La mística de la masculinidad.

La  pulsión  copulatoria  como factor evolutivo en los  orígenes del machismo.

Autor: Julián Fernández de Quero,  Licenciado en Psicología. Educador y Terapeuta Sexual, ex-presidente de la Sociedad Sexológica de Madrid y de la Fundación SEXPOL; presidente de Honor de la Federación Española de Sociedades de Sexología (FESS)

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La hipótesis que se quiere comprobar con este estudio considera que el comportamiento sexual femenino ha tenido una evolución intraespecífica más avanzada que el masculino, debido fundamentalmente a un punto de partida biológicamente diferente sobre el que se ha construido después un modo de producción (el patriarcal) y una idea justificativa  (el machismo). Este punto de partida originario influye decisivamente para que el comportamiento sexual masculino sea  más primitivo o instintivo que el femenino.

El origen biológico del sexo.

Para realizar la comprobación partimos de los estudios realizados sobre el origen biológico del sexo que lo definen como una reacción adaptativa biológica a la presión del ecosistema. Los individuos modifican su anatomía, su fisiología y su conducta con el fin de adaptarse a las exigencias del medio y garantizar de esta forma su supervivencia. La aparición del sexo como instrumento adaptativo al servicio de la reproducción tiene como objetivo principal aumentar el umbral de variabilidad genética y conseguir individuos con alta capacidad de adaptación a las variaciones del medio.

La progresiva flexibilidad del comportamiento sexual animal.

El complejo conjunto de conductas que componen el comportamiento sexual está sujeto a las influencias del medio con un grado diferente de receptibilidad o de flexibilidad. Cuanto más rígida es la dependencia hormonal, más difícil resulta la modificación de la conducta para adaptarse al medio. Si analizamos la evolución del comportamiento sexual en las diferentes especies animales, podemos establecer una escala de conductas según el grado de mayor o menor flexibilidad y, a la inversa, de menor a mayor rigidez. Así tenemos el primer conjunto de conductas que componen la primera fase del cortejo, aquellas relacionadas con la aproximación e inhibición de la agresividad y/o el miedo del/la otro/a que se caracterizan por un alto grado de flexibilidad y un menor grado de rigidez o estereotipia. Eso hace que cada especie animal haya desarrollado comportamientos muy diferentes referidos a esta fase. Los etólogos han llenado miles de cuartillas describiendo minuciosamente estas conductas de cada especie. Las variaciones adaptativas son asombrosas y la riqueza y variedad de conductas realmente increíble.

La segunda fase del cortejo referida a las conductas de contacto, tienen un menor grado de flexibilidad y un mayor grado de rigidez. El uso de la boca para lamer o morder suavemente, olfatear o lamer los genitales externos, restregar el lomo o revolcarse por el suelo, son con ligeras variantes las conductas estereotipadas de contacto de la mayor parte de los mamíferos inferiores. Los primates introducen el uso de las manos en conductas de acariciar, despiojar y  agarrar.

Por último, la fase de copulación está formada por las conductas más rígidamente estereotipadas y con un menor grado de flexibilidad. Como dice Jacques Waynberg, el coito es la unidad comportamental cuyas similitudes son tan evidentes entre las especies animales que los riesgos de ”patinazo” metodológicos son mínimos. Hinde (1975) establece la noción de “Mecanismos Innatos de Desencadenamiento (MID), para denominar aquellas conduc­tas cuya estereotipia biológica responde a reacciones innatas y, por ello, de carácter casi universal en todas las especies. Así el coito puede analizarse “desde el pensamiento a la acción”, separando en cierto número de MID filogenéticos válidos que, en interacción con el entorno ecológico y social de la pareja, van a conseguir su éxito operativo y simbólico. El “núcleo profundo” del conjunto de conductas que llevan a la cópula está constituido por la organización filogenética de los MID, mientras que el resto de las conductas son cosas del azar o las tradiciones, es decir, modificables por la presión del medio. El coito en los primates o mamíferos obedece a la regla de las tres unidades:

Unidad de Acción: La fusión de los cuerpos mediante la monta posterior de la hembra por el macho o la introducción del pene en la vagina.

Unidad de Lugar:  Las zonas genitales de ambos individuos.

Unidad de Tiempo:  La duración del coito.

