DOSSIER: FEMINISMO Y MOVIMIENTO DE HOMBRES POR LA IGUALDAD.

3.- LA RUINA DEL PATRIARCADO CAPITALISTA: LA MASCULINIDAD DE VUELTA A CASA.

Autora: Laura Mora Cabello de Alba.

Sumario: 1. La crisis de los débiles 2. La relación entre patriarcado y capitalismo: Dos en uno o el moderno Prometeo 3. De vuelta a casa

1.- La crisis de los débiles

Que te inviten a escribir en una Revista de hombres, que es para hombres y mujeres, y te ofrezcan la oportunidad generosa de poner palabra a tu experiencia de cómo bastantes hombres se acercan al feminismo –que también es para mujeres y hombres- y cómo eso cambia nuestras vidas, las de todo el mundo y del propio planeta, es una suerte. Además, es un punto cierto desde el que hablar, porque mirar al otro que no soy yo no es fácil y puede entenderse como una intromisión. Mi atrevimiento nace entonces de una invitación pero, sobre todo, de la relación inescindible que me une al otro sexo, el masculino, sin la que no entiendo la vida y, por tanto, la política. La política entendida como todo aquello que hacemos para intentar convivir en paz y construir orden de vida amoroso.

Para empezar, me veo en la necesidad de explicar el título de mi escrito. En tiempos de cambio civilizatorio y de crisis profunda del modelo patriarcal, es evidente -aunque quizás poco visible en términos de mayoría social- que bastantes hombres intentan construirse desde la periferia patriarcal teniendo el amor como mediación con ellos y con lo que les transciende. Desean quizás volver a casa. Es justo decir que muchas criaturas están ya siendo educadas por una paternidad diferente. Frente a la muerte, la vida. Frente a un camino agotado –por mucho que éste pueda seguir azotando y pidiendo sangre como muerto hambriento de vida-, la búsqueda de un camino con presente y horizonte. Junto a la lucha de las mujeres por un sentido libre de ser consigo y con ellos, la lucha de los hombres por un sentido libre de ser consigo y con ellas.


En tiempos de cambio civilizatorio y de crisis profunda del modelo patriarcal, es evidente que bastantes hombres intentan construirse desde la periferia patriarcal teniendo el amor como mediación con ellos y con lo que les transciende. Desean quizás volver a casa. Es justo decir que muchas criaturas están ya siendo educadas por una paternidad diferente. Frente a la muerte, la vida. Junto a la lucha de las mujeres por un sentido libre de ser consigo y con ellos, la lucha de los hombres por un sentido libre de ser consigo y con ellas.


Sin embargo, se habla de crisis del orden dominante como algo bien profundo pero coyuntural, que pasará. Si asimos con lealtad el significado de las palabras ¿qué es una crisis? ¿una crisis es un terrible bache en el camino que con mucho esfuerzo y tiempo –cada vez más tiempo- se podrá superar? María Moliner, en su Diccionario del uso del español, dice que crisis es «un cambio muy marcado en algo». Etimológicamente, el origen de la palabra crisis está en el verbo krinein, que significa «separar», «juzgar», «decidir». Se podría decir, poniendo en relación el origen y el uso corriente de la palabra, que crisis es tiempo de cambio, de separación de lo que había sido hasta ahora y, por lo tanto, de decisión sobre qué rumbo tomar. No supone un alto en el camino, que también, si es que la vida admite paradas, sino una necesidad de transformación. Cuando ese aviso atañe a qué es ser mujer y qué es ser hombre y a la propia relación entre los sexos – además de la metamorfosis del propio concepto de trabajo y del modelo de creación y reparto de verdadera riqueza- quizás la crisis pudiera suponer un cambio civilizatorioi.


Quizás la crisis pudiera suponer un cambio civilizatorio. La lucha de las mujeres está propiciando y sosteniendo ese cambio de conciencia porque cuando las mujeres se mueven, se mueve el mundo, se mueven los hombres.


