Recomendamos: “Regreso a casa”, de Zhang Yimou.

Febrero 3, 2017

EL ARTE DE ACOMPAÑAR.

REGRESO A CASA”, de Zhang Yimou (2016) (“Coming home”).

Autor: Juanjo Compairé.

La memoria.

Esta bellísima película es una de tantas que pasan desapercibidas por nuestras carteleras, controladas por las grandes multinacionales (“majors”) de Hollywood. Y, sin embargo, es una pequeña perla.

Como transcurre en el periodo de la “revolución cultural“ china, la mayor parte de las críticas han versado sobre este aspecto, insistiendo en que el film es una reflexión demasiado “blanda” sobre este periodo convulso de la historia de la República Popular que pasó, primero, por un radicalismo exacerbado y un extremo culto al líder Mao Zedong, para más adelante, como un péndulo, encarar el proceso actual de un capitalismo de estado. Durante la “revolución cultural” (que algunos grupos maoístas admiraron e intentaron imitar en Occidente) se produjeron purgas, depuraciones y deportaciones de funcionarios del partido comunista considerados “derechistas” para su “reeducación”. Más adelante, tras la caída de la mujer de Mao y la llamada “banda de los 4”, estos funcionarios fueron rehabilitados. Sin embargo, este episodio dejó profundas marcas en la memoria nacional china. Marcas que posteriormente –incluso ahora- quieren borrarse de un plumazo, como si nunca hubieran existido.

En España vivimos un proceso similar de “borrado de memoria” durante la transición. Proceso que dura hasta hoy, cuando tenemos dificultades para llevar adelante una verdadera política de memoria histórica. También nosotros vivimos una “amnesia obligatoria” que sirvió para consagrar la impunidad de los crímenes del fascismo. En el cine, de forma metafórica, tuvimos diversos films con personajes perdidos, descolocados, que habían olvidado todo. Nuestro país vivía en un proceso de veloz enriquecimiento en el que se nos decía que no había que mirar atrás. Mientras tanto, familiares de represaliados cogían pico y pala en las cunetas para desenterrar los cadáveres de sus familiares asesinados por la dictadura ante la impasibilidad del resto de la ciudadanía y sobre todo de las autoridades.

En China ha pasado algo similar y por eso nos resulta tan familiar la historia del represaliado Lu Yanshi (Cheng Daoming), de su mujer Wanyu (la maravillosa Gong Li, que hemos disfrutado en otros films del mismo director) y de su hija la joven Dandan (meritoria Zhang Huiwen). Nos resuena una historia en la que vemos que la hija ha recortado y arrancado la imagen de su padre en el álbum familiar, como si con ese gesto hiciera desaparecer su recuerdo.

Y sin embargo, en lugar de poner el foco en la historia política, vamos a intentar ahora mirar este relato centrándonos en la figura de Lu Yanshi, el padre, que es el hilo conductor. Vamos a fijarnos en esta figura masculina.

La ley del amor.

La primera media hora vemos una historia de amor entre Yanshi (deportado, pero escapado) y Wanyu, su esposa. Entre la ley oficial, la del Partido (que su hija Dandan, sigue con fe ciega) y su amor, eligen dejarse llevar por este último. Él quiere encontrarse con su esposa amada y ella quiere ayudarle, a pesar de las represalias que le amenazan por ayudar a un prófugo de la justicia. Es maravillosa la escena inicial del encuentro frustrado entre los dos esposos en la estación. Más adelante sabremos el sacrificio que ella ha tenido que hacer a costa del trauma que atraviesa el resto del film. La ley del amor, primigenia, como la que en el mito clásico invocara Antígona. Una ley anterior a todas las otras, que no tiene que justificarse y que no procede de otro lugar que de lo profundo.


La ley del amor, primigenia, como la que en el mito clásico invocara Antígona. Una ley anterior a todas las otras, que no tiene que justificarse y que no procede de otro lugar que de lo profundo.


El reconocimiento.