Ford y Beach establecen un etograma provisional sobre el análisis de 191 sociedades humanas y numerosas especies mamíferas y primates, que es suficientemente elocuente en cuanto a la estabilidad de las conductas estereotípicas de base, aún cuando observan un gran número de variaciones en la organización “escénica” (las conductas de las dos primeras fases men­cionadas). El nuevo etograma establecería el inventario de los MID como factores universales de solidaridad  comportamental  intra e interespecífica. En efecto, tres MID parecen implicados en el desarrollo coordinado y eficaz de la cópula:

  1. Una propensión compulsiva a coordinar la actividad neuromuscular para introducir el pene en la vagina.
  2. En el macho, la activación de los esquemas motores de los movimientos coitales rítmicos e ininterrumpidos.
  3. En el macho también, la programación del desencadenamiento de la eyaculación en unos períodos fijos o estables para cada especie.

Estos tres MID rigen las conductas de cópula de todas las especies mamíferas y primates, formando el conjunto de ellas la denominada por nosotros  “pulsión copulatoria” . La puesta en escena que lleva a la realización de la pulsión son las que más variaciones o diferencias han sufrido en función de las presiones de los ecosistemas o las reacciones de los individuos a las mismas.


Como dice Jacques Waynberg, el coito es la unidad comportamental cuyas  similitudes son tan evidentes entre las especies animales que los riesgos  de ”patinazo” metodológicos son mínimos.


De todas estas conductas, las dos más estereotipadas, universales y diferenciadoras de los sexos son: En el macho, la MONTA, acceso a la hembra por detrás, subiéndose a la espalda de ella y apoyándose en el suelo firme­mente con las extremidades posteriores. En la hembra, la LORDOSIS, arqueamiento del lomo en forma de “U”, afianzándose con seguridad en las cuatro extremidades y levantando el culo para facilitar la penetración.

Variaciones en el comportamiento sexo-reproductor humano debidas al bipedismo.

Al pasar del ecosistema boscoso al estepario, el nuevo ecosistema presiona para generar una nueva forma de desplazamiento: EL BIPEDISMO. Caminar erguido sobre las dos extremi­dades posteriores, dejando libres las anteriores. Es a partir de este transcen­dental cambio de postura que los prehomínidos se convierten en homínidos, iniciando un proceso de humanización todavía inacabado. ¿Cómo influye el bipedismo en la anatomía, fisiología o conductas sexo-reproductoras de los hombres y mujeres? De manera muy diferente. La mujer tiene grandes transformaciones que convierten su comportamiento sexo-reproductor en muy distinto del que tienen las hembras primates. Veamos algunos de esos cambios:

  1. La mujer tiene más deseo sexual en los días infértiles fuera del estro
  2. La mujer recupera el deseo sexual en el postparto antes de que acabe el periodo de lactancia
  3. La mujer adquiere una capacidad multiorgásmica que refuerza la libera­ción del estro y la separación de la sexualidad con fines de placer y comuni­cación de la  reproducción.
  4. La mujer tiene desplazado el clítoris del interior vaginal al exterior vulvar.
  5. La mujer suprime los reflejos instintivos de monta o lordosis y desplaza los elementos físicos de atracción sexual:
  6. La mujer gana en capacidad erótica pero pierde capacidad de control de las relaciones sexuales:

El hombre sufre cambios, no por la influencia directa del bipedismo, sino indirectamente por los cambios ocurridos en la mujer: La postura erecta en el hombre no influye en mayor grado en su comportamiento sexo-reproductor. Al no desempeñar funciones reproductivas de embarazo, parto y lactancia (factores esenciales de los cambios femeninos), el hombre no siente la presión del medio para que su comportamiento se transforme. Su aparato genital sigue desempeñando las mismas funciones, tanto en la postura cuadrúpeda como en la bípeda. Sin embargo, los cambios ocurridos en la mujer sí le influyen para cambiar algunas cuestiones del suyo:

  1. La receptividad permanente de la mujer influye en su atracción perma­nente hacia ella, generando una espermiogénesis constante, algo que no ocurre en los machos mamíferos, cuya espermiogénesis es cíclica igual que en la hembra.
  2. La desaparición de los mecanismos de freno en la mujer le dan al hombre la capacidad de copular con la mujer aunque ella no quiera, forzándola y acosándola.