La lucha de las mujeres está propiciando y sosteniendo ese cambio de conciencia porque cuando las mujeres se mueven, se mueve el mundo, se mueven los hombres. Por eso, si nos referimos a la crisis que en los hombres está causando la ruina del sistema de poder patriarcal, podemos mirar dicha crisis como un signo bienaventurado de transformación producido por la toma de conciencia de algunos hombres en la mayor parte de los casos gracias al feminismo o, lo que es lo mismo, gracias al empujón de sentido que da en la vida tener al lado una compañera, una hija, un hijo, unas alumnas, una maestra, un maestro o un alma propia que te pide sentido amoroso del ser y de las relaciones. Así, sin vuelta a atrás, se está ya generando un orden de vida mejor para los dos sexos. Y también una violencia desmadrada y esperpéntica de los patriarcas que mueren matando con saña ante su propio sinsentido.

Constructing my identity, Fernández Alvira. Foto: Juanjo Compairé.

¿Y por qué nombrar la debilidad de los hombres que están en proceso de cambio? Porque es lo que acontece. Porque la debilidad es consustancial al cambio. Un cambio que además se produce desde un aparente y muchas veces real lugar de dominación –por muy micromachismo que sea- de unos frente a otras hacia una terra incognita de igualdad en valor de los dos cuerpos de la ecuación humana hombre-mujer y de cada quien consigo. Una debilidad que es la clave política que admite resquicios o grandes grietas por donde entra lo nuevo o lo original (lo que tiene que ver con nuestro origen). Debilidad masculina cuya consciencia –o incluso inconsciencia- objeta lo establecido por el poder; debilidad que consiente el cambio, que tiene miedo, que no sabe, que no domina… ni siquiera a sí mismo, que reconoce vacío para lo nuevo o un abismo horripilante delante (según las herramientas políticas disponibles para poder caminarlo). Debilidad masculina como materia prima del deseo, que si es transitada anuncia la verdadera fortaleza que contiene la posibilidad de Ser.


La debilidad es consustancial al cambio. Debilidad masculina cuya consciencia –o incluso inconsciencia- objeta lo establecido por el poder; debilidad que consiente el cambio, que tiene miedo, que no sabe, que no domina… ni siquiera a sí mismo. Debilidad masculina como materia prima del deseo, que si es transitada anuncia la verdadera fortaleza que contiene la posibilidad de Ser.


A las mujeres que viven esa debilidad cotidianamente, porque lo masculino es preciso, les desespera a veces el miedo del otro, la falta de atrevimiento, la indisponibilidad porque ha habido una retirada a los masculinos cuarteles de invierno. Se impone la impaciencia y el anhelo de presencia, porque cuando el otro no está la humanidad pierde. El régimen del dos se empobrece en el uno. Perdemos como hijas, como madres, como amigas, como hermanas, como maestras, como amantes, como compañeras, como viajeras, como habitantes de un barrio a la mitad.

Aunque la debilidad consciente también nos acerca, nos auspicia un tiempo con menos machos que todo lo pueden por encima de nuestros cuerpos, de sus cuerpos, por encima de la medida de lo humano y de la propia naturaleza; nos habla de esa debilidad que muchas sienten a cada rato cuando el mundo les devuelve una imagen de ellas que ya no es o les intentan imponer un mandato que ya pasó y tienen que volver a recolocarse ante sí mismas y ante el mundo una y mil veces. Una debilidad, por fin, que reconocida y transitada por quien la vive es el puente hacia otro lugar seguramente mejor. Muchas mujeres conocen bien ese camino.

Desde esa comprensión, desde la empatíaii y la necesidad de ser mujer libre conmigo y con lo masculino con sentido, han nacido estas atrevidas palabras que van y vuelven de lo abstracto a lo concreto, de lo grande a los cuerpos.

2. La relación entre patriarcado y capitalismo: dos en uno o el moderno Prometeo

En un trabajo que intenta nombrar lo que pasa, se hace necesario ir y volver del desorden dominante para poder llegar a lo concreto y de ahí poder aventurarse a poner orden. Porque el orden, como la lengua que nombra la realidad, y que nos ayuda a vivir y convivir, es necesario.

