes de paternidades, de leyes que amparen nuestro derecho al cuidado, como una justa ley de las dependencias (leyes que están también en la lucha del movimiento feminista).


El movimiento de hombres debe observar esa prehistoria de singularidades del feminismo, para poder acceder a las reivindicaciones, porque no se trata tan de apoyar las justas demandas surgidas del feminismo, sino que también debemos vindicar nuestros derechos. La pregunta por consiguiente es: ¿Cuáles son esos derechos?


Ahora bien, estas vindicaciones necesarias me hacen pensar que los hombres estamos construyendo la casa por el tejado, porque como decía, nuestras vindicaciones nacen más bien desde las reivindicaciones de ellas, pero, al contrario que las mujeres, nos faltan muchas singularidades que tomen conciencia de ello, muchos hombres que hagan demanda de ese espacio, para que acabe en una queja potente, en una demanda de todo aquello que nos están robando en nuestra propia construcción como hombres.

Hacer emerger el deseo de cuidar.

Es necesaria la emergencia de miles de singularidades de hombres, deseando ocupar el espacio privado-doméstico, reclamando su buena capacidad para cuidar como las mujeres. Ese deseo llevaría a reivindicaciones en la dirección de regular el tiempo de trabajo en el espacio público. Así tendríamos tiempo para cuidar a nuestros hijos, a nuestros ancianos, a nuestros seres más próximos con disfunciones o con grados de dependencia.

Demandamos la igualdad desde nuestra necesidad, desde nuestro deseo y por ello reivindicamos la corresponsabilidad con ellas. Miles de singularidades que levantan su voz para dar paso a la queja, una resonancia cada vez mayor que llegue a los partidos manejados por hombres, para exigirles que nos dejen construirnos como hombres, que nos dejen ejercer nuestro derecho, que se transformen muchas leyes para dejar de ser hombres castrados y podamos ejercer todo nuestra humanidad.

Una consecuencia lógica de todo ello será la desfeminización de estos trabajos del cuidado, construyendo una verdadera posibilidad para la igualdad, propiciando el inicio de una caída del sistema capitalista sostenido por el patriarcado. Será una deconstrucción lenta, pero inevitable, para dar lugar a otro sistema justo e igualitario, sin importar qué nombre tenga, porque sería un sistema que no hablase de género, ni de razas, ni de clases, sino de la búsqueda de la sostenibilidad de todos y todas para la vida y el planeta.

Creo que nuestro trabajo como hombres requiere de una toma de conciencia de la importancia que tiene para nosotros el tema de los cuidados, una importancia esencial de conjugar y no disociar los espacios públicos-privados-domésticos; darnos cuenta de la importancia de cada uno de ellos para nuestra construcción personal.

Esto no debería quedarse sólo en una cuestión personal. Tenemos que llegar a más hombres, movilizar ese espacio de las masculinidades para seguir creciendo en número, para que nuestras quejas produzcan una enorme resonancia, para que lleguen a los grupos políticos, y obliguen a debatir leyes que desmonten esas injusticias, y, es así como las reivindicaciones encontraran conjuntamente a los movimientos de mujeres, unas reivindicaciones que impidan la castración de nuestras singularidades de hombres y mujeres.

Ambos nos encontraremos en un espacio de demandas, un encuentro que viene por caminos diferentes, pero que acaba convergiendo. Ellas nos abrieron los ojos a nuestra propia castración, fruto de una sociabilización patriarcal, pero esa nueva mirada no puede quedar sólo en el apoyo de las demandas de las mujeres, sino que también exige las pérdidas de unos derechos robados durante tantos siglos y siglos de patriarcado y agudizados por un sistema neoliberal. Nuestra toma de conciencia en esos derechos perdidos tendría como consecuencia la caída del techo de cristal detectado por las mujeres.


