El movimiento de hombres por la igualdad, y AHIGE en particular, venimos desde hace varios años celebrando el día 19 de marzo, Día del padre, para reivindicar un modelo de padre bien distinto al que se ensalzaba en sus orígenes y en su generalización y transformación comercial en los años 50. En España se asocia esta celebración al personaje de San José, padre de Jesús de Nazaret, ensalzando su papel de padre trabajador proveedor, hasta el punto de convertirlo en el patrón de los carpinteros e incluso patrón del trabajo. En otros países esta celebración no tiene estas connotaciones religiosas ni de trabajo, pero se le atribuye otra igualmente patriarcal: la del padre de la patria.

Padre proveedor, padre de la patria, patriarca, custodio de la tradición, transmisor de apellido y de herencia, padre de familia, patria potestad… todas estas palabras y significados siguen imbuidas de un lenguaje sexista y machista arraigado todavía en nuestra cultura. La sociedad patriarcal ha otorgado tradicionalmente al hombre un lugar y funciones en la familia muy determinados: el patriarca. Es decir, quien se atribuye el poder de tomar la última decisión, quien provee los recursos materiales, quien ostenta la representación en lo público; y todo ello desde el alejamiento afectivo y desde la ausencia del espacio familiar. Esto supone grandes privilegios para el hombre, pero también pérdidas. En definitiva, la manera en que la cultura patriarcal nos enseña a ser madres y a ser padres, genera evidentes desigualdades y asimetrías en las relaciones entre mujeres y hombres.

En la reciente huelga de mujeres del 8 de marzo nos lo han dicho ellas muy claro: “Si paramos nosotras se para el mundo”. Y claro que se para, se paraliza sobre todo el engranaje de los cuidados de las personas porque los hombres no hemos dado casi ningún paso adelante para asumir esas tareas. Los tiempos que los hombres dedicamos a los cuidados son muy inferiores a los de las mujeres y esto tiene consecuencias negativas en muchas dimensiones.

Las criaturas crecen en un modelo de relaciones de género desigual que repetirán en el futuro y no se benefician del equilibrio y seguridad que dos figuras de apego positivo facilitan. Los hombres perpetuamos nuestra anestesia emocional y afectiva y acentuamos la dependencia de los cuidados de otras personas (la mujer). Y nuestra ausencia de los cuidados repercute especialmente en la mujer pues la pone en clara desventaja en el mundo laboral y la autonomía económica. Desde la dimensión individual la decisión que cada pareja toma de cómo distribuir trabajo remunerado – productivo y trabajo no remunerado – reproductivo es libre y consciente, pero desde la dimensión social no se podrá considerar libre si sistemáticamente se repite el desigual reparto de tareas. Y es desde esta consideración desde la que se puede afirmar que la mujer queda en desventaja manifestada en una menor dedicación de tiempo al empleo, empleos de menor calidad y en menor remuneración.

Cuando la pareja tiene que reorganizar sus tiempos personales, laborales y familiares para hacerse cargo de la crianza, lo que inicialmente parecía una auténtica equidad se transforma en reparto desigual y asimétrico de tareas, tiempos y espacios de poder. Son muy pocos los padres que se plantean renunciar al trabajo remunerado pues lo perciben muy amenazante a su proyección profesional, a su identidad personal y a otros muchos privilegios.

Todo esto se plasma en datos que resultan contundentes.

La brecha salarial entre hombres y mujeres por hora trabajada es de aproximadamente un 14 %. La mayor parte del resto de la brecha salarial (hasta el 26 %) se explica por factores relacionados con la crianza y aparece especialmente en ese momento: reducciones de jornada, excedencias, despidos, no contrataciones, ralentización de la carrera profesional, etc.

Según el INE, en España en el año 2016, un 26,6% de mujeres (de 25 a 54 años) empleadas con un hijo trabaja a tiempo parcial frente al 5,7% de hombres.

Las solicitudes de excedencia laboral por cuidados de menores son casi exclusivamente de las mujeres (94,5 %) y también por cuidado de otros familiares (85,2%). Y lo mismo ocurre con la reducción de jornada (93%) por cuidado de menores.

De las 10 semanas del permiso de maternidad que la madre puede transferir al padre (las otras 6 son de uso obligado para aquella) sólo en el 1,8 % de los casos se ha hecho alguna transferencia.