Cuando se escribe acerca del régimen de poder patriarcal capitalista o del capitalismo patriarcal, hay algo que me indica que, en ocasiones, no se utiliza la lengua con propiedad al nombrar el des-orden dominante. Es perceptible –porque es una sensación de que las palabras se empecinan en decir algo- que lo escrito o dicho no casa con la realidad del todo, dando algo por supuesto que no es tal y sustantivando o adjetivando de una manera jerárquica en función de lo que en cada momento o contexto viene mejor resaltar a quien habla o escribe: es decir, se utiliza patriarcal como sustantivo o como adjetivo del capitalismo y viceversa…como si entre ellos hubiera solo una relación de jerarquía en función del contexto del que formen parte.

Para aclarar el panorama, podría ser razonable volver a la raíz del desorden. Respecto del surgimiento del patriarcado hay muchas hipótesis que intentan desentrañar cómo se instala un sistema de dominación de una mitad de la humanidad respecto de la otra mitad, que precisamente es aquella que garantiza la perpetuación de la especie, teniendo la capacidad de ser dosiii. En tiempos recientes, el pensador chileno Claudio Naranjo se aventura a proponer que las poblaciones sedentarias originales, frente al calentamiento de la tierra y para poder sobrevivir, tuvieron que desplazarse y los hombres de esas comunidades se volvieron bárbaros, violentos, predadores e insensibles. El dominio de los hombres sobre las mujeres se produjo para acallar la parte femenina de la naturaleza frente a la brutalidad que fue necesaria para no perecer y competir con los elementos y con otros pueblos. Así, explica que, en todas las religiones, hubo la necesidad de sacralizar la violencia. Se instauró la retórica de matar, el rito de los sacrificios, para idealizar la violenciaiv y así hacerla soportable frente a la sacralidad de la vida transgredida o profanada. Este autor mantiene que nos hemos quedado pegados a aquella mentalidad patriarcal hegemónica e insensible que sirvió hace 6000 añosv.

Sea como fuere, algo que no es baladí porque podría ofrecer indicios para rastrear una masculinidad original, es evidente que el régimen de poder patriarcal está más allá del capitalismo, muchísimos miles de años más allá. Sin embargo, se suele decir en ámbitos feministas que el capitalismo, hijo de la modernidad, hizo un pacto con el patriarcado que les ha traído muchos beneficios a ambosvi. Esta puesta en escena no resulta del todo convincente, pareciendo que fueron unos nuevos ideólogos económicos los que se aliaron con viejos teóricos machistas para explotar más a la humanidad hombre y aprovecharse de la clásica explotación de la humanidad mujer y, por supuesto, para explotar de manera intensiva los recursos del Planeta. Que el joven capitalismo se sostiene y se aprovecha de un pacto sexual antiguo entre hombres para someter a las mujeres parece claro, pero hay que profundizar en ese aparente encuentro utilitario entre capitalismo y patriarcado para desentrañar la verdadera relación entre uno y otro y establecer con palabras veraces cuál sea su vínculo.

Desde esa mirada, entendemos que la relación que hay entre patriarcado y capitalismo es la relación que existe entre política y economía. Política y economía sexuadas, es decir, teniendo en cuenta o dando sentido al ser mujer y al ser hombre dentro de dichos marcos de actuación humana. La política es la manera de gobernar la ciudad, y la economía, siendo un instrumento al servicio de la primera -como el derecho, la educación o el cuidado de los cuerpos-, tiene que ver con el modo de administrar sus recursos. Si se gobierna fuera y dentro de las casas en un régimen de sentido que somete a las mujeres respecto de los hombres, el resultado ya sabemos cuál es. Y cualquier mediación al servicio de esa forma política estará marcada por dicha sexuación de sentido. Es decir, que el régimen de poder patriarcal se ha servido a lo largo de la Historia y en la mayoría de las civilizaciones de las mediaciones sexuadas oportunas para perpetuarse.

En definitiva, el quid de la cuestión podría ser que no hay dualidad patriarcado/capitalismo, no hay pacto entre unos hombres y otros. Se trata de una elección política sexuada, como son siempre todas las decisiones que atañen a lo humano. El patriarcado del capital es una transformación de un sistema de poder en el que cambian, en un momento dado y no hace mucho tiempo, las formas de producción y de trabajo.