Creo que nuestro trabajo como hombres requiere de una toma de conciencia de la importancia que tiene para nosotros el tema de los cuidados. Una importancia esencial de conjugar y no disociar los espacios públicos-privado-doméstico, de darnos cuenta la importancia de cada uno de ellos para nuestra construcción personal.


Si las singularidades crecen, tal vez alcancen a algunos políticos, cargos del poder financiero o social, los cuales elevaran sus quejas por no tener tiempo al cuidado, porque su trabajo político o laboral no les permite cuidar a nada ni a nadie.

Haz clic en la imagen…

Se necesita construir la masculinidad desde el espacio privado-doméstico; se necesita generar el deseo de tener tiempo para el cuidado como algo fundamental para nosotros, no tan solo como una ayuda generosa a las mujeres, sino como necesidad vital. Los hombres igualitarios tienen el compromiso de transmitir, de hacer sentir la necesidad vital que supone para nosotros tener tiempo para compartir nuestros afectos con nuestros hijos, con nuestras parejas o amigos, cuidar nuestro hábitat personal, nuestra salud; necesitamos tener tiempo para desarrollar el mundo de afectos y sentimientos, algo que solo se construye desde la empatía con el otro.

Se necesita, por tanto, cambiar los horarios laborales, las leyes que frustran el derecho a no ejercer la paternidad desde el cuidado, leyes que no apoyan el amor a cuidar a nuestras personas queridas con dependencia. ¡Se necesitan las voces de miles de hombres! Esas singularidades, por sí solas no pueden nada, pero sus necesidades las llevan a vincularse con todos para alzar la voz y ahí en ese escenario nos encontraríamos con ellas y la voz alcanzaría al Parlamento, porque en ese Parlamento se habrán infiltrado muchas singularidades de hombres que claman por su necesidad.

La Economía Feminista y los hombres.

Haz clic en la imagen.

La Economía Feminista también nos indica que no estamos delante de una quimera; que, incluso desde la vertiente económica, el cambio de las leyes es posible. Para ello es necesario derribar el techo de cristal, algo construido con material de las masculinidades hegemónicas, un derribo que nos toca a los hombres, con la construcción de unas nuevas concepciones de masculinidad, o ¿por qué no? con la eliminación de las etiquetas de género. Éste es un camino para la construcción de una justa igualdad para todos y todas.

Sin ese cambio de la masculinidad hegemónica, la igualdad solo se lograría de una forma limitada, ya que simplemente posibilitaría a las mujeres construirse en igualdad, en el espacio de los hombres: una igualdad a medias o tal vez errónea, porque ese mundo de los hombres es una construcción injusta, que divide a las personas en cuidadores y cuidados, superior e inferior, sexo fuerte frente a sexo débil. Un lugar donde la economía se pone al servicio del beneficio económico y no de las personas. Tenemos que reivindicar nuestro derecho a ser cuidadores, nuestro derecho a no quedar limitados, nuestro trabajo como hombres es construir la singularidad masculina, es convertir nuestra incompletud en completud. En definitiva y ahí esta lo vital, acabaríamos con la construcción patriarcal. Porque debajo de cualquier movimiento revolucionario -llámese capitalista, neoliberalismo, socialismo, bolivariano, etc.,-siempre está la raíz del patriarcado. Por tanto, es evidente que sin feminismo no hay verdadera revolución igualitaria para todos y todas.


La Economía Feminista también nos indica que no estamos delante de una quimera, que incluso desde la vertiente económica el cambio de las leyes es posible. Para ello es necesario derribar el techo de cristal, algo construido con material de las masculinidades hegemónicas, un derribo que nos toca a los hombres, con la construcción de unas nuevas concepciones de masculinidad, o -¿por qué no?- con la eliminación de las etiquetas de género.


José Mª Lozano Estella. Psicólogo Clínico-Psicoterapeuta. Miembro de Homes Igualitaris (AHIGE Catalunya)

metsovo88@hotmail.com. www.hivernacleexistencial.es/cat