LAS INOCENTES”: LAS MUJERES COMO VÍCTIMAS DE MÚLTIPLES CAUTIVERIOS

Autor: Octavio Salazar

No sé si Pedro Almodóvar o Paul Verhoeven habrán visto Las inocentes, la película en la que Anne Fontaine cuenta la historia real de unas monjas polacas embarazadas tras ser violadas por las tropas rusas al terminar la II Guerra Mundial. Si no lo han hecho, ellos, que están tan acostumbrados a banalizar las agresiones sexuales que sufren las mujeres, deberían hacerlo para ver si así empiezan a entender cómo la violación constituye la expresión máxima del dominio masculino y la subordinación femenina.  La dolorosamente bella película de Fontaine nos muestra además algo que no por sabido necesita menos recordarse: cómo la violación de mujeres y niñas es una de las más habituales armas de guerra y cómo las víctimas de esta barbarie han sido y continúan siendo en la mayoría de los casos invisibles.

A través de la mirada de la protagonista, una joven médico francesa, comunista y atea – interpretada por una magnífica Lou de Laâge -, una heroína que también sufre en sus propias carnes ser una excepción en un mundo ferozmente masculino, contemplamos además el doble cautiverio que sufren las monjas: no solo el que se traduce en las terribles consecuencias físicas y psicológicas de las violaciones repetidas, sino también el sentimiento de culpa que les generan sus creencias. La fe les hace sentirse responsables de la barbarie y las obliga a soportar la carga de la deshonra ante los ojos de dios y de los demás.


La película nos muestra cómo el patriarcado se nutre de factores que se entrecruzan y que multiplican el sufrimiento de las vulnerables. En este caso, a la violencia masculina se une la de una religión que las obliga al silencio y a la sumisión.”


De esta forma, la película nos muestra cómo el patriarcado se nutre de factores que se entrecruzan y que multiplican el sufrimiento de las vulnerables. En este caso, a la violencia masculina se une la de una religión que las obliga al silencio y a la sumisión, que las hace negar de sus cuerpos y que paradójicamente las sitúa enfrentadas al goce de la vida. Frente a esta mujeres, la joven Matilde, una mujer autónoma, luchadora, hecha a sí misma, representa la voz de la razón frente a los dogmas, el sentido común frente a las cadenas, la necesidad, como dice en una de las escenas, de “poner a dios entre paréntesis” cuando la vida o la integridad física de un ser humano están en juego.

En un final de año de tanta tontería en la cartelera – léanse asesinos, superhéroes y amores románticos revestidos de utopía ecologista -, de tanto machismo televisado y de tanta mujer asesinada, Las inocentes constituye una excepción por lo que supone de apuesta por otra mirada. Esa que habitualmente es negada o en el mejor de los casos reducida a lo anecdótico en un mundo, el del cine, que continúa siendo brutalmente androcéntrico y patriarcal.


En un final de año de tanta tontería en la cartelera – léanse asesinos, superhéroes y amores románticos revestidos de utopía ecologista -, de tanto machismo televisado y de tanta mujer asesinada, Las inocentes constituye una excepción por lo que supone de apuesta por otra mirada.


Anne Fontaine.

La mirada de Anne Fontaine, que se proyecta en las emocionantes y penetrantes miradas de todas las actrices que la protagonizan,  nos llama la atención sobre espacios, de la historia y del presente, que apenas son una nota a pie de página en los manuales y en los informativos. Nos sacude el corazón y la conciencia alertándonos de que los cautiverios de las mujeres, como diría Marcela Lagarde, son múltiples y que todos ellos suponen nada más y nada menos que violación de los derechos humanos fundamentales.

No está de más en este 2017 recién iniciado, y en el que ojalá seamos capaces entre todas y todos de frenar el retroceso que la igualdad está sufriendo en todo el planeta, volvamos la vista y la cabeza hacia una película como Las inocentes.  Para que con ella vaya tomando conciencia, quien todavía no lo haya hecho, de que el patriarcado se apoya en el dominio masculino y en la sumisión femenina. Lo cual supone, entre otras cosas, entender nuestros deseos como derechos y a ellas, incluido por supuesto su cuerpo y su sexualidad, como instrumentos para satisfacerlos. O, lo que es lo mismo, de cómo el  “vivir para otros” de la Sofía de Rousseau acaba traduciéndose también en abrirse de piernas para que el macho, gracias a la fuerza o al dinero que todo lo compra, continúe siendo el dueño y señor. El poderío de nuestro falo frente al silencio de sus labios.

Las inocentes es, pues, una de esas películas que, como tanto insiste Pilar Aguilar, nos muestra otro relato, es decir, pone el foco donde no suelen hacerlo la mayoría de los directores varones y nos interpela, desde la emoción que siempre contiene el cine bien hecho, para que asumamos un determinado compromiso ético. Un compromiso similar al que sigue Matilde en la historia y que debería traducirse en la responsabilidad que todas y todos tenemos, individual y colectivamente, en poner las bases para que todas las mujeres puedan hacer efectivo del “derecho de salida” de aquellos contextos que las oprimen. Y para que, como condición esencial, los hombres desaprendamos una concepción de nosotros mismos y de la sexualidad que nos convierte en bárbaros.

Trailer de la película.