Entonces, ¿qué relación hay entre dicho régimen de poder y su sistema económico predominante de la modernidad? Hay la relación entre el Doctor Frankenstein y su creación, es decir, una relación de paternidad. Padre e hijo que conviven dos en uno, pero que no se reconocen jamás públicamente en relación de familia.

Boris Karloff como la criatura de Frankestein.

En la excelente y visionaria novela de Mary Shelleyvii, el engendro ni siquiera tiene nombre, aunque la creación de Frankenstein como alegoría esperpéntica y amenazadora del deseo patriarcal de dar vida ha tenido tanta fuerza en nuestra cultura corriente que conocemos al monstruo con el nombre de su creador, que así ha sido fagocitado por su propia obraviii. La novela se titula curiosamente Frankenstein o el Moderno Prometeo. Prometeo es en la mitología griega el hombre-titán que osa robar el fuego a los dioses, es decir, que se atreve a poseer lo divino. Y también, con el mismo sentido profundo, Prometeo es el hombre capaz de crear a otros hombres del barro, enfrentándose a Zeus. En la metáfora de una jovencísima Shelley de 19 años, ese moderno Prometeo es el hombre que se atreve a emular la vida, a usurpar el lugar de la madre. Un hombre que, por cierto, inmediatamente se avergüenza de su creación, no reconociéndola como propia, y que será su sino de vida y su condena de muerte.

En cierta forma, Frankenstein, escrita en 1818, durante los inicios de la revolución industrial y por tanto del sistema de producción capitalista, y dentro del marco clásico de poder de los hombres sobre los cuerpos de las mujeres, es la alegoría temprana y visionaria de la perversión que podría traer un modo consumado de hacer política y economía que no respetara la vida y pensara que, con el avance científico, podría definitivamente emular su creación. Así, el desapego –o la envidia- que en el fondo muestra el Doctor Frankenstein por las mujeres y por la naturaleza puede ser considerado como la alegoría del delirio que desató el patriarcado cuando enloqueció con su criatura capitalista naciente, que en ese momento tenía a su servicio la máquina de vapor o la electricidad, que revolucionaron efectivamente las formas de producir y reproducir la vida. Electricidad poderosa que, a ojos del Doctor Frankenstein, podía incluso devolver la vida a los cuerpos humanos inertes.

En ese sentido, el capitalismo se lo inventarían unos patriarcas por necesidad. ¿Pero necesidad de qué? ¿Cuál es la necesidad-delirio del Doctor Frankenstein? La necesidad de ser dios –o mujer-, de dar vida. Algo propio de un hombre ilustrado de su época de finales del siglo XVIII y principios del XIX, en la que la modernidad “humanista” puso al hombre en el lugar de dios, previa caza de las brujas, de todas aquellas mujeres que durante la Edad Media europea habían vivido con cierta libertad y reconocimiento siendo mujeresix. Así, la modernidad se inauguraba con la culminación de un proceso de concentración violenta del poder en manos de los hombres a todos los niveles, incluso el religioso. Y se asentaba, entre otras cosas, en contra del magisterio de las brujas o, lo que es lo mismo, en un plan sistemático de erradicación en Europa de muchas mujeres –y algunos hombres- que alcanzaron durante la Edad Media cotas altísimas de independencia simbólica del patriarcadox, custodiando la relación entre la escuela, la política y el orden simbólico de la madre o, lo que es casi lo mismo, un orden de vida mediado por el amor.


La modernidad se inauguraba con la culminación de un proceso de concentración violenta del poder en manos de los hombres a todos los niveles, incluso el religioso, en un plan sistemático de erradicación en Europa de muchas mujeres –y algunos hombres- que alcanzaron durante la Edad Media cotas altísimas de independencia simbólica del patriarcado.


Además, los patriarcas de la modernidad fueron una clase social –la burguesa- que desbancó en el centro del poder a la aristocracia –unos hombres desbancando a otros-, y que tuvo que generar riqueza para sí porque no la tenían de nacimiento. Por tanto, ese proyecto patriarcal burgués de la modernidad necesitó dotarse de una nueva forma de economía que explotara al máximo la capacidad de trabajo de hombres y mujeres de clases sociales subalternas y los recursos naturales en forma de materias primas de los pueblos conquistados. Para ese proyecto, tendría que garantizar la opresión de las mujeres con formas antiguas y nuevas, que al mismo tiempo aplastaran la libertad femenina conseguida en siglos anteriores. Y, además, a través del imperio de la razón, ocupar el lugar de dios y jugar a dominar la naturaleza y, si podía ser, la creación de la propia vida.