Estos cambios, generan dos tipos de fenómenos específicamente huma­nos: La violación, como comportamiento generalizado de acceso sexual del hombre y la hiperreproducción, como consecuencia inevitable de la mayor actividad copulatoria.

La pulsión copulatoria dominante en el hombre y la mayor accesibilidad de la mujer por la fuerza, inducen a que los rituales del cortejo previos a la cópula se conviertan en innecesarios. Los hombres no necesitan reclamos de la mujer porque ésta es receptiva permanentemente. No necesitan inhibir su agresividad porque la someten por la fuerza. No necesitan inhibir su miedo porque la persiguen y acorralan. No necesitan acariciarla porque efectúan el coito compulsivamente,  a “palo seco”, con o sin su voluntad.

Esta situación extremadamente violenta, indujo al reforzamiento de los grupos familiares o a la creación de leyes o rituales sociales de    cortejo impuestos por las familias para la defensa de sus mujeres, .así como al surgi­miento de tabúes culturales que prohibían el contacto sexual   en determina­das circunstancias y tiempos (los tabúes de la virginidad, de la menstruación. de las fiestas religiosas, del incesto, etc.). A partir de ahí, los   hombres necesitaron recuperar el cortejo como forma de inhibir la agresividad y/o el   miedo  de  las  familias, mediante complejos  rituales conductuales  que   incluían  regalos, pruebas   físicas, períodos    de abstinencia, vigilancia familiar, etc.


Estos cambios generan dos tipos de fenómenos específicamente huma­nos: La violación, como comportamiento generalizado de acceso sexual  del hombre y la hiperreproducción, como consecuencia inevitable de la mayor actividad copulatoria.      


 Sin embargo, permanece la violación como forma de relación sexual mayoritaria,   aunque limitada o constreñida   por las leyes: Con las mujeres de los enemigos vencidos, como parte del botín de guerra (conducta que se sigue practicando actualmente, como hemos podido comprobar en la guerra de Bosnia o en el Congo) con las mujeres   de   clases inferiores: esclavas, siervas, obreras o criadas, también hasta nuestros días mediante el pago mercenario, en la prostitución o dentro del  matrimonio oficial, con  la obligación impuesta a la mujer del débito conyugal, todavía vigente en muchas sociedades actuales.

La   desaparición   del   mecanismo de freno de la   lactancia   en   las mujeres, aumentan su capacidad reproductiva al poderse quedar embarazadas durante la misma. Esto unido a la pulsión copulatoria de los hombres que les   lleva compulsivamente  a  tratar de copular como sea y con quien  sea, viviendo la sexualidad como descarga y necesidad, genera la hiperreproducción. La especie humana se convierte en la más prolífica de la  Naturaleza, expandiéndose por todo el globo terráqueo, multiplicándose y hacinándose, ge­nerando, por ello, hambrunas, guerras, epidemias y todo tipo de males. Esto le obliga ya, desde los comienzos de la especie, a pensar en modos o maneras de controlar la natalidad, llegando a los métodos anticonceptivos científicos actuales.   A pesar   de ello, seguimos inmersos en la llamada “explosión demográfica” que amenaza no sólo a la supervivencia de la Naturaleza, sino a la propia especie humana.


La pulsión copulatoria como factor evolutivo que influye en la construc­ción social del patriarcado y del machismo.


La diferente influencia del bipedismo en el comportamiento sexo-re­productor del hombre y de la mujer, explican (que no justifican) la base evolutiva sobre la que se construyó el modo de producción patriarcal y la ideología machista. Evidentemente, no ha sido el único factor generador de este tipo de construcción social. Otros estudios han desarrollado la impor­tancia de la propiedad privada, de las clases sociales y de la ley de la exogamia, entre otras cuestiones. Pero resulta evidente que, a pesar de la evolución interna de la especie, que hace que los humanos de ahora tengamos bastante poco en común con los homínidos de hace doscientos mil años, sigamos notando la diferencia en el comportamiento sexual de hombres y mujeres:

  1. Mientras que la mujer ha diversificado sus técnicas eróticas tanto en relación al cuidado de su cuerpo y de su psiquismo como en la erotización de las relaciones interpersonales, el hombre mantiene una estereotipia rígida de técnicas centradas en los genitales y en el coito, deserotizando el resto de su cuerpo, convertido en un callo útil para el esfuerzo, el sacrificio y la dureza que le exigen los valores de su género masculino.
  2. Mientras que la mujer ha separado de forma gradual pero radical la sexualidad de la reproducción hasta el punto de poderse quedar embarazada sin orgasmo, de disfrutar sin coito o de tener un aumento del deseo en los días más infértiles, el hombre sigue manteniendo unidos en su comportamiento sexualidad o reproducción, al priorizar la cópula como técnica sexual por excelencia, la seguir simultaneando el orgasmo y la eyaculación, a pesar de ser dos fenómenos fisiológicos diferentes, o al despreciar el cultivo de las técnicas sexuales no coitales.
  3. Mientras que la mujer ha desarrollado una riqueza emocional que con­vierte la relación sexual en algo específicamente humano, repleto de tonos o matices emotivos y conductuales cargados de simbología, lo que convierte la relación en un quehacer artístico, el hombre sigue practicando un comporta­miento sexual animal, ramplón, simple y estereotipado, escaso de matices emocionales, poco creativo y rutinario. La pulsión copulatoria irracional y primitiva le lleva a darle más importancia a la cantidad de coitos o de mujeres que a la creatividad artística de la relación en sí misma.
  4. Mientras que la mujer construye su identidad femenina a partir de un erotismo difuso, corpóreo y emocional, en el que cualquier parte del cuerpo puede convertirse en fetiche sexual de incalculable valor (los poetas o los enamorados nos han dejado suficientes testimonios de su atracción fetichista por ojos, boca, orejas, manos, pies, senos, etc. de una mujer) o sus expre­siones emocionales han cobrado la importancia de rasgos definitorios, la identidad masculina se constituye a partir de sus genitales, de su tamaño y de su peso, de su pulsión copulatoria medida en cantidad de actos y no en la calidad de los mismos, estableciendo para ellos la misma clasificación que se realiza con los machos animales: Sementales o estériles, bravos o cabestros, potentes o impotentes.

 

Conclusiones y propuestas.

Teniendo en cuenta que la especie humana ha venido y sigue evolucionando internamente desde sus orígenes, en un proceso continuo o permanente nunca acabado, y teniendo en cuenta que los factores que actualmente más influyen en dicha evolución son los culturales, prin­cipalmente, los procesos educativos de socialización que inducen a cambiar actitudes, pensamientos y conductas, extraemos la conclusión de que los estudios que, como el presente, sirven para reflexionar sobre los orígenes de la cultura de los géneros y de la mística de la masculinidad ayudan a tomar conciencia fundamentada o crítica sobre las causas o factores que explican la evolución ocurrida a lo largo de la historia o el por qué estamos donde estamos. También sirven para justificar la propuesta que hacemos de cambios en el comportamiento sexual o de género de los hombres, puesto que sí se ha demostrado claramente que nuestro comportamiento es más primitivo o menos evolucionado que el de las mujeres, tendremos que realizar el esfuerzo de desarrollarlo en la misma línea humanizadora que el movimiento feminista viene proponiendo para ellas.


Nuestro comportamiento es más primitivo o menos evolucionado que el de las mujeres. Tendremos que realizar el esfuerzo de desarrollarlo en la misma línea humanizadora que el movimiento feminista viene proponiendo para ellas.


Tomar conciencia de nuestro punto de partida evolutivo, a partir de él, saber que somos capaces de controlar nuestra pulsión copulatoria, que podemos vivir nuestra sexualidad como fuente de placer o comunicación con todo nuestro cuerpo, que podemos cultivar nuestros sentimientos e incluirlos en las relaciones eróticas como factor de creatividad humana, que podemos convertir nuestra  simple erótica animal en erotismo, el arte de vivir placenteramente como humanos o que con el ejercicio de nuestra libertad podemos erradicar las consecuencias nocivas, peligrosas o nefastas de la pulsión .

Esta es la propuesta general o global que hacemos a todos los hombres como aporte concreto a los cambios necesarios para superar la cultura de los géneros y el machismo subyacente a ella. Entre todos tendremos que desglosar esta propuesta global en conductas concretas. Pero ese puede ser un buen motivo de reflexión o acción para más adelante.

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