Escrito por Manuel Buendía Bercero.

¡Jorge tiene una hija ideal!

El caso es real, por lo que voy a cambiar los nombres para que nadie los reconozca. En el hipotético caso de que me lea el papá protagonista, y es bastante probable, espero que no se moleste y le sirva únicamente para hacer una reflexión.

El padre de Eva estaba muy orgulloso de su hija. En eso coincidíamos los dos y en que Eva y mi hija iban a la misma clase por aquel entonces. Las dos alumnas brillaban en las notas, pero como eso era una cualidad pública, no hacía falta remarcarlo. Jorge, el padre de Eva, estaba jubilado. Y para remarcar las bondades “privadas” de su hija, exclamó muy orgulloso

– ¡Eva me prepara todos los días el desayuno!

– ¡Ostras! – expresión que se me escapó, sin dejar muy claro en dónde radicaba mi sorpresa.

A mí eso no me había ocurrido nunca. Hacía muchos años que yo había dejado de prepararle el desayuno a ella. Eran los mismos años que hacía que ella sabía preparárselo a sí misma.

No tengo ni idea, ni es algo que me preocupe ahora, si dentro de treinta años será ella quien me lo prepare a mí cuando yo no sea capaz de hacerlo.

  • ¡Claro, como su madre trabaja, la niña me lo prepara – respondió por si no hubiera quedado claro.

  • ¡Ya! – le respondí evidenciando que lo había entendido. No me atreví a decirle que con 17 años tampoco eran tan niñas.

El padre de Eva fue generoso todavía más en dar explicaciones sin que nadie se las hubiera pedido. Era evidente que lo tenía muy claro:

Fíjate, así nos evitamos contratar a una chica!

Me quedé callado, en silencio, y bastante preocupado ¿Estamos en el siglo XXI?

La reflexión la tuve después conmigo mismo y me gustaría ahora saber tu opinión. Lo que te adelanto es que automáticamente, lo primero que pensé consistió en alegrarme de que Eva fuera hija única. Me temo lo peor en el caso de que hubiera tenido un hermano.

Me preocupan los niños varones que se educan en ese ambiente. Me gustaría saber si la conducta de Eva sería la misma si no estuviera sola.

Cuando los conflictos no se hablan acaban pagándolo las criaturas

La familia Fernández solo puede mantener un coche por motivos económicos. Todas las mañanas, para estrenar el nuevo día, se dirigen en familia hacia los respectivos lugares de trabajo, en medio de los atascos de la colosal Madrid. Es el mismo itinerario diario de atascos y gritos. La pareja tiene problemas pero nunca encuentran el momento para hablarlo. La culpa la tiene el estrés de la ciudad, dice él. El mismo trayecto. De la casa a la oficina de ella, a continuación pasan por la guardería del bebe, y después dejan a la hija mayor de nueve años en su escuela a cien metros del taller del padre.

El motivo aparente del conflicto, según la madre, es que el padre es fumador, y fuma mientras conduce, delante de los niños. Tampoco le deja conducir a ella.

El padre no lo entiende. Le parece exagerado. Le acosan por todos lados, según él. En el trabajo no puede salir a fumar a la calle como hacen sus amigos, y en casa acepta a regañadientes tener que salir al balcón incluso en invierno. El abuelo siempre fumó delante de él y sus hermanos cuando eran pequeños y crecieron todos muy sanos. Tiene hoy 85 años y sigue fumando como un carretero.

No soy un mal padre solo por eso!- suele decir

-¿Cómo que fumar delante de ellos son “malos tratos”?

-¿Nos hemos vuelto locos?- sigue diciéndose así mismo.

Siempre le promete a su mujer, a la fuerza, que no encenderá un cigarro cuando ella se baje del coche, pero es superior a sus fuerzas y no tarda ni medio minuto. La madre le interroga a su hija, porque no se fía. La hija miente, lo prefiere a los gritos. El día que se chiva, resulta mucho peor. La situación pinta muy mal, la escalada de los gritos y las broncas crece cada día.

Noelia Fernández cumple ese día diez años. La maestra le pregunta el motivo por el cual tantos días llega al colegio llorando.

La culpa la tiene el tabaco– le dice su alumna.

¿Quién se acuerda de Haití?

Pedro es un voluntario de una ONG de ayuda al desarrollo, (¡qué ironía!) que ha estado destinado en Haití.

Se enteró al llegar, que en Haití ocurrió la insurrección de esclavos más importante de la historia, y que dio al traste, sin avisar, con la idea tantas veces repetida hasta entonces, de la innata “obediencia de los negros”. La insurrección que agitó Santo Domingo provocó el nacimiento del Haití independiente. Desde dicha insurrección generalizada en 1791, promovida por el líder Toussaint Louverture, hasta la proclamación de la independencia en 1804, transcurrieron los pasos del nacimiento de un Estado negro moderno, algo impensable hasta el siglo XX.

Los políticos y filósofos de la época en general no atacaban ni el racismo, ni el colonialismo, porque la esclavitud era un fabuloso negocio. La hegemonía de los blancos era la “normalidad”. Todos estaban de acuerdo que podía ser una de las colonias más reconocida del mundo occidental y la posesión más valiosa de Francia. Murieron allí más franceses en esos años que en Waterloo.

Pedro había leído que la Revolución haitiana puso a prueba las pretensiones universalistas de las otras grandes revoluciones, la francesa y la estadounidense. Le parecía mentira leer que en la época que los revolucionarios haitianos se liberaron, sólo el cinco por ciento de la población mundial, calculada en casi 800 millones, era “libre” según los estándares modernos.

¡Tenía el suceso aún mucho más valor considerando eso! Numerosos historiadores nos han enseñado que el periodo entre 1776 y 1843 debe llamarse “la era de las revoluciones”, y sin embargo la ocurrida en Haití apenas aparece en los libros de historia y podríamos pensar que fue la más radical de aquella época.

Las sucesivas versiones de las declaraciones de los Derechos Humanos y las Cartas fundacionales de los Estados desde la época de la Ilustración, hasta la actualidad han ido incorporando sucesivamente a todos los seres humanos, hombres y mujeres, de toda condición y etnia.

-¿Por qué es ahora uno de los países más pobres del mundo– se preguntaba una y otra vez.

Cuando fue destinado allí tras el terremoto del 2010 pudo saber que “había llovido sobre mojado” puesto que previamente a la tragedia estaba todo muy depauperado. Más de la mitad del dinero comprometido en los programas de la televisión que hubo “en caliente” no llegó nunca a su destino.

Pudo presenciar que tras el terremoto, como en todas las guerras, se multiplicaron varias veces las violaciones a mujeres y niñas. Pudo saber que la prostitución se convirtió aparentemente en la única salida para muchas. Pudo conocer a una joven, casi niña que se prostituía por cuarenta céntimos de euro. Para más crueldad tuvo que escuchar en boca de un compañero que precisamente los “hombres profesionales de la ayuda” y algunos militares eran los que subían los precios, como en tantas ocasiones. “Presión de la demanda” le llama.

-¿Dónde quedó el principio del fin de la esclavitud de hace doscientos años?

-¿Quién se acuerda ahora de Haití?- se sigue preguntando.