El sistema de dominación patriarcal parece ser el régimen de poder que más ha durado a lo largo de la Historia conocida y el que más se ha extendido en casi todas las civilizaciones más allá de la división de la sociedad en clases. A lo largo del tiempo, se ha ido transformando en colonialista, imperialista o socialista. Pero una de sus grandes transformaciones y, quizás, quién sabe, su destino mortal, lo marca su propia invención del capitalismo. Como le ocurrió al Doctor Frankensteinxi.

En la actualidad, se sigue mayoritariamente viviendo el patriarcado capitalista como una dualidad. Miramos, pensamos y escribimos sobre el patriarcado y el capitalismo como si fueran, en el mejor de los casos, regímenes de poder complementarios. Así, resulta impensable el fin del patriarcado para buena parte del movimiento de las mujeres y el fin del capitalismo para gran parte del pensamiento anticapitalista. Lo que no deja de ser una paradoja. Una paradoja que aterriza en la tierra y se desvanece cuando se reconoce la relación íntima de parentesco entre patriarcado y capitalismo.


En la actualidad, miramos, pensamos y escribimos sobre el patriarcado y el capitalismo como si fueran, en el mejor de los casos, regímenes de poder complementarios. Así, resulta impensable el fin del patriarcado para buena parte del movimiento de las mujeres y el fin del capitalismo para gran parte del pensamiento anticapitalista. Lo que no deja de ser una paradoja. Una paradoja que se desvanece cuando se reconoce la relación íntima de parentesco entre patriarcado y capitalismo.


Resulta que la parte fundante del sistema de dominación está herida de muerte por la libertad femenina y la incipiente masculina; y su vertiente económica dominante lo está de la misma manera y por la misma causa, y porque además la explotación que supone de recursos no renovables y de gestión de los deshechos que genera ha llegado a su límite por los propios límites del Planeta. Un hijo espurio, que usurpa y depreda la matriz de la vida y que ya no puede controlar la violencia y la basura que todo eso genera, está condenado a no tener vida. El patriarcado ha masacrado siempre a seres humanos y territorios, pero desde que se transforma en capitalista, esa forma de hacer economía ha puesto en riesgo el propio mantenimiento de la vida humana.

En definitiva, el patriarcado al convertirse en capitalista consuma la expulsión del amor, de la vida, de su régimen de poder, lo que es una operación suicida porque, antes o después, ordenarse de espaldas a la vida lleva a la destrucción.


El patriarcado al convertirse en capitalista consuma la expulsión del amor, de la vida, de su régimen de poder, lo que es una operación suicida porque, antes o después, ordenarse de espaldas a la vida lleva a la destrucción.


3. De vuelta a casa

Excepto el amor, no tengo otro trabajo;

Salvo el amor tierno,

no siembro otra semilla.”

Yalal ad-Din Muhammad Rumi (1214)

.

De la política se echó a la madre hace muchos siglos en nombre de una ley injusta, una ley que dice que los hombres son propietarios de los cuerpos de las mujeres y que entre ellos se intentan regular para que la competencia no les destroce descuidando la vida. Pero la madre nunca se fue del todo del mundo de lo público; estaba como Antígona enterrada viva y desde la tierra, desde las casas, ha permitido que la civilización siga adelantexii. ¿Es tiempo de desenterrar a la madre y llevarla libremente y por su nombre a la polis, a la universidad, al derecho, a las relaciones de pareja?

¿Qué significa desenterrar a la madre? Significa dar tiempo y luz al orden simbólico de la madre, un orden de presentación y acción de la realidad que descansa en la mediación del amor. Es el camino para poder volver a casa.


Desenterrar a la madre significa dar tiempo y luz al orden simbólico de la madre, un orden de presentación y acción de la realidad que descansa en la mediación del amor. Es el camino para poder volver a casa.


