LA ESCLAVITUD DE LA MUJER”: EL UTILITARISMO FEMINISTA DE JOHN STUART MILL.

– PARTE I –

Escrito por Jesús Espinosa Gutiérrez.01_John_Stuart_Mill_lr

Doctorando en Historia Contemporánea y miembro de AHIGE.

jespinosa986@gmail.com

Ninguna dominación parece injusta a quien la ejerce”1

Efectivamente, Stuart Mill era consciente de que los hombres son quienes ostentan el poder y de que por ello difícilmente lo pondrán en cuestión. Sin embargo, estaba convencido de que:

Las mujeres no pueden esperar a dedicarse por sí solas a su emancipación hasta que un número significativo de hombres estén preparados para sumarse”2

En efecto, la involucración de los hombres en la lucha por la igualdad entre hombres y mujeres es hasta cierto punto importante, aunque no en tanto en cuanto a la fuerza y capacidad de los hombres en la lucha exterior contra el Patriarcado, sino sobre todo por el trabajo interior que todo hombre tiene pendiente dentro de sí mismo, en la deconstrucción de la masculinidad tradicional que habita en nosotros.

Todo lo que la educación y la civilización están haciendo para reemplazar la ley de la fuerza por parte de la ley de la justicia sigue estando meramente en la superficie (…) siempre y cuando la ciudadela del enemigo no sea atacada3.

La metáfora bélica es bastante pertinente, ya que refiriéndose a los varones Mill hace ya hace casi 150 años nos indica que seguimos recluidos en nuestra ciudadela, defendiendo manu militari nuestros privilegios, dentro de una fortificación en la que residen nuestros privilegios masculinos que tanto nos resistimos a abandonar, utilizando las armas si así se hace necesario para no perderlos (tal como vemos tristemente día a día en los medios de comunicación).


La involucración de los hombres en la lucha por la igualdad entre hombres y mujeres es hasta cierto punto importante, sobre todo por el trabajo interior que todo hombre tiene pendiente dentro de sí mismo.


Como vemos, Mill en su contexto contemplaba que la implicación de los hombres por los derechos de las mujeres era necesaria. Por eso mismo, décadas después de su muerte, se formarían organizaciones como la Men’s League for women suffrage o la Men’s social and political Union para apoyar a las asociaciones de mujeres sufragistas de Pankhurst y compañía, por la consecución de los derechos políticos de la mitad de la población4.

Stuart Mill es uno de los referentes de la Historia del feminismo, pero -como vemos- algunas de sus reflexiones y vivencias, aun desarrolladas en un contexto tan diferente al nuestro, nos pueden ser útiles a los hombres igualitarios de hoy en día para reflexionar acerca de nuestra lucha por unas masculinidades igualitarias y por los derechos de las mujeres.


Mill en su contexto contemplaba que la implicación de los hombres por los derechos de las mujeres era necesaria.


John Stuart Mill (1806–1873) fue un filósofo, político y funcionario británico, conocido por ser uno de los máximos exponentes de la economía clásica, de la teoría utilitarista y del pensamiento liberal. Quizás pueda ser considerado sin exagerar el filósofo inglés más influyente del siglo XIX y uno de los grandes pensadores preminentes de la Historia Contemporánea. Por ello también es uno de los hombres feministas más conocidos del pasado.

Mill fue un ferviente abolicionista, posicionándose en contra de la esclavitud, especialmente durante la guerra civil estadounidense. A pesar de su defensa del liberalismo económico, su compromiso por la búsqueda de medidas para paliar la explotación y la miseria a la que estaban sumidas las clases trabajadoras formaba parte del núcleo fundamental de su talante reformista con respecto a la cuestión social. Se centró muy especialmente en las mujeres de clase trabajadora.

Merece la pena entonces visibilizar su vida y obra, porque representa la figura masculina más relevante en la defensa de los derechos de las mujeres. Su libro La esclavitud de la mujer (1868) fue considerado en su momento como la “Biblia del feminismo. La influencia de este escrito fue indispensable en su tiempo para la difusión por todo el viejo continente y América de las ideas feministas. Esta obra, aun con más de un siglo de existencia, está llamada a ser un clásico del feminismo, formando parte del canon de libros de la historia de la emancipación de la mujer.


Mill fue un ferviente abolicionista. Se centró muy especialmente en las mujeres de clase trabajadora.


