Me han pedido escribir sobre el sexismo de los juguetes navideños.

Lo he intentado y no me ha salido exactamente como pensaba. Varias veces me he puesto delante del teclado y al final mi propia historia me hablaba recordándome cómo, durante tantos años, ese fatídico día 6 se convertía en el día más amargo de todo el calendario.

Por ello, algo muy dentro me exigía ir más allá y ampliar el encargo no sólo al día de reyes sino al de todas las festividades previas, para arrojar algo de luz y dilucidar qué sucedía para llegar a ese punto.

Y un nuevo estancamiento.

No he podido evitarlo. Quería ir a lo emocional, pero algo me fallaba.

Todos los que juntamos palabras siempre hablamos de nosotros mismos. Queramos o no, por mucho lirismo que nos empeñemos en dar, al final terminamos hablando de nuestras heridas.

Y me siento así, un hombre herido… un varón, un niño más bien, fracturado, llagado, dolorido.

Los hombres venimos en masa de ese lugar tan masculinizado de lo racional, que exilia lo emocional, por peligroso y por dolorosamente estigmatizado como femenino. Y ahí me afano, practicando cada vez más y más mis emociones, para aliviar mis llagas.

Pero ojo, que eso conlleva peaje, básicamente por falta de costumbre de adentrarme en las emociones, y una vez que te asomas a ese universo puedes perderte en él, abusando de lo nuevo, de lo que te fue negado, porque es una delicada balanza en la que se pasa de la sonrisa a la mueca torcida en un pispás. Eso hay que encajarlo.

Y me atasqué de nuevo con mi texto. Mi neo córtex se activó hacia lo que le resulta familiar, es decir, escribir un relato sesudo y muy mental sobre cómo los juguetes que se ofertan y se venden a mansalva pueden condicionar y condicionan la construcción de género que hacemos desde edades tempranas. Sin embargo, me resultó incompleto. No podía aislarlo de la montaña rusa previa a ese día 6 en el que los hogares se llenan de envoltorios y celo, que esconden aquellas “cosas” que nos van a hacer a las personas, supuestamente, más felices.

Me empujo a ir más allá. Es mi elección para revisar cómo poder indagar en mis programaciones. Desde hace tiempo intento funcionar así, migrando del hemisferio izquierdo al derecho donde bullen las emociones, que a los hombres tanto se nos han manipulado, amargándonos la vida a nosotros mismos, a las mujeres y a los que vienen detrás de ambos.

Me digo que merece la pena escuchar lo que regurgitan mis tripas, lo que les cuesta digerir y lo que nos conduce a vomitar, retener o evacuar lo que contrae nuestros estómagos y que no es otra cosa más que tensión, estrés, ansiedad o angustia. Da igual cómo lo llamemos.

Así que me entrego a las tripas, a la pura entraña que se contrae en estas fechas para disgusto de los que me rodean. Amargor. Asoma de manera visceral una acritud que me esfuerzo en paliar y por la que sudo la peor versión de mí mismo. Y se lo hago pagar a los que se aproximan. No quiero, pero sucede.

Ahí va mi hiel.

Acomódense que éste mi compartir es una advertencia de lo que viene, de lo que es, de lo que nos pasa año tras año y de lo que, si no cambiamos… también sucederá el próximo.

Atentos que viene el lobo y a mí ya me ha mordido y lo sigue haciendo periódicamente y me revuelvo hastiado de que así sea en cada ciclo festivo.

(No me hagan mucho caso hoy, que no habla mi ser centrado sino mi herida abierta)

Habitantes de éste páramo… llega La Niebla

Probablemente ya es tarde y para cuando lean esto, ya habrá llegado.

Sí. Como cada año, a primeros de diciembre, se desliza entre nosotros una especie de bruma invisible, como si fuese un hechizo que periódicamente queda anclado en nuestro inconsciente colectivo. Y ojo, que nos atrapa y nos prende en una espiral de rituales llenos de gestos, muecas, manías, consumos, acciones e histrionismos varios que acaban en la noche de reyes.

Es La Niebla.

La llegada cada vez es más sutil y hace tiempo que nos viene mesmerizando más y más temprano, arañando días de otoño a través de su heraldo, el Black Friday.

Señoras y señores, vayan haciendo acopio de sus dineritos y dense un último empujoncito para conseguir la zanahoria de la paga extra o ese incentivo no consolidado en nómina para escamotear unas monedas al amo que gobierna en mayor parte nuestro hacer diario y nuestros tiempos.

Vamos, vamos, arreen, que están más cerca de ese variable anual, ese codiciado bonus que nos acerca más y más a los tesoros anhelados, a esa nueva manzana mordida materializada en una pantalla con cuarto y mitad más de píxeles que la anterior y que nos resulta imperativo poseer.

Vengaaaaa…. que se nos acaba el género y luego toca improvisar y no cumplimos con lo pedido en la cartita a sus majestades y nos vamos a sentir culpables por no desempeñar adecuadamente con el guión heredado. Guión asumido. Guión interiorizado.