A partir de allí, la historia da un saldo de años, hasta después de la revolución. Al director (y por eso creo que no podemos analizar el film como un documental histórico) no le interesan los detalles. No sabemos dónde ha estado deportado Yanshi, si lo han torturado o no; ni siquiera las razones argüidas para su condena, ni para su rehabilitación. Lo importante es el panorama que se encuentra en casa, con su mujer que no le reconoce, que le rechaza y que lo confunde con un funcionario, el mismo que envió a su marido al destierro y que la violó. Desde este momento, la película da un giro decisivo y nos encara ante un tema eterno, presente en muchos mitos, novelas y films: el reconocimiento. Un reconocimiento que no significa tan solo conocer quién está ante ti, sino qué representa para ti. ¿Hay algo más doloroso para un enamorado que el no reconocimiento? Los ojos, la mirada de Yanshi lo dicen todo. Amor amarado en dolor.

Amar es acompañar. El perdón.

Lu Yanshi ama más allá del reconocimiento. Y como ama a su esposa, la acompaña, más allá de toda esperanza. Son bellísimas las escenas en las que su marido intenta que ella recupere la memoria y sane su trauma post-violación, utilizando la música o la lectura del número incontable de cartas que él le ha escrito. En lugar de situarse en la posición de poder, de exigir sus derechos como marido, él pacientemente se coloca en el lugar de cuidador, de persona atenta a las necesidades de ella, de acompañante, sin querer imponerse. La maravillosa escena final así nos lo indica.

Está claro que no es un héroe. Le vemos dudar en algún momento, en que tiene la tentación de abandonar y retirarse. No quiere utilizar la ley –aunque podría hacerlo y así se lo ofrecen-porque sabe que en temas de amor la ley no sirve.

La posición de Yanshi no es, pues, la de poder. Vemos de qué manera trata a su hija. Su autoridad como padre no proviene de la fuerza. Sirve para que su hija reconstruya su vida, transite de la culpabilizacion (su hija lo delató, pero le dice “eras muy pequeña, es agua pasada”) a la responsabilidad. Que recupere sus deseos de danzar que ella había abandonado tras la contrarrevolución. Reconoce que ha sido mal padre y este reconocimiento aún le hace aumentar su autoridad ante su hija: “Soy su padre, pero nunca he estado para cuidar de ella. De todo lo que ha pasado, esto es lo que más siento·, dice).

Es la posición de quien usa el amor para curar y restañar heridas. Un modelo de masculinidad, pues, que se basa en el orden amoroso y no en la fuerza. Observamos también cómo su deseo de venganza del violador de su mujer se desvanece al escuchar la desesperación de la familia de éste. Amor que se torna, pues, perdonador y misericordioso, compasivo. Perdón, compasión, misericordia, palabras viejas que en esta historia tienen ocasión de volver a volar.


Es la posición de quien usa el amor para curar y restañar heridas. Un modelo de masculinidad, pues, que se basa en el orden amoroso y no en la fuerza.


Los símbolos.

El “tempo” del film es un tiempo circular. La película –al menos en la segunda parte- sigue un proceso en espiral. Vemos pasar las estaciones, el sol la lluvia. Hay una escena que se va repitiendo para dar ritmo a este “eterno retorno”, esa espiral que a cada vuelta se adentra más en lo hondo. Es Dandan llegando en bicicleta a casa. La puerta de la casa que se cierra y se abre nos permite transitar en este ritmo dentro-fuera de la casa. El interior filmado en colores cálidos; el exterior en colores fríos.

Estirando un poco la simbología podríamos decir que ella, que Wanyu es un símbolo de la propia nación china, violada y traumatizada hasta obligarla a olvidar el trauma de esa época.

Pero volvamos, como decíamos al comienzo, a la historia de los dos esposos. La bicicleta (dos ruedas que giran al mismo tiempo sin encontrarse) y el tren (dos vías que van en la misma dirección sin tocarse) devienen en símbolos de los dos esposos.


Los hombres, gracias a la mediación del amor, podemos ser cuidadosos, empáticos, cuidadores. Que desde esta posición podemos conseguir llegar a una autoridad más sólida, más humana.


Conclusión. La masculinidad amorosa.

En una cartelera repleta de cine violento, protagonizado por hombres que se consideran héroes porque son capaces de dominar o de sobreponerse a los demás, este film resulta estimulante y esperanzador. Vemos que los hombres, gracias a la mediación del amor, podemos ser cuidadosos, empáticos, cuidadores. Que desde esta posición podemos conseguir llegar a una autoridad más sólida, más humana, más respetuosa, menos invasiva que por medio de la fuerza. Que somos capaces de crecer humanamente mediante el perdón (en lugar de la venganza).

Con hombres como Lu Yanshi hay esperanza. Los necesitamos.

Trailer de la película:

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