Poniendo la vida en el centro

Marzo 22, 2017

Poniendo la vida en el centro

DOSSIER: ECONOMIA FEMINISTA.

(La economía feminista y los procesos de transformación de las masculinidades).

Breve Historia de la Economía Feminista

Autor: José María Lozano Estella.

Podríamos datar el inicio de la Economía, como ciencia política, hacia el siglo XVIII y más concretamente con Adam Smith en 1776 con la aparición de su libro “La Riqueza de las Naciones”. Es una época donde surge la denominada revolución industrial y que daría pie a los primeros esbozos del capitalismo. Nace dentro de una cultura patriarcal y eso va a suponer que la morada de la economía ya tenga el sesgo del androcentrismo. La historia hasta ese momento estaba escrita por los hombres y esta nueva ciencia emergente no iba a ser menos.

En esos inicios, como nos recuerda Cristina Carrasco (1), “la economía política es la ciencia que estudia las leyes que rigen la producción, la distribución, la circulación y el consumo de los bienes materiales destinados a satisfacer las necesidades humanas”. Para esta nueva escuela clásica del economismo todo ello está centrado en el ámbito mercantil. Este hecho fundamental para el capitalismo hace que el trabajo quede relacionado con el mercado (ámbito público) y todo lo que no esté configurado en este espacio queda fuera del ámbito de la economía (espacio privado). De esta manera, el capitalismo, aprovechando la estructura patriarcal, viene a reforzar mucho más la división sexual, donde el trabajo asociado al mercado queda en manos de los hombres y pasa a ser trabajo remunerado, mientras que el trabajo del ámbito privado (doméstico y de cuidados) es asociado a las mujeres y no es remunerado. Y es que todo aquello que esta referido a las mujeres está devaluado.


Podríamos datar el inicio de la Economía, como ciencia política, hacia el siglo XVIII y sería más concretamente con Adam Smith en 1776 con la aparición de su libro “La Riqueza de las Naciones”.


En un principio, la economía habla de un mercado destinado a satisfacer las necesidades humanas. Por ello, de alguna manera, valora la importancia del trabajo doméstico y del cuidado en el proceso de reproducción social (valoración simbólica, que no económica). Pero lo cierto es que, a medida que avanzan los tiempos, las nuevas visiones de la economía (neoclásica: de finales del siglo XIX y principios del XX), ponen toda su visión en el consumo como objetivo prioritario. Las personas dejan de ser, pues, el objetivo, para convertirse solo en el medio y en consumidores de la producción, lo que las pone al servicio del consumo.

El objetivo ya no es principalmente satisfacer las necesidades humanas, sino satisfacer las necesidades del mercado. Todo ello conllevará que el mercado se convierta en el centro político y económico de la vida de los humanos. Se agranda todavía más la distancia entre la esfera pública (mercado) y la esfera privada, lo que hace que el trabajo doméstico familiar – al no estar dentro del mercado- acabe por no tener ningún valor y sea totalmente marginado. Eso es tanto como refrendar al patriarcado, donde el hombre ocupa el centro y las mujeres quedan en el ámbito de la marginalidad.


Las nuevas visiones de la economía (neoclásica: de finales del siglo XIX y principios del XX), ponen toda su visión en el consumo como objetivo prioritario. El objetivo ya no es principalmente satisfacer las necesidades humanas, sino satisfacer las necesidades del mercado. Todo ello conllevará que el mercado se convierta en el centro político y económico de la vida de los humanos.


Una mirada puesta en el mercado como centro, relegando el trabajo doméstico y de los cuidados a la invisibilidad, en palabras de Cristina Carrasco (2) “está eludiendo toda responsabilidad sobre las condiciones de vida de la población…Se acaba por aceptar como única perspectiva de referencia la de los perceptores de los beneficios, los cuales consideran las condiciones de vida de los trabajadores y de sus familias como un coste o un lujo improductivo”.

La economía feminista no es una ciencia que nace a finales del siglo XX, como una aparición novedosa. Emergió al mismo tiempo que la economía clásica pero, al estar las mujeres invisibilizadas en la cultura, sus planteamientos son presentados como alejados de las corrientes hegemónicas y androcéntricas del pensamiento y apenas aparezcan registradas ni escuchadas. Ellas debatieron abiertamente con la nueva economía clásica de Adam Smith. Entre estas economistas feministas podríamos destacar a Priscilla Wakefield, que a finales del siglo XVIII pide integrar en los planteamientos económicos el trabajo de las mujeres tanto en su vertiente mercantil como doméstica e igualmente denuncia la discriminación salarial a que eran sometidas.

En pleno Siglo XIX sería Victoire Daubié, Millicent Garret Fawcet o Harriet Martineau, entre otras, quienes reivindican la igualdad de salarios para ambos sexos en un mismo trabajo, así como el acceso a diferentes puestos laborales y no solo aquellos clasificados como femeninos. Ellas hablan del derecho al trabajo mercantil como un derecho personal e individual. Bodichon o Harriet Taylor (3) reivindican la necesidad de la independencia de las mujeres, demandando el derecho a trabajos remunerados para no depender de los hombres. Querían acabar con el monopolio de los hombres en su acceso a los trabajos mejor remunerados. El hecho fundamental, desde la mirada del capitalismo patriarcal -como dirían los movimientos feministas de la época- no era que las mujeres no trabajaran, sino que no cobraran por ello o que, si eran remuneradas, lo fueran de forma precaria, para seguir de esta forma dependiendo de los hombres. Podemos destacar en esa época un manual de economía de Gilman Charlotte Perkins “Mujeres y Economía” (1898) que tuvo una cierta divulgación.