Una de sus labores primordiales consistió en llevar la cuestión del voto femenino a los debates parlamentarios, para así impulsar con más intensidad, junto a otras mujeres, un movimiento sufragista que ya llevaba algunas décadas en la estacada, luchando día a día por la consecución de los derechos políticos para las mujeres.


Una de sus labores primordiales consistió en llevar la cuestión del voto femenino a los debates parlamentarios.


Debemos recordar que en el siglo XIX las mujeres no tenían derecho al voto ni a ser elegidas como representantes públicos. Además de estar subyugadas legalmente a sus cónyuges, pocas mujeres tuvieron acceso a la educación superior, siendo relegadas a los roles tradicionales de una cultura victoriana fuertemente represora, especialmente con ellas. En esta sociedad rígida y asfixiante, a las mujeres se les imponía, bajo el manto del mantenimiento del honor familiar, el estereotipo de la pureza y la honradez para restringir sus aspiraciones vitales en la búsqueda de un marido sustentador, lo cual fue también denunciado y analizado críticamente por el propio Mill.

Stuart Mill no fue ajeno a esta dramática realidad, por lo que desde su posición como miembro de la Cámara de los Comunes se propuso desde su asiento reivindicar la equiparación de los derechos de ciudadanía entre los sexos. En este sentido, Mill denunció desde su escaño en la cámara por el Partido Liberal las numerosas restricciones legales y sociales que la población femenina sufría para el acceso al empleo y a una educación de calidad en igualdad con los varones.


Mill denunció desde su escaño en la cámara por el Partido Liberal las numerosas restricciones legales y sociales que la población femenina sufría para el acceso al empleo y a una educación de calidad en igualdad con los varones.


Consideraba que la marginación social y política de la mujer resultaba inadmisible para el progreso de las sociedades modernas. Desde una concepción ilustrada y teleológica entendía que la humanidad ascendía progresivamente en virtud y justicia. Sin embargo, la exclusión de las mujeres de la escena pública y la negación de sus derechos como personas individuales ralentizaba el avance de las sociedades. Desde su liberalismo y su radicalismo democrático, Stuart Mill denunciaba que a la mitad de la población no se la reconocía ni valoraba su talento y sus méritos, puesto que se le coartaban las condiciones de posibilidad para el libre desarrollo individual, lo que constituía de facto una contradicción para unas sociedades desarrolladas que se autoerigían como civilizadas.


Stuart Mill denunciaba que a la mitad de la población no se la reconocía ni valoraba su talento y sus méritos, puesto que se le coartaban las condiciones de posibilidad para el libre desarrollo individual.


Pensamiento político y filosófico

Stuart Mill es recordado todavía sobre todo en el campo de la economía política y estudiado como figura primordial de la economía clásica en relación a la influencia de su obra Principios de economía política (1848). Sin embargo fue también un filósofo de gran categoría. Aunque nunca fue profesor universitario, Mill cultivó casi todas las ramas de la filosofía, desde la lógica, pasando por la ética y la teoría política. Dentro de su concepción epistemológica Mill se posicionaba como empirista y positivista comtiano, manifestándose contrario al intuicionismo de Hamilton.

John Stuart Mill creía con fervor casi religioso en la libertad individual y en la justicia social como instrumentos necesarios para la consecución de la igualdad de derechos frente al despotismo y las diversas formas de subordinación política y social. En diversas ocasiones se mostró identificado con los problemas de los más desfavorecidos, especialmente con los pobres, los esclavos, trabajadores tanto industriales como rurales y por supuesto con los de las mujeres. La explotación industrial de las clases bajas generaba un contexto de mediocridad colectiva en el terreno de lo cultural, lo que a su vez incidía en el empobrecimiento de las capacidades individuales, las cuales quedaban estranguladas por la miseria económica.


John Stuart Mill creía con fervor casi religioso en la libertad individual y en la justicia social. La explotación industrial de las clases bajas generaba un contexto de mediocridad colectiva en el terreno de lo cultural.