En el libro de Mª José González y Teresa Jurado “Padres y madres corresponsables una utopía real” (Ed. Catarata, 2015) se describe el estudio cualitativo longitudinal de 68 parejas de doble ingreso y se concluye lo siguiente:

“¿Cómo afecta la maternidad y la paternidad a las parejas de adultos jóvenes de doble ingreso? Durante el embarazo todas las parejas apostaban por seguir ambos empleados tras el nacimiento… Ahora bien, cuando la criatura primogénita tiene 18 meses un primer grupo ha optado por una clara especialización en las tareas… Un segundo grupo ha optado por adaptaciones del trabajo de la madre… El tercer grupo se acerca al ideal familiar de dos sustentadores y dos cuidadores.”

Los estudios del uso del tiempo son tan demoledores como los anteriores.

Las mujeres españolas dedican al trabajo doméstico y los cuidados el doble que los hombres, a pesar de que solo dedican un 15% menos de tiempo al trabajo remunerado (datos de la OCDE, 2016).

Pero es que además, el desglose del tipo de dedicación muestra que en parejas con hijos e igual tiempo de dedicación al empleo, las madres dedican al cuidado de las criaturas aproximadamente un tercio más que los hombres y a las tareas domésticas el doble que los hombres. Es decir, los hombres tenemos el privilegio de que el poco tiempo dedicado a la familia lo dedicamos a acompañar, cuidar y jugar con las criaturas y no al resto de tareas, seguramente menos gratas, pero también necesarias, como son la limpieza, ropa, cocina, etc.

Es imprescindible acelerar el lento paso que los hombres llevamos en este camino hacia la corresponsabilidad. Es muy alto el riesgo de caer en la autocomplacencia, en la justificación con gestos meramente simbólicos y en el sobrereconocimiento recibido por hacer un poco viniendo de la nada. Y es imprescindible por ello remover los obstáculos que se nos aparecen en este camino.

Uno de ellos es la gran diferencia actual entre los permisos de maternidad y de paternidad que aleja en los primeros meses al hombre de los cuidados y aleja a la mujer del mundo laboral. AHIGE se alinea decididamente con la propuesta que la PPIINA (Plataforma por los Permisos Iguales e Intransferibles por Nacimiento y Adopción) viene haciendo desde 2005 para que se establezca por ley un calendario de aumento progresivo del actual permiso de paternidad de 4 semanas hasta las 16 semanas que tiene el de maternidad, de manera que el permiso de cada persona progenitora o adoptante sea de igual duración, intransferible en su totalidad y pagado al 100 % del salario. En los dos últimos años se ha producido una ilusionante actividad política con la presentación de propuestas parlamentarias, pero que han recibido el bloqueo del actual Gobierno. La más reciente se acaba de producir el día 7 de marzo y coloca de nuevo a los grupos parlamentarios en la obligación de pronunciarse no solo en la apuesta económica sino también en la ideológica sobre la no transferibilidad de los permisos. La alusión al principio superior de la libertad de elección individual que hacen Partido Popular y Ciudadanos para mantener un tiempo de permiso transferible esconde la complacencia con el modelo actual de división sexual del trabajo y la perpetuación del principio neomachista de “hacer cambios para que todo siga igual”. En España y en todos los países se repite sistemáticamente que los tiempos que se pueden transferir termina utilizándolos mayoritariamente la madre (en España el 98%). Los padres generalmente solo se toman los permisos que son intransferibles y que son pagados al 100 % del salario.

Las separaciones de pareja en muchas ocasiones radicalizan los roles de género y ante el conflicto de intereses muchos padres aluden al “Síndrome de alienación parental” acusando a la madre de influir en los hijos para generar rechazo hacia al padre. A pesar de que la comunidad científica se reafirma una y otra vez en no reconocer tal síndrome y que el Consejo General del Poder Judicial se ha pronunciado en contra de su uso en los procedimientos judiciales, sigue siendo frecuente leer informes de los Equipos Psicosociales y sentencias judiciales que lo utilizan en sus argumentaciones. En estos procesos se esconden con frecuencia, tras el deseo manifestado de cuidar de las criaturas, estrategias de ventaja económica y, lo peor, perpetuación del abuso de poder del hombre sobre la mujer que ocurría durante la relación.

