LA VIOLENCIA DE GÉNERO, VIOLENCIA ESTRUCTURAL

 

Hace unos días una mujer mató a su compañera en el barrio del Raval de Barcelona. Las dos mujeres habían convivido durante 10 años y por lo que parece, las disputas violentas entre ellas eran frecuentes.

El hecho –condenable, por supuesto- no encaja en la categoría de “violencia de género” o de “violencia machista”, porque ambas figuras legales exigen que el agresor sea hombre y pareja o ex pareja de la víctima (por consiguiente, dentro de relaciones heterosexuales).

No parece que este hecho sea frecuente, pero ya han comenzado a alzarse las primeras voces de alerta. El Ayuntamiento, solicitando la ampliación de la actual ley contra la violencia machista. El Observatorio contra la LGTBfobia y el colectivo Colega Madrid planteando la necesidad de una nueva ley que visibilice estos casos y proteja de estos crímenes. Por lo visto, que el hecho sea calificado por el juez simplemente de “homicidio” es visto como si se redujera a un crimen de segunda categoría.

Quizá corremos el riesgo de categorizar jurídicamente todas las formas de violencia. Podemos imaginar leyes contra la violencia “ascendente” (de hij*s contra madres y padres), violencia intrafamiliar, violencia extrafamiliar, violencia simbólica, etc. Y por otro lado, la periodista Empar Moliner se atreve a pedir la supresión del término “violencia de género”. Viene a decir lo que muchos neomachistas dicen: la violencia no tiene género.

Si era y es necesaria una ley contra la violencia machista es porque esta es una violencia estructural. Es decir, que corresponde a una sociedad en que la supremacía del macho era algo instituido hasta hace muy poco y que aún perdura en el imaginario colectivo de muchos hombres. Por eso era y es precisa. Porque hay una violencia que sí tiene género. Y es la ejercida por hombres, que mata continuamente mujeres en cantidad tal que podemos correr el riesgo de insensibilizarnos ante ella. Y de dar importancia a otros casos esporádicos como el que nos ocupa, que nos llaman la atención precisamente por eso, por ser excepcionales.

Imaginemos la América de la época del Ku Klus Klan en que los linchamientos de negros a manos de blancos eran moneda corriente. Imaginemos que en esa situación un negro matara a un blanco. Por revancha o por la razón que fuera. Y que los medios aprovecharan este hecho para decir entonces que la violencia no tuviera que ver con el racismo rampante de la sociedad norteamericana. Nos parecería un intento claro de negar la evidencia de la violencia racial de la cual los negros eran las principales víctimas. Pues ahora cambiemos racismo por sexismo, Ku Klus Klan por terrorismo machista y entenderemos mejor lo que nos pasa.

Quizá sean necesarias nuevas leyes específicas. O quizá no. En todo caso las otras violencias no son estructurales, no coinciden con un eje de poder hombre/mujer, aún tan metido en las entrañas de nuestra sociedad. Cuando nuestra sociedad cambie sus estructuras, cuando lleguemos a construir una nueva sociedad en la que esta relación de poder desaparezca (y, por tanto, desaparezca la violencia de género), ya hablaremos. Pero mientras tanto, no trivialicemos la plaga de las violencias machistas. Los centenares de mujeres asesinadas por sus parejas o ex parejas hombres no se lo merecen.