De lo colectivo, Mill se sitúa en lo individual dentro de su pensamiento liberal, pero igualmente de fuertes convicciones sociales. Así pregonaba la vuelta a la individualidad, al reconocimiento del valor, las capacidades y los méritos de cada persona. Cada individuo vivía, a raíz de los problemas sociales y de los excesos despóticos del Estado, en una situación “despersonalizada”. El Estado debía de abandonar la pretensión de ser un agente injerente en la libertad de cada persona. Sin embargo, la originalidad de su pensamiento liberal estribaba en que su conciencia social y su compromiso por la lucha contra la explotación de los más débiles por parte de las oligarquías lo hacía sentirse cercano a algunos de los postulados ideológicos de un socialismo de tintes más o menos moderados.

En Sobre la libertad (1859) se resumen bien los aspectos de su teoría política y ética5. Los planteamientos éticos enlazan con su concepción de la libertad. La libertad resulta esencial e indispensable para el desarrollo individual y social, pero siempre considerando los límites de la misma libertad: La libertad de un@ mism@.


La originalidad de su pensamiento liberal estriba en su conciencia social.


La cuestión compleja de la libertad es central en el pensamiento milleano. Así puede verse en su teoría utilitarista llamada “principio del daño”: Siempre que una acción no perjudique a unos terceros, y aunque esa acción haga daño únicamente a la misma persona que la ejecuta, no existe justificación moral para prohibir esas acciones. Es decir, esto entroncaría con su “principio del perjuicio” por el cual una acción que no perjudica a nadie no debe de ser sancionada. Separándose de Bentham, Mill enfatizó más la idea de que mientras que una determinada acción no afecte a nadie, no debe de haber intención ninguna del Estado o cualquier otra institución por prohibirla.

Pero la libertad individual en estos términos no puede ser ejercida ni por los niños, los enfermos mentales, ni “los salvajes”, ya que desconocen cómo gobernarse. Con respecto a estos últimos, Stuart considera que su cultura no les ha permitido desarrollar las facultades suficientes para gobernarse a sí mismos, lo que resultaría un argumento enraizado en la justificación del imperialismo británico. Sin embargo, las mujeres occidentales no pueden ser excluidas de gobernarse a sí mismas y decidir con la misma libertad que los varones.

Jeremy Bentham

Como vemos, la filosofía de Bentham está muy presente en Stuart Mill, pero este la reformuló en algunos de sus términos, convirtiéndose en el representante más importante gracias a su obra Utilitarismo (1863). El utilitarismo es una doctrina ética que considera que la finalidad de la acción humana es la propia felicidad, la cual está vinculada a la realización de acciones útiles. Es bueno lo que nos es útil para ser felices. La felicidad es el único bien en sí, por lo que debemos de lograr la mayor felicidad para el mayor número de personas posible. Nuestras acciones involucran siempre a otr@s. La felicidad del prójimo es igual de legítima que la propia. Para determinar si una acción es moral, se ha de calcular las consecuencias buenas y malas que dependen de esta acción. Si lo bueno supera lo malo entonces la acción es moralmente virtuosa, por lo que en el utilitarismo nos encontramos con una especie de cálculo beneficio de nuestras acciones humanas.


Las mujeres occidentales no pueden ser excluidas de gobernarse a sí mismas y decidir con la misma libertad que los varones. Para Mill la libertad de las mujeres era irrenunciable.


Sin embargo, cada uno tiene un concepto de felicidad, para cada persona es diferente. No parece posible controlar la felicidad de todo el mundo, pero sí que debemos de asegurarnos de no intervenir en la libertad de los demás. La resolución liberal del dilema tiene consecuencias muy interesantes, más allá de la mera doctrina ética abstracta que se propone, porque para Mill la libertad de las mujeres era irrenunciable.

Así vemos que la filosofía de Mill juega entre dos tensiones, la idea del bienestar general salvaguardando la individualidad. El principio de utilidad, por la cual se busca el mayor beneficio para la mayoría de las personas más allá de lo personal y egoísta, se puede aplicar a la cuestión de la mujer. Mill entiende que debe de haber el mayor beneficio para el mayor número de gente, por lo que si la mitad de la humanidad lo conforman las mujeres, resultaría contradictorio y deshumanizante la subordinación femenina instaurada por la ley y la cultura.

