Buendióldoras de marzo 2017.

Mayo 17, 2017

BUENDIÓLDORAS MARZO 2017.

Autor: Manuel Buendía.

 

¿A ti qué más te da que rocíen de champagne a una azafata?

Tres amigos vieron aquella mañana la prueba de Fórmula 1 en la televisión.  El ganador levantó la copa rodeado de tres azafatas con muy poca ropa y ajustada. Posaban en una actitud insinuantemente erótica y parecía que formaban parte del trofeo. Es costumbre “usar” mujeres sexualmente atractivas (según ciertos cánones) para adornar la puesta en escena de deportes fuertemente masculinizados. Un simple reclamo. Ellas parecían encantadas, como si quisieran lucirse para que muchas personas se fijaran en ellas, posiblemente para futuros trabajos. El “gladiador victorioso” tomó una botella gigante de Cava Catalán, la agitó y la derramó sobre las azafatas. Dos de ellas llevaban solo bikini, pero la tercera tenía una camiseta, única prenda que dejó ver una transparencia evidentemente intencionada.

A dos de los amigos les pareció todo muy divertido y, sobre todo, les pareció normal: estaban acostumbrados. En un escenario androcéntrico y machista es normal escenas como esta porque es lo que gusta al público (¿machista?) aficionado. Resulta una tradición. Durante muchos años el deporte masculino fue el único importante. Y no nos engañemos, el dinero manda y siguen siendo hombres (machistas) los patrocinadores y los dueños de las escuderías. A los aficionados, que nunca han reflexionado sobre todo esto, les da igual y simplemente no quieren sacar “las cosas de quicio”.

Pero Pedro se encontró muy extraño por dos motivos. Por un lado, se sintió manipulado. Recibió una tensión sexual sin que lo hubiera buscado, como tantas veces a lo largo del día, en la televisión, la prensa escrita, y, sobre todo, Internet.  Reconoció que se sintió ligeramente excitado pero no era el lugar ni el momento. Algo así como una especie de acoso incómodo y ¿“agridulce”? Por el otro lado, le pareció humillante para las chicas. El rostro aparentemente muy divertido de una de ellas -y especialmente el gesto sobreactuado de la chica de la camiseta-  le recordó mucho esa línea continua tan sutil que discurre entre la libertad  y las diversas formas de prostitución. Empatizó con las mujeres. Pero es ese momento con todas las mujeres. No le gusta que ellas hagan de trofeos o sean objetos sexuales. A los hombres no nos ocurre eso, pensó.

Se lo dijo a sus amigos. Les expresó su preocupación.

-¿A ti qué más te da que rocíen de cava a una tía? -le dijo uno de ellos.

Entonces se dio cuenta de que los dos motivos estaban muy relacionados ¡Le importa, y mucho! Por las mujeres y por él mismo. Pedro vive una sexualidad rica con su pareja, de igual a igual. Los dos son sujetos libres, responsables, amorosos, se respetan mutuamente  como iguales. Sinceramente lo cree y honestamente lo pretende practicar. El recibir constantemente impactos “erotizados”, machistas y sexistas, le afecta directa y negativamente, le agrede. Van contra su deseo y contra su estilo amoroso, contra su perfil o identidad como amante. Cree firmemente que aquellos hombres que no lo piensan, o están socializados sin reflexión en el estilo hegemónico que ahora critica, están atrapados en una trampa. En cierta forma quedan inutilizados, o cada vez más lejos, de aquello que Pedro pretende. Piensa que muchos de los hombres que conoce, de su entorno, en ese aspecto ya no tienen remedio.

Les contó todo eso a sus amigos. A continuación se fueron a tomar un aperitivo. Habían quedado con las novias.


 

¿Hasta cuándo podemos rebajar la edad para exigir responsabilidades penales de un delincuente?

Una joven de quince años, llamada Adela, debatió en su clase sobre la delincuencia juvenil.

-¿Con eso solucionamos el problema? ¿Qué les ocurre a los chicos de mi edad? -preguntó en alto.

En clase de ética habían debatido sobre los límites de edad. Habían oído que en Argentina quieren rebajar la edad penal  de 16 a 14 años, para igualarla a muchos otros países de Europa, tras el caso de asesinato de un joven de 14 años por otro “motochorro” de 16 años. Llaman así al típico matón que roba desde una moto. Usan todo tipo de armas, incluso las de fuego. Ese caso se fue de las manos y saltó a los medios de comunicación.

Se enteraron en clase de que la edad varía de unos países a otros. Mientras que en Bélgica o Luxemburgo la edad penal no empieza hasta los 18 años, en la mayoría de Europa, incluida España, es a los 14, y en Inglaterra es a los 10 años. Parece increíble que en los EE.UU., según el Estado, el límite se encuentre entre los 10 y los 7 años. En Suiza es el ejemplo más llamativo: los 7 años. ¿Cómo puede ser? Tiene un hermano de esa edad y no se puede imaginar que…

Sin embargo, lo que le llamó más la atención a Adela, y parece que fue a la única, es que de los casi veinte mil jóvenes del Registro de Sentencias de Responsabilidad Penal de los Menores en España que aparecían en el informe que leyeron, el 84% son varones. Y si nos atenemos a los casos más graves, con violencia, violaciones a mujeres o asesinatos, casi todos los agresores son hombres ¿O debería decir niños?

¿Nadie se dio cuenta de ese detalle? seguía preguntándose.

Cuando ella lo comentó, parece que a nadie le pareció importante ¿Qué les pasa a los chicos? ¿Nos estamos acostumbrando a los matones, a los macarras del barrio, al chulo de la clase, asumiendo que es algo normal o propio del instinto masculino? Cuando se habla de que hace falta mayor educación, ¿por qué no se insiste en la educación que reciben niños y chicos varones, los adolescentes y su educación específica sobre los modelos de masculinidad?

¿Por qué no se aplica perspectiva de género y masculinidades a la prevención de la delincuencia? -se preguntaba “a su manera”.

Adela tiene razón. No podemos hablar de Igualdad de género si no incluimos trabajar con las masculinidades. En los informes y algunos recortes de prensa, parece importar únicamente el rebajar la edad para “proteger a la sociedad”. Los centros de internamiento de menores ya parecen cárceles ¿Quién les protege a ellos de sí mismos y de su entorno? ¡Son menores! ¿Quién les muestra modelos positivos?

¿No habremos perdido la batalla o tirado la toalla? Parece que la prevención y la reinserción no tienen importancia. Nos hemos acostumbrado, en la sociedad, a “calmarnos los nervios”, metiéndolos en prisión sin cuestionarnos nada y, a medida que la situación empeora, lo único que se nos ocurre es meterlos cuanto antes entre rejas para quitárnoslos de en medio. Parece ser que prácticamente no existen “programas de seguimiento” para saber qué es de ellos tras su paso por el centro, si rehacen su vida o no.

Adela tiene razón: hemos de atender a estos chicos de una manera específica, dotándoles de modelos positivos y herramientas y liberarnos de la hipocresía que sigue perpetuando los estereotipos sexistas y machistas. Adela sabe que ellos son sus futuros compañeros de vida…

 

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