Y alerta a los sucedáneos. Algunos se distraen con los mensajes de los muebles suecos que intentan despertarnos de La Niebla castellana con falsos mensajes de libertad para luego intentar atraparnos con La Niebla sueca que no deja de ser otra mordida del löbo, solo que con diéresis en la o.

Desvarío. Un segundo. Discúlpenme.

Como necesito pasar por hechizado he de tomarme mi medicación diaria. Que me estoy calentando y veo que se me ha pasado los efectos de la pastilla. Su composición ya no es ni secreta: azúcar, azúcar y azúcar. Y así, todos sonrientes en las festividades.

Ahí va un polvorón.

Turrón y mazapanes se me hacen más rancios. Son gustos.

La opción del jarabe (alcohol, alcohol y alcohol) no me vale que son las 11:00 de la mañana mientras escribo esto y hasta las 12:00 no queda bien, aunque en el bar de enfrente de mi casa sirven jarabe desde las 07:00 a la parroquia más madrugadora. A por su dosis de anestesia.

Aparte de pastillas y jarabes, para mantener la magia del hechizo de La Niebla, recientemente se ha intensificado también la exigencia del ejercicio físico. En este caso es ejercicio ocular vía fijación de la mirada en pantallas. Ya sean grandes o chicas. Pero aunque esta demanda ha calado los 365 días, sí se ha generado una dinámica ad hoc para La Niebla.

Claro, lo presencial es tan estresante y tan extenuante que nos tenemos que pasar al virtual entregándonos a las gilipolleces varias de Guasap, Feisbuk, Tuiter y demás sandeces revestidas de necesidad y que, por no llamarlo necedad, lo traducimos en modernidad. Y todo porque aún no hemos resuelto la ecuación de cómo mirarnos los seres humanos a los ojos e ir más allá de los papeles que se nos han asignado como padres, hijos, cuñados, hermanos, seamos hombres o mujeres.

El polvorón y su azúcar, azúcar, azúcar tarda un poco en hacer efecto. Tengan paciencia. En breve edulcoraré el relato… si me da tiempo.

Como iba diciendo, sí, se nos acaba el género. Ya ven.

Y a ver si es verdad, porque La Niebla engulle y consume el género tanto en su vertiente de objetos como en la que nos atañe como sujetos.

El género como objetos se acaba y agota llevándonos a actuar como rapaces en lo relativo a lo que se compra en mercados para las comidas, cenas y piscolabis múltiples, familiares o laborales; o en las tiendas donde mundo juguete compite ferozmente con mundo ropa, mundo perfume y mundo electrónica.

Ale, a arramblar.

Por otro lado, el tratamiento que damos al género como sujetos durante el periodo de La Niebla es el que realmente debe acabar. Ya. Hoy. No esperen al año próximo. Abran los ojos, pero ábranlos de verdad, como si despertasen del sueño en el que La Niebla nos tiene postrados e inertes como seres vivos.

Bufff, no sé si se me entiende. Es como la película esa de la Matriz donde los seres humanos están confinados en unas capsulas inconscientes en las que se les está pasando un programa por su psique que les hace creer que viven despiertos, conscientes y libres cuando en realidad vegetan mansamente con unas directrices que les marca qué creer, sentir, percibir y vivir… aunque sea en estado catatónico. Así es La Niebla, nubla el juicio y por tanto la libertad.

Para el que quiera despertar… no nos confundamos… La Niebla… La Niebla es…. es machista… pero que muy machista.

Lamentablemente, sus efectos anestésicos disfrazados de conjunción familiar y amorosa, de tradición social y religiosa, salpimentadas con cantidades ingentes de medicación, jarabe y ejercicios oculares, a la postre, azúcar, alcohol y pantallas, nos lleva como sujetos a una disociación colectiva que nos daña año tras año, generación tras generación y así condena a nuestros hijos e hijas.

Veamos. La Niebla aparentemente comienza con una cena en día 24 y una comida en día 25 que ha de ajuntar a quien no ha aprendido en todo el resto del año a mirarse con empatía y amor real (no del que subyuga) para acabar brindando a última hora de un 31 y cerrando el sainete con la orgía del género comprado y bien envuelto, para su mágica entrega un día 6, momento en el que se celebra el ocaso de La Niebla porque ya no se puede más, aunque en las postrimerías devenga una nueva orgía en masa bajo el nombre de las rebajas.

Mis allegados se retuercen cuando me oyen de esta guisa. No hay intención de provocación ni de represalia, sólo hartura por los efectos sofronizantes de La Niebla.

Sí, hartura por la energía invertida en algo que perpetúa y perpetúa patrones que modelan a mi hija Aitana a presenciar el vodevil anual por el cual la mujer ha de imbuirse en ese denigrante traje de histérica para comprar todo tipo de viandas que hay que preparar para una cuadrilla de gente, normalmente hombres, anclados al sofá, a la medicación (azúcar, azúcar y azúcar), al jarabe (alcohol, alcohol y alcohol) y a la pantalla (la manzana mordida es la predilecta), debatiendo de las cosas que importan mientras ellas, las mujeres, preparan, cocinan, sirven, recogen y se ponen bonitas para regocijo de quien ha naturalizado y sigue defendiendo esta práctica como una tradición loable.

