SOLO HOMBRES SOLOS FRENTE AL MAR.

Autor: Octavio Salazar.

 

Más allá del drama excesivo y pretencioso que Manchester frente al mar termina siendo, lo cual hace que sus virtudes se diluyan con la ayuda inestimable de un metraje al que le sobra, como mínimo, media hora, lo que más interesante me ha resultado de esta película, solo aparentemente indie, es el retrato que nos ofrece de un hombre herido, que arrastra no solo el pasado trágico que vivió sino también una manera de entenderse a sí mismo que le impide pasar página. En el personaje de Lee Chandler, el solitario y huraño hombre que tiene que volver a su comunidad de origen tras la muerte de su hermano y que deberá hacerse cargo de su sobrino de 16 años, confluyen buena parte de los rasgos que han hecho, y hacen, de la masculinidad hegemónica, una cárcel para los que habitan en ella. Lee es un hombre al que le cuesta expresar sus emociones, incluso articular palabras que generen diálogos, que carece de habilidades para generar empatía, que parece vivir más para dentro que hacia afuera. Un hombre que parece no digerir su debilidad, lo cual se convierte en su principal obstáculo para enfrentarse de una vez por todas a su propia historia y ser capaz de remontar el vuelo.

Esas incapacidades, que en parte compartimos todos los hombres que durante siglos hemos sido socializados para no asumir nuestra vulnerabilidad y para crecer convertidos en los héroes de la película, se nos muestran con rotundidad gracias a la interpretación de Casey Affleck, cuyo rostro, a veces poco más expresivo que una roca, es como la pantalla en la que vemos desfilar el ejército de una virilidad que no parece entender de inseguridades, flaquezas y lágrimas. La que siempre debe estar dispuesta para cumplir el papel que se exige de ella, la que ha de dar respuesta a las preguntas más complejas, la que nunca debe mostrar inseguridad ni titubeos. La que además, en el caso de Lee, carece de recursos emocionales que le permitan superar la culpa.

Es justo el reencuentro con su sobrino de 16 años, un chico que parece que solo es capaz de calmar sus penas y de responder a sus interrogantes follando con sus novias, y al que también cuesta ver mostrando emociones, ni siquiera cuando está viviendo la tragedia de la muerte del padre, el que provoca que se remuevan los lodos que durante un tiempo suponíamos en reposo. Ante esa encrucijada, en la que ya no le bastará con saber de instalaciones de fontanería y de la que no podrá escapar bebiendo cerveza, vemos cómo el hombre de paternidad “interrumpida” tiene que hacer un esfuerzo por salir de la jaula y no seguir huyendo del espejo. Y solo muy avanzada la película, al fin, vemos que se acerca al sobrino desorientado, y lo abraza. Lo que no nos queda claro es si la experiencia de los afectos y  las responsabilidades de cuidador harán que surja un nuevo Lee.

 


Esta historia es, por supuesto, y como suelen serlo la mayoría de las películas que se hacen, una historia de hombres. Donde también nosotros somos los protagonistas absolutos, los héroes incluso en el dolor, los que dominamos todos los espacios y responsabilidades, pese a nuestra manifiesta incapacidad para gestionar los asuntos más emocionales.


 

Esta historia es, por supuesto, y como suelen serlo la mayoría de las películas que se hacen, una historia de hombres. Donde también nosotros somos los protagonistas absolutos, los héroes incluso en el dolor, los que dominamos todos los espacios y responsabilidades, pese a nuestra manifiesta incapacidad para gestionar los asuntos más emocionales. Ellas, en esta película, y como también suele ser habitual en los relatos triunfantes, son apenas personajes secundarios y muy estereotipados, apenas trazados con un par de líneas. Mujeres ausentes, mujeres que callan, mujeres de las que apenas sabemos nada, como mucho que siguen aferrándose al amor para sobrevivir.

Apenas sabemos nada del personaje que interpreta con su habitual maestría Michelle Williams, cuando se me antoja uno de los más interesantes del relato. La exmujer de Lee, que parece haber recuperado el timón de su vida, aunque en una prodigiosa escena descubramos que continúa siendo infeliz, apenas es un trazo, un boceto, un par de líneas que no salen de lo básico y de lo que se espera de una amante esposa y madre, sufridora por excelencia, siempre dispuesta a conciliar.

Ahora bien, mucho más estereotipada, y condenada a la locura y la enfermedad (otro clásico del relato patriarcal), es la exmujer del hermano de Lee, de la que tampoco conocemos otras claves que aquellas que la sitúan casi en una caricatura de la mujer mala, la Eva bíblica, la bruja a la que por cierto intenta redimir un cristiano muy fundamentalista. Y, por cierto, una mala madre que es capaz de abandonar al hijo durante años y a la que tampoco vemos muy interesada por recuperarlo.

Manchester frente al mar es, pues, una película que, bajo su apariencia de cine rompedor y propuesta alternativa al cine más comercial, bebe de las fuentes más clásicas del melodrama y nos ofrece un estupendo relato, eso sí, de todas las “discapacidades” que la masculinidad tradicional continúa hoy arrastrando. Tal vez por eso, aunque la Academia de Hollywood no sea consciente, Casey Affleck se haya llevado esta madrugada el Oscar al mejor actor. Gracias a un personaje que sin duda vale más que lo que él vale como actor.

 

Este artículo fue publicado originariamente en el blog del autor.