REFLEXIONES TRAS UN DEBATE PROFESIONAL.

Autor: Miguel Lázaro (AHIGE Madrid).

 

El Ilustre Colegio de Procuradores de Madrid (ICPM) tuvo la cortesía de invitar a AHIGE a un Debate sobre violencia de género que, según describe en su propia web, “reunió a significativos representantes de la justicia y la política para emplazar a los profesionales de la justicia, poderes públicos y políticos a hacer más efectivas las medidas para la concienciación de la sociedad, mitigar los efectos que las agresiones producen en las víctimas, y paliar la lacra de la violencia contra la mujer”.

Y allí me fui esa tarde de principios de abril, en el convencimiento de que AHIGE debe participar en estos foros, aprender de lo que en ellos se dice, y también trasladar nuestros principios, nuestra visión y nuestros valores.

Diversas imágenes del debate y de algunas de las personas que en él tomaron parte.

El debate fue un acto institucional de unánime rechazo a la Violencia de Género calificada de forma conjunta como “lacra”. El Diccionario de la RAE define lacra como “secuela o señal de una enfermedad o achaque,” y efectivamente en el debate se habló de lo mucho que desde cada organismo se hacía para afrontar la “lacra” de la violencia de género. El debate se centró en cómo paliar las consecuencias de las violencias, aunque sin la presencia de voces críticas en representación de las víctimas, del Servicio de Atención a las Víctimas o de los servicios de atención jurídica y legal. Entendida la violencia machista como “lacra”, tampoco se prestó ninguna atención a la “enfermedad o achaque” que la causa.

 


Entendida la violencia machista como “lacra”, tampoco se prestó ninguna atención a la “enfermedad o achaque” que la causa.


 

Arrancó el Debate con la intervención de Yolanda Ibarrola de la Fuente, Directora General de Justicia de la Comunidad de Madrid, quien enumeró medidas legislativas y políticas que certificaban el compromiso en contra de la VdG de su institución, y se permitió realizar valoraciones como que “a ver si acabamos ya con ese tópico de que las mujeres son buenas y los hombres malos,” como si su público fuera una tertulia y no representantes de alto nivel de la política (incluyendo diputadas) y judicatura.

Carmen Giménez Cardona, presidenta del Centro de Formación del ICPM, anunció medidas encaminadas a mejorar la asistencia a las víctimas en los procesos de representación procesal típicas de la Procuraduría, y entre ellas “formación para que los procuradores sepan gestionar las emociones en situaciones límite.” Y Mª Dolores Moreno Molino, Directora General de la Mujer de la Comunidad de Madrid, informó de que se habían dado 2.500 talleres de prevención del machismo en los IES de la Comunidad (que tienen 360.000 estudiantes).

Ante tanta medida paliativa, sin duda necesaria pero que palia y no soluciona, me animé a levantar la mano en esa mesa para preguntar si éramos conscientes de que los asesinatos y las violencias machistas son solo la cúspide de la pirámide de las violencias y de que todo de lo que hablaban permitía atender mejor o peor a las víctimas más graves, pero aquello era el producto y resultado de muchas otras violencias producidas a muchos otros niveles y en los que se nos educa a los hombres desde que somos pequeños.

La pirámide de las violencias machistas: el asesinato se apoya en machismo normalizado.

Intenté transmitirles que no podemos desatender eso: justo unos días antes dos chicos de 14 y 15 años habían violado a una compañera que sufrió un ataque epiléptico en un polideportivo. ¿Qué estamos enseñando a nuestros chicos para que sean capaces de hacer eso? Es más, ¿qué nos han enseñado a nosotros, cuando yo mismo he visto miles (miles y miles) de muertos ante las pantallas de mis TVs, ordenadores, teléfonos y tablets… si yo mismo he jugado a matar y he soñado que mataba más y mejor? ¿Somos conscientes de cómo alimentamos la pirámide de las violencias y de cuán urgente es que dejemos de hacerlo? Pregunté quiénes de la sala habían sufrido en su vida esas violencias, ya sea en forma de acoso, de acoso disfrazado de “piropo”, de tocamientos, miradas o asaltos no deseados. Algunas mujeres levantaron tímidamente la mano, pero ante la pregunta de quiénes se consideraban victimarios, quiénes eran conscientes de haber generado esas violencias en su vida, por supuesto fui yo el único en levantar el brazo.

 


¿Qué estamos enseñando a nuestros chicos para que sean capaces de hacer eso? Es más, ¿qué nos han enseñado a nosotros, cuando yo mismo he visto miles (miles y miles) de muertos ante las pantallas de mis TVs, ordenadores, teléfonos y tablets… si yo mismo he jugado a matar y he soñado que mataba más y mejor? ¿Somos conscientes de cómo alimentamos la pirámide de las violencias y de cuán urgente es que dejemos de hacerlo?


 

Animado por mi intervención un hombre pidió la palabra y compartió con la sala el caso de una chica que se había instalado en el teléfono una aplicación que le permitía a su novio controlarla. Aquella anécdota le sirvió para concluir que era fundamental trabajar en la educación; la de las víctimas, por supuesto. Enseñarlas a protegerse, no enseñarles a ellos (a nosotros) que dejemos de ser una amenaza.

En la siguiente mesa Patricia Rosety, periodista de tribunales de la COPE y presidenta de ACIJUR (Asociación de Comunicadores e Informadores Jurídicos), dijo que ninguno de los condenados por violencia machista había sido diagnosticado como “psicópata”, lo que le permitió concluir que esos hombres “son malas personas, las malas personas existen y hacen daño”, lo que elimina cualquier responsabilidad a lo social y a la construcción de género. Sigamos como estamos.

 


Ciertamente las víctimas de las violencias merecen toda nuestra atención, pero si lo hacemos sin perspectiva de género y sin enfoque feminista, si lo consideramos tan solo como el resultado de la acción de “malas personas” y no como el producto de un sistema tóxico de relaciones de poder y desigualdad, no dejaremos de encontrar nuevas víctimas a las que atender, porque estas seguirán produciéndose mientras no nos dediquemos a trabajar con las causas que las generan.


 

Cuando esta misma señora empezaba a proyectar fotos de un congreso o reunión internacional sobre violencia de género al que había asistido en Perú (“la situación allí es terrible, ahora verán en las fotos”), decidí que ya era demasiado para mí. Me fui enfadado, porque no hay que irse a Centroamérica para tener experiencias de lo terrible que es la violencia de género, y me fui triste, porque entendí que toda esa gente no lucha contra la violencia de género, sino contra la “lacra” de la violencia de género. Y ciertamente las víctimas de las violencias merecen toda nuestra atención y se debe trabajar para mejorar los sistemas de atención, protección y asistencia, pero si lo hacemos sin perspectiva de género y sin enfoque feminista, si lo consideramos tan solo como el resultado de la acción de “malas personas” y no como el producto de un sistema tóxico de relaciones de poder y desigualdad, no dejaremos de encontrar nuevas víctimas a las que atender, porque estas seguirán produciéndose mientras no nos dediquemos a trabajar con las causas que las generan.