En estrecha relación con esto se nos aparece una emergente amenaza de abuso sobre la mujer mediante el uso perverso de la custodia compartida impuesta en los procedimientos contenciosos de separación. Ya son varias las Comunidades Autónomas que han legislado sobre ello estableciendo por defecto la custodia compartida impuesta, y sigue en el cajón de salida del gobierno central el anteproyecto de “Ley sobre el ejercicio de la corresponsabilidad parental en caso de nulidad, separación y divorcio”. El neomachismo oculta el ejercicio del abuso y la violencia contra la mujer y perpetúa los privilegios masculinos escondidos tras un aparentemente deseable derecho de igualdad de convivencia con los menores tras la separación. Pero no podemos considerar que existe equidad cuando no se tiene en cuenta en quién habían recaído hasta entonces las tareas de cuidados, cuando se ignora el desequilibrio económico estructural que sufren la mayoría de mujeres y, lo más grave, cuando no se atiende a las necesidades y afectos de los menores, es decir al interés superior del menor. Para quien quiera conocer más detalladamente la posición de AHIGE al respecto puede leer el manifiesto “Por la corresponsabilidad en los cuidados tras la separación”.

No debemos pasar por alto el riesgo de la apropiación patriarcal de los cuerpos de las mujeres en el proceso perinatal. El deseo de los hombres de participar de manera igualitaria en la crianza no puede colisionar con lo específico, insustituible y esencial de la corporalidad, de lo biológico, y su correlato psicológico, que tiene la maternidad. El cuerpo que sustenta los acontecimientos más importantes de la gestación, parto y lactancia es el de la mujer y banalizar este hecho supone afianzar los privilegios masculinos negando los privilegios (o derechos) que por naturaleza le corresponden a la mujer. Por ello consideramos que ser un padre igualitario es también implicarse en la lucha contra la violencia obstétrica, es reconocer y respetar el derecho de la mujer a tomar decisiones sobre su propio cuerpo respecto a la interrupción del embarazo, el autocuidado en la gestación o la lactancia materna. Es también manifestarse enérgicamente en contra del uso mercantilista del cuerpo de las mujeres para ser padres (o madres) mediante la gestación subrogada.

Son muchos los retos y las ilusiones que se están gestando pero todavía son pocas las acciones. Se forman desde la iniciativa asociativa algunos grupos de crianza de hombres (grupos de padres o grupos de paternidad), se realizan algunos talleres de paternidad desde unos pocos ayuntamientos y algunas matronas y pediatras por iniciativa particular, se editan materiales audiovisuales y guías de divulgación y se realizan estudios sociológicos sobre los cambios sociales y sus beneficios. Aumentan también los apoyos a la propuesta de los permisos iguales e intransferibles por nacimiento y adopción. Pero todo esto es todavía casi invisible. Es necesaria mucha mayor implicación de las administraciones públicas para implementar acciones, para incluir la paternidad corresponsable en los planes de igualdad y por supuesto, todo ello con asignación de presupuestos que no supongan reducción de los destinados a acciones positivas dirigidas a las mujeres.

Apostamos por un modelo socioeconómico en que la gestación y la crianza se faciliten y que no penalicen, ni a mujeres ni a hombres, pues la economía se sustenta sobre un índice mínimo de natalidad (la denominada tasa de reposición), que ahora no alcanzamos en España, y porque un sano maternaje y paternaje contribuyen sin duda al bienestar individual y colectivo, y al equilibrio y cohesión social.

La paternidad es sin duda una opción pero los cuidados de la familia, de las amistades, de las personas dependientes, de las compañeras y compañeros de trabajo, etc. son una obligación, un compromiso de todos los hombres con el bien común. Apelamos pues al ejercicio de la paternidad y de los cuidados con el convencimiento de que los beneficios son extraordinarios para hombres y mujeres tanto en la esfera de lo personal, como de lo relacional y lo social. De tal manera que aumenta la autonomía doméstica del hombre, facilita su expresión de emociones y su capacidad de vincularse, facilita las relaciones igualitarias y de buen trato en la pareja, contribuye a cubrir las necesidades de cuidados de las criaturas y de las personas dependientes, afianza el desarrollo sano de las hijas e hijos, reduce la desigualdad de género en empleabilidad y la brecha salarial, etc, etc.

Porque cada hombre es una revolución interior pendiente, porque la desigualdad es responsabilidad principalmente de los hombres, porque solo renunciando a los privilegios masculinos se alcanzará la equidad, por ser más felices, por el bien común…

Por las paternidades corresponsables
Por las masculinidades cuidadoras