El orden simbólico de una civilización es, en muy pocas palabras, la lengua que la nombra. O, en otras más simples, el sentido libre de las cosas y las relaciones. Y para nombrar el mundo o relacionarse con él, hay solamente dos mediaciones disponibles: el amor o la fuerzaxiii. El patriarcado del capital optó por la consumación de la expulsión del amor de la ciudad; optó por la mediación de la fuerza en la política. Pero, como se ha dicho anteriormente, un régimen de poder por dominante que sea nunca ocupa todo el espacio de la realidad. Siempre ha habido hombres que han elegido la mediación del amor consigo y con las mujeres como forma de vida y, por tanto, de hacer política. Han sido, son y serán hombres que saben que la vida la da la madre con el concurso del padre.


El patriarcado del capital optó por la consumación de la expulsión del amor de la ciudad; optó por la mediación de la fuerza en la política. Pero un régimen de poder por dominante que sea nunca ocupa todo el espacio de la realidad. Siempre ha habido hombres que han elegido la mediación del amor consigo y con las mujeres como forma de vida y, por tanto, de hacer política.


Muchas mujeres procuran tener confianza en los hombres que protagonizan un re-pensamiento práctico de su masculinidad. Como los hombres con sentido libre de sí confían “en las madres en todo lo relativo a la autoría de la vida”xiv. Y con esa confianza respetuosa de los procesos del otro afronto estas últimas líneas.

Robert Capa, Madrid octubre 1937.

Llevo años preguntándome por el más masculino, aquello que de forma genuina los hombres aportan a la auténtica obra civilizatoria. La experiencia de algunas mujeres que se acompañan de hombres mediados por el amor indica que quizás esa aportación masculina sea su colaboración en el sostenimiento de la vida. Son palabras que no quieren llevar al tópico sino a poder observar que, como mujeres, como seres creativos, deseamos esa potencia masculina que amamos y acompaña en el concurso de la vida, manteniendo nuestra independencia simbólicaxv.


La experiencia de algunas mujeres que se acompañan de hombres mediados por el amor indica que quizás esa aportación masculina sea su colaboración en el sostenimiento de la vida.


Eso quiere decir que hay una razón primordial de estar enraizada o enraizado en los orígenes de cada cuerpo de mujer y cada cuerpo de hombre que no puede ser obviada, ocultada, enajenada o alienada porque, si es así, los cuerpos enferman y hacen enfermar por tanto las relaciones, como es evidente que ocurre en la actualidad. Un presente en parte enfermo de cuerpos que se quieren autodestruir –las enfermedades asociadas a una alimentación deficiente o excedente, o tantas enfermedades autoinmunes en las que un organismo se reconoce como enemigo de sí mismo-; un presente dolorido en el que demasiados hombres quieren someter y aniquilar –si lo primero no es posible- a las mujeres; y de mujeres resentidas en el fondo de su alma con los hombres por heridas antiguas y contemporáneas.

Bastantes hombres se preguntan ya por su sentido de ser hombre libre de patriarcado capitalista y buscan reconocer un origen masculino amoroso que sea la plataforma desde donde empezar a caminar una nueva historia corriente del ser hombrexvi. Por eso, en el presente, vivimos la posibilidad extraordinaria e histórica de poder compartir con hombres la necesidad de inventar otra manera de ser y de relacionarnos, pero eso ocurre –claro, por eso ocurre- en una situación de mucha necesidad, de habernos salido de madre en las relaciones entre los hombres y las mujeres, de cada sexo consigo. Como no podía ser de otra manera, vivimos con desconcierto, ambigüedad, balbuceo y ganas el tránsito de dicho des-orden a un orden cierto, pero tenemos que resignificar lo libre que ha sido usurpado, reconociendo todo aquello que muchas mujeres y algunos hombres han aportado de forma original al sustento de la verdadera civilización. E inventar todo aquello que sea preciso cuando se vive desde el amor y se desea volver a casaxvii.


Bastantes hombres se preguntan ya por su sentido de ser hombre libre de patriarcado capitalista y buscan reconocer un origen masculino amoroso que sea la plataforma desde donde empezar a caminar una nueva historia corriente del ser hombre. Por eso, en el presente, vivimos la posibilidad extraordinaria e histórica de poder compartir con hombres la necesidad de inventar otra manera de ser y de relacionarnos.