Semblanza biográfica: Infancia y crisis psicológica

John Stuart nació en Londres el 20 de mayo de 1806, siendo el hijo mayor de varios hermanos de una familia de élite social, aunque no desde el punto de vista económico. En este entorno el economista y pensador escocés James Mill educó a su hijo bajo los estrictos principios del Emilio de Rousseau, obra que -recordemos- consolidó el modelo de educación patriarcal durante el siglo XIX. El radicalismo democrático de James Mill era destacado en su época, formando parte de diversos movimientos intelectuales y políticos radicales. Influido por David Ricardo fue autor de importantes libros como Elementos de economía política (1821) y Análisis de los fenómenos de la mente humana (1829). Además fue amigo, secretario y colaborador del filósofo y también economista Jeremy Bentham, padre de la doctrina utilitarista, quien fuera muy influyente también en el pensamiento del presente biografiado6.


Mill entiende que debe de haber el mayor beneficio para el mayor número de gente, por lo que si la mitad de la humanidad lo conforman las mujeres, resultaría contradictorio y deshumanizante la subordinación femenina instaurada por la ley y la cultura.


A pesar de su intensa vida intelectual y política, James Mill educó personalmente a su hijo, el cual tuvo una infancia muy dura. Antes de los 10 años ya dominaba perfectamente el latín y el griego. Sometido a una educación intelectual del más alto nivel bajo la total tutoría de su padre, a los ocho años ya enseñaba latín a sus hermanos, lo cual aprovechó para leer a Virgilio, Tito Livio, Cicerón… mientras indagaba en el pensamiento de Demóstenes o Aristóteles, entre otros. Escribió una historia de Holanda y otra de la Constitución romana. Con doce años ya se introdujo en la lógica y a los trece ya impartía cursos de economía política. Mill se educó totalmente en casa; nunca frecuentó una escuela donde hubiera podido jugar y relacionarse con niñas y niños de su edad y es que su primer amigo no lo tuvo hasta los 18 años.

Pronto sus primeros escritos aparecieron publicados en las páginas de los diarios The Traveller y The Morning Chronicle, en los que fundamentalmente Mill salía en defensa de la libre expresión como derecho de todo ser humano. En 1824, con la aparición de The Westminster Review, órgano de transmisión de las ideas filosóficas radicales en el que su padre le introdujo, Mill siguió publicando artículos en los que continuó con la estela de los postulados filosóficos de su padre y de Bentham.

La educación paterna, basada también teóricamente en los postulados del utilitarismo, consistía en someter a sus hijos a una secuencia de placeres y dolores intercalados en el tiempo. Como producto de todo ello, en la última etapa de su adolescencia Mill se sumió en una profunda depresión por la cual se dio cuenta de que no solo debía de cultivar los aspectos racionales de su vida, sino también los emocionales. Fue un proceso doloroso pero fructífero a su vez.

Tal como describe en su Autobiografía (1873), el frenético ritmo de estudios y reflexión teórica llegó a un punto inasumible psicológicamente. En 1825, año en el que fundó la “Sociedad de debate” contra los discípulos owenistas del aquí también biografiado Robert Dale Owen, Mill decayó en una crisis nerviosa que se prolongó durante dos años. Durante aquel tiempo nunca quiso preocupar a su padre. De ahí que mantuviera en secreto el mal que lo afligía, lo que constituye otro de los déficits de la masculinidad tradicional: la ocultación de los pesares que nos afligen como hombres, habitualmente escondidos al no querer reconocer la propia vulnerabilidad.

El ambiente familiar también jugó un papel clave a la hora de que Mill adquiriese quizás una conciencia feminista, aunque pudiéramos caer en el mero terreno de las especulaciones. En este sentido, en la única cita que se conoce de Mill de su madre, él mismo la describió como una mujer hermosa e inteligente. Sin embargo, James Mill no la consideraba así, más bien la despreciaba enormemente. Stuart afirmaba que ambos llevaban una relación matrimonial en la que “vivían tan apartados bajo el mismo techo como el Polo Norte y el Polo Sur”. Los recuerdos más dolorosos de la vida de Mill se relacionan con el mal trato que el padre de Mill ejercía a su esposa, ya que solía hablarla y tratarla de muy malas maneras en presencia de los invitados. Mill llega a confesar que su educación no fue una educación forjada en el amor y el cariño, sino más bien en el miedo a su padre7.

Tampoco Mill tuvo una buena opinión de sí mismo. Únicamente la tuvo de su vastísima inteligencia, ya que se consideraba torpe manualmente e incapaz en el terreno de las habilidades sociales. Su padre decidió entonces enviarlo con 14 años a Francia, a la casa de su amigo Bentham.