Hartura porque Aitana, bajo la hipnosis de La Niebla, encontrará sentido a que la mujer entre en pánico porque ha de estar de tal manera cuestionando su cuerpo, su rostro, su ser y así su identidad para que le entren las ropitas que la expongan como adecuada al juicio de hombres y mujeres abducidos por cánones constrictores del ser humano.

La Niebla tiende a poner a prueba el discernimiento y los progresos en la relación entre iguales que durante el resto del año intentamos o deberíamos intentar desarrollar. Su sortilegio tiene un arraigo tan profundo que polariza la vida de cada humano.

Aparentemente saca lo mejor. Aparentemente. Es solo en la superficie, en lo periférico, de puertas afuera.

Porque en lo de dentro, en lo más profundo, en el núcleo, todos aullamos debido a los vapores inhalados por acción de La Niebla. El juicio nos nubla y, de tal guisa, nos vemos impelidos a perpetrar una coreografía que nos cae rancia y caduca, pero de la que nos cuesta abstraernos por las obligaciones contraídas con nuestro árbol genealógico con el que aún no hemos conseguido aprender a conciliar con serenidad.

A unos les lleva a adentrarse en el mundo de la piruleta y se entregan mansamente al espíritu de lo que sienten como mágico sin tomar conciencia de que en realidad es trágico por la complicidad de perpetuar lo que nos daña a todos.

A otros, en los que evidentemente me incluyo, nos sienta como vivir en un episodio de The Walking Dead. Se nos dispara la adrenalina poniéndonos en actitud defensiva y tensa por cada interacción con cualquier zombificado o zombificada con los que nos toca cohabitar, especialmente los cuatro días grandes: el 24, el 25, el 31 y el 6.

Así, La Niebla tiene su pico en un periodo de dos semanas.

En esos días vemos que el hechizo orbita alrededor del monopolio de una serie de varones: la visita del orondo del norte que viste de rojo y trae regalos (la noche del 24); el nacimiento del elegido que trató de enseñar amor y sus traductores lo confundieron con división y sometimiento normativo (la comida del 25); el rey de nuestra comarca al que le escriben un discurso televisado de cómo perpetuar La Niebla todo el año, quiera él o no (la noche del 31); y, finalmente, los otros tres reyes barbudos, de reinos ignotos, que viajan juntitos, en procesión, de noche, a oscuras, siguiendo una estrella para llegar a la cumbre de la humildad y la austeridad del mágico bebé, que todo debía cambiar y que a buen seguro se revolvería hoy al ver lo que se ha hecho y se hace en su nombre (el día 6… y cada día del resto del año).

Si los tres hechiceros dejan su mundo de riqueza para honrar con humildad a la criatura recién nacida, encarnada, con toma de tierra vía su madre, no comprendo cómo honramos ese hecho haciendo todo lo contrario. Ya sea hipotecando la economía familiar o sobre compensando las carencias afectivas del año entero con objetos, sea como fuere es una yuxtaposición, por no decir perversión, del espíritu del día prefijado como sagrado.

Y así hasta los más devotos incurren sin conciencia alguna en manchar el espíritu de aquel día que no era otro que el de mostrar respeto a lo divino hecho carne a través de las tres ofrendas: el oro, regalo de reyes al rey de reyes; el incienso, el aroma de las divinidades y la mirra, el bálsamo para quién decide hacerse carne para ser uno más de nosotros y vivir y morir desde la experiencia humana para dar ejemplo de ella ¿Y qué estamos regalando? Podríamos sencillamente elegir algo hermoso, algo que nos eleve y cerrar la acción con algo que nos recuerde dónde estamos.

Pero nos ofuscamos y elegimos mal.

Las compulsiones en las compras, acompañadas de las orgías de alimentos edulcorados, sazonados y acompañados de aromas etílicos de estas dos fatídicas semanas es la perversión máxima del espíritu de La Niebla. Eso si eres creyente. Si no lo eres, da igual. El calendario heredado te obliga, te conmina a que esa fecha implique un ritual desdibujado por el paso del tiempo y la mano del hombre en lo que siempre hace, interpretar.

¿Y a qué tantos varones? Unos en puestos de poder y otros en puestos de salvadores, pero todos hijos de madre.

¿Y dónde están ellas? Mayoritariamente en la cocina.

¿Y quién las honra? Los bancos y las líneas de crédito.

¿Y hasta cuándo? Dímelo tú.

Tómate un instante e intenta recordar qué pasó el 24, el 25, el 31 y el 6 del año pasado, cómo lo viviste, y tal vez puedas despertar del hechizo y modificar con mayor responsabilidad, respeto y consciencia cómo vas a vivir este.

Autor del artículo: Javier de Domingo, socio de AHIGE (Asociación de Hombres por la Igualdad de Género)

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