  • LAURA MORA CABELLO DE ALBA es Profesora de Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social Universidad de Castilla-La Mancha. Autora, entre otras publicaciones, de Un Derecho del deseo, un derecho sexuado (2015) y coordinadora de obras colectivas como Trabajar en femenino, trabajar en masculino: un libro a once voces(2013) o La ecología del trabajo: el trabajo que sostiene la vida (2015).

NOTAS:

i AAVV, La ecología del trabajo: el trabajo que sostiene la vida (Laura Mora Directora), Bomarzo, 2015.

ii La empatía según María-Milagros Rivera Garretas, en el Glosario de su libro La diferencia sexual en la historia, es “un fenómeno bien conocido por las brujas, descubierto para el conocimiento científico por Edith Stein en 1916 en su tesis doctoral, leída en la Universidad de Freiburg. La define como “experiencia de la conciencia ajena”; y añade: (es) “un tipo de acto de experiencia sui generis que pone al ser inmediatamente como acto experimentante y alcanza directamente su objeto, sin representantes”.

iii Es clásico en esta línea el libro de Engels (1884), El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, en http://www.marxists.org/espanol/m-e/1880s/origen/el_origen_de_la_familia.pdf

iv Actualmente, asistimos a la naturalización de la violencia en el cine, los videojuegos o los juguetes a través de rituales repetitivos, modernos y cotidianos, inmersos en la sociedad de la aparente banalidad del entretenimiento.

v La mente patriarcal, RBA Libros, 2010.

vi En este sentido, el interesante libro de Silvia Federici, Calibán y la Bruja, cuerpo y acumulación originaria, Traficantes de sueños, Madrid, 2010.

vii Mary Shelley fue la única hija de Mary Wollstonecraft, la famosa defensora de los derechos de las mujeres en Inglaterra, que murió mientras la alumbraba al mundo.

viii Algo que ocurre únicamente con aquellos grandísimos personajes de obras de arte que nombran o representan con veracidad y de forma universal algo esencial de lo humano, como ocurre con el Quijote y Sancho, o con personajes de la literatura o del cine infantil, como podría ser la princesa Elsa de Frozen en la actualidad.

ix Al respecto, María-Milagros Rivera Garretas, El amor es el signo, Sabina Editorial, Madrid, 2012, pág. 221-236.

x La independencia simbólica proviene de la capacidad de tener pensamiento y práctica autónoma respecto del orden de la fuerza y, por tanto, implica la posibilidad de poder construir otro orden de vida que se aleje de la violencia y se sostenga en la convivencia pacífica de los seres humanos consigo mismos y entre ellos y ellas.

xi Sobre el fin del patriarcado capitalista, Laura Mora Cabello de Alba, “El trabajo con sentido en proceso constituyente. Un cambio de civilización: qué trabajo, para qué sociedad, para qué planeta”, Papeles de Relaciones Ecosociales y Cambio Global, nº 122, 2013.

xii En este sentido, Laura Mora Cabello de Alba, Un derecho del deseo, un derecho sexuado, Icaria, 2015, pág. 93.

xiv María-Milagros Rivera Garrretas, “La diferencia de ser hombre”, en La diferencia sexual en la Historia, Publicacions de la Universitat de València, 2005.

xv En este hilo de pensamiento, es bien interesante, Luisa Muraro, La indecible suerte de nacer mujer, traducción de María-Milagros Rivera Garretas, Narcea, Madrid, 2013, pág. 114-115.

xvi En este sentido, Juan Cantonero Falero, “Habitando mis márgenes: ser hombre en relación de diferencia”, Revista Duoda, nº 28, 2005.

xvii En torno a la masculinidad y la figura del padre, es interesante ver la película “El camino a casa” (1999), del director chino Zhang Yimou, en la que el protagonista vuelve a su pueblo tras la muerte de su padre. Y “Despedidas” (2008), película japonesa del director Yōjirō Takita, en la que el protagonista también vuelve a su pueblo natal para buscar trabajo.