Los recuerdos más dolorosos de la vida de Mill se relacionan con el mal trato que el padre de Mill ejercía a su esposa. Mill llega a confesar que su educación no fue una educación forjada en el amor y el cariño, sino más bien en el miedo a su padre.


La muerte de su padre quien lo dominaba en casi todos los aspectos de la vida trastornó gravemente su existencia. Con los años, Mill reconoció que la disciplina impuesta por su padre fue crucial para su formación y posteriormente para la conformación de su pensamiento filosófico y político. Sin embargo, atravesó una crisis y depresión de la cual se recuperó rebelándose contra muchas ideas que le había inculcado su padre. Así Mill se convierte en un pensador más independiente. En su autobiografía reflexionaba sobre sí mismo lo siguiente:

El mantenimiento de un balance adecuado entre las facultades me pareció de importancia primordial. El cultivo de los sentimientos se tornó en uno de los puntos cardinales en mi creencia ética y filosófica…8.

Como vemos, Stuart Mill sufrió, en un caso extremo, una educación férrea, ausente de cariño y focalizada en el cultivo de la racionalidad en detrimento de lo emocional-afectivo, un ejemplo radical de la construcción individual de la masculinidad hegemónica y tradicional en la infancia y la adolescencia. Sin embargo, Mill en un momento determinado se hizo consciente de la importancia del equilibrio entre lo emocional y lo racional, entre el mundo de los afectos y el del análisis. En este despertar hacia el mundo emocional conocerá a Harriet Hardy Taylor, fraguándose unas de las parejas feministas más interesantes del XIX. Pero eso lo contaremos en el siguiente capítulo…


Stuart Mill sufrió, en un caso extremo, una educación férrea, ausente de cariño y focalizada en el cultivo de la racionalidad en detrimento de lo emocional-afectivo, un ejemplo radical de la construcción individual de la masculinidad hegemónica y tradicional. Se hizo consciente de la importancia del equilibrio entre lo emocional y lo racional, entre el mundo de los afectos y el del análisis.


Jean-François Marmontel

Jean-François Marmontel

La vida de Stuart Mill, más allá de su obra intelectual, se nos muestra como ejemplo histórico de lo que se espera de un hombre en cualquier época de la historia o en cualquier cultura patriarcal, pero a su vez de un ejercicio de superación excepcional de dicha imposición social para así abrazar un hermoso compromiso político, vital e intelectual por la igualdad entre hombres y mujeres. Stuart Mill, por eso y por muchas otras razones, está más de actualidad que nunca…. En 1827, Mill leyendo el tratado Memorias de un padre para la instrucción de sus hijos, de Jean-François Marmontel (manual de instrucción férrea ampliamente difundido en su época para la educación de los chicos), no pudo evitar llorar desconsoladamente. Esto le supuso tomar conciencia de quién era realmente.

(…) no era un leño o una piedra. Parecía que aún me quedaba algo de aquella materia con la que se fabrica todo carácter valioso y toda aptitud para la felicidad”9.

NOTAS:

1 MILL, John Stuart, The subjection of women. London, p. 21.

2 Ibidem, p. 152.

3 Ibidem, p. 152.

4 Véase sobre estas asociaciones activistas de hombres sufragistas la interesante obra colectiva EUSTANCE, Claire, y JOHN, Angela, V., (Eds.), The Men’s Share?: Masculinities, Male Support and Women’s Suffrage in Britain, 1890-1920. Routledge, 1997.

5 Sobre este libro insistió varias veces que fue una obra conjunta elaborada entre él y su mujer Harriet Taylor.

6 Bentham, curiosamente, aunque nunca se pronunció públicamente en favor del sufragio femenino, consideraba que todas las personas, sin excepción de su sexo, tenían el derecho a perseguir su propia felicidad y por lo tanto a participar en todos los ámbitos de la vida pública. SANCHEZ GARCIA, Raquel, “Utilitarismo y liberalismo en Inglaterra” en VVAA, Ideas y formas políticas del triunfo del absolutismo a la posmodernidad. p. 267.

7 Véase MELLIZO, Carlos, La vida privada de John Stuart Mill. Madrid, Alianza, 1995.

8 MILL, John Stuart. Autobiografía. Madrid, Alianza Editorial, 1986, p. 145.

9 Ibídem, pp. 147-148.