La economía feminista no es una ciencia que nace a finales del siglo XX, como una aparición novedosa. Emergió al mismo tiempo que la economía clásica pero, al estar las mujeres invisibilizadas en la cultura, sus planteamientos son presentados como alejados de las corrientes hegemónicas y androcéntricas del pensamiento y apenas aparezcan registradas ni escuchadas. Ellas debatieron abiertamente con la nueva economía clásica de Adam Smith.


Todas las críticas realizadas por mujeres a la naciente economía del mercado quedaron fuera del análisis económico y fueron invisibilizadas, como una clara evidencia que no había más economía que la construida por los hombres y esta fue en la dirección dominante: centrarse en el mercado (esfera pública), y desvalorizar y marginar los trabajos domésticos y de cuidado al dejarlos sin remuneración. La división y la marginación por razón de sexo se hacían de esta forma más evidentes que nunca.

Las guerras mundiales oscurecerían mucho más todas las demandas feministas. De esta forma no sería hasta la aparición de la segunda ola del feminismo (años 60 y 70 del siglo XX) cuando volvería a plantearse una critica al sistema económico imperante. Son planteamientos que demandan una visibilización y valoración de los trabajos domésticos, una igualdad de salarios por el mismo trabajo y una mayor entrada de mujeres en todo tipo de trabajos. Todo ello deja, sin embargo, muchos temas en el aire, ya que, en realidad, lo que se estaría pidiendo es que las mujeres pudieran entrar en la economía del mercado (no hay critica al sistema en si mismo). En palabras de Amaia Orozco, sería como decir “entren las mujeres en el mercado y agiten”, lo que, en definitiva, no cambia las leyes del mercado, que siguen siendo androcéntricas, con epicentro en el mercado. Así la desigualdad sería vigente eternamente y lo que aparece como igualdad es que las mujeres puedan equipararse a los hombres dentro del mercado capitalista, lo que indica que el modelo de referencia es el masculino.


No sería hasta la aparición de la segunda ola del feminismo (años 60 y 70 del siglo XX) cuando volvería a plantearse una critica al sistema económico imperante. Son planteamientos que demandan una visibilización y valoración de los trabajos domésticos, una igualdad de salarios por el mismo trabajo y una mayor entrada de mujeres en todo tipo de trabajos.


No obstante, estas cuestiones darían paso a un feminismo de corte más radical hacia los inicios de los años 90 del siglo XX, donde podemos datar la aparición de una Economía denominada feminista. Si queremos poner una fecha concreta podríamos tomar la publicación del libro de Marilyn Waring (1988) “Si las Mujeres Contaran: Una Nueva Economía Feminista”, en el cual se plantea no tan solo visibilizar el trabajo doméstico y de cuidados, sino darles su valor en el sostenimiento de la economía y en la sostenibilidad de la vida. Así mismo, ya marca la importancia de tener en cuenta también la sostenibilidad ecológica. En 1992 la Economía Feminista se estructura como cuerpo académico (entra en las Universidades) y se crea la “International Association of Feminist Economics” (IAFFE) y la publicación de la revista “Feminist Economics”.


Si queremos poner una fecha concreta podríamos tomar la publicación del libro de Marilyn Waring (1988) “Si las Mujeres Contaran: Una Nueva Economía Feminista”, en el cual se plantea no tan solo visibilizar el trabajo doméstico y de cuidados, sino darles su valor en el sostenimiento de la economía y en la sostenibilidad de la vida.


El objetivo de esta nueva visión de la economía es elaborar un nuevo paradigma social y económico que integre todos los trabajos necesarios para la sostenibilidad de la vida y su bienestar. Este enfoque no es un cuerpo cerrado y tiene diferentes corrientes como una forma de encarar el sistema capitalista y patriarcal, de manera que la igualdad pueda darse dentro del mismo sistema o buscar posicionamientos rupturistas con la economía neoclásica.

La Economía Feminista intenta desplazar en mayor o menor grado (según diferentes corrientes) el epicentro que marca el capitalismo hacia el beneficio, en dirección a una Vida digna y sostenible por igual a todos y todas, sin distinción de sexos, clases ni razas. Las diferentes corrientes que existen en el movimiento feminista intentan debatir y conjugar sus diferentes criterios para ir dando nuevas aportaciones tanto en el plano teórico como práctico.

Una economía joven, con plena conciencia de crecimiento, pero crítica con un sistema tan discriminador entre los sexos, clases, razas y naturaleza. Cuestiona de una forma abierta y clara tanto al patriarcado como al capitalismo. Nos muestra que cualquier cambio de sistema tiene que pasar por erradicar el patriarcado. Por consiguiente sin feminismo no hay revolución, por tanto se invierten los factores: primero el feminismo como forma de abortar la estructura patriarcal y luego la revolución que surja de ello.

(1)(2) Cristina Carrasco. “La Economía del Cuidado. Planteamiento actual y desafíos pendientes”. Revista de Economía Cítica. N11 primer semestre 2011

(3) Cristina Carrasco (ed). “Con voz propia. La economía feminista como apuesta teórica y política”. Los libros viento sur. Ed. La oveja roja.

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