Laura y Andrés caminaban por un parque dando un paseo.

¡Odio la Navidad! –dijo él.

Explicó en diez minutos todas sus razones. Dijo que es una rutina de todos los años impuesta socialmente. Pertenece a una tradición de una religión machista que ya no sigue casi nadie. Es mucho más grave, se ha convertido en un producto de consumo. También explicó que le da rabia que la Navidad sea un momento donde es obligatorio reír, cantar villancicos y hacer buenas obras por decreto. Es como si quisiéramos anestesiar la mala conciencia para el resto del año. El buenrollismo del espíritu navideño le saca de quicio. Le parece muy superficial.

Por si fuera poco se estropea el medioambiente, se esquilman los mares, se consumen juguetes quién sabe si fabricados con trabajo infantil ¡Al final todo está orquestado para que haga negocio El Corte Inglés!

Reconoció Andrés que estas fechas se pone nostálgico por recordar su niñez. Y se acordó especialmente de la muerte de su padre que aconteció el 3 de enero. Siguió contándole a su amiga que le fastidia la depresión que pasa su madre todos los años por estas fechas. La gente que está sola lo pasa muy mal estos días, por la obligación de tener una familia. Y muchos que la tienen, los odian o están peleados.

Mira a Pedro, nuestro amigo, hace diez años que no se habla con sus padres porque es homosexual.

Andrés dijo que somos muy hipócritas. Vivimos en una sociedad de opulencia, llena de excesos, comilonas y borracheras, mientras que el hambre en el mundo es un genocidio global. Las obras de caridad y los comedores sociales, explicó que le parecen insuficientes. Y esos telemaratones solidarios le parecen una pantomima.

Y además todos esos excesos son perjudiciales para la salud.

En definitivas cuentas, a Andrés le producen indignación muchas injusticias que ve habitualmente y que identifica especialmente con las fechas navideñas, precisamente por la hipocresía y el buenismo tan superficial. Tiene mucho sentido crítico y ve lo peor del capitalismo, del consumismo, las religiones, el patriarcado, todo junto.

Tienes razón y te entiendo -le dijo Laura- pero yo lo veo algo diferente.

Laura por su parte opinó que la Navidad ha perdido la exclusividad religiosa. Sabe que forma parte de la cultura, al estilo clásico de Tylor, entendiéndola como el conjunto de conocimientos, creencias, arte, moral, el derecho, las costumbres, y cualquier otro hábito y capacidades, incluyendo la vestimenta, la música, el ocio, los regalos, y la alimentación. Las costumbres pueden cambiar y las hacen los individuos y los grupos.

Explicó que conoce también a varias personas con creencias y tradición religiosa que son tan sensibles como Andrés, pero precisamente por su sentido religioso. Se dan todas las combinaciones.

Bien mirado, le recordó que se rememora la Natividad de un hombre que en teoría, con un humanismo cristiano adaptable a mucha gente, si hoy naciera, además de feminista, lucharía por la justicia social y la erradicación del hambre en el mundo.

Constató que es bonito reflexionar sobre las rutinas, tradiciones y costumbres y quedarse con lo que hoy tiene sentido para cada una. Tomar el control de lo que quiero creer, pensar, sentir y hacer. Hemos de aprender a tolerar la pluralidad.

Repitió varias palabras de Andrés sobre la soledad no voluntaria, las relaciones personales, pensar en la enfermedad o la muerte de los seres queridos. Puede ser una buena oportunidad para sanar los duelos.

La Navidad nos recuerda las enemistades, y las relaciones familiares deterioradas, Andrés tiene razón. Pero las reuniones familiares de estos días pueden servir para limar asperezas, ponerse en el lugar de la otra persona y valorar hasta qué punto tenemos una familia “que nos toca” o es una “familia que elegimos”, sea la biológica o no.

Coincidió también en que los excesos de estas fiestas no le gustan. Pero se puede tomar las riendas de la situación y hacerlo más moderado.

Le gusta el valor simbólico de los ritos o rutinas pero con sentido. Tampoco le gusta sentirse manipulada.

En realidad, Laura y Andrés estuvieron bastante de acuerdo.

¿Andrés, te gusta cocinar? –le preguntó al observar que le escuchaba con mucho interés.

-dijo él-. En Navidad es lo que hago. Cocino con mi madre, con mi pareja y con Pedro. Tú también puedes venir.

Empezó Andrés a dar otra versión completamente distinta. Explicó que le gusta cocinar, y hacerlo en grupo. La comida, aparte de satisfacer las necesidades biológicas del cuerpo, para mantener la salud, es un placer, y sirve para la integración social. Andrés le dijo que somos lo que comemos, y lo que desechamos, esa es la razón por la que está tan sensibilizado con las necesidades, los productos de proximidad o el “comercio justo” ¿Hay comida vegetariana para Navidad?

Laura y Andrés acordaron ser más conscientes con las compras navideñas, como ya suelen hacer. Y coincidieron en que el alimento es la fuente de las emociones más intensas. Por eso es tan importante ser cuidadoso con ese familiar que no nos cae bien, o ese otro al que envidiamos. Afearon la conducta de aquel que cuenta alguna cosa para quedar por encima.

Reunirse para cocinar y comer en grupo un día especial, puede ser valioso en sí mismo sea Navidad o cualquier otro día. En Navidades queda reflejada toda la estructura familiar, los roles y estereotipos de género. Hablaron que se aprecia fácilmente, “si quieres fijarte”, cuándo hay subordinación femenina, o malos tratos. Se aprecia cómo se reparte la carga de trabajo de las tareas. El tiempo dedicado a la compra de los productos y la realización de los platos. En esto también coincidieron.

Ambos fueron conscientes de que el conocimiento culinario también puede ser un arma que se pone en juego para hacerse valer en la negociación dentro de la casa, en las relaciones de género y en la familia extensa. Puede ser otro elemento de prestigio social, o de establecimiento de jerarquías.

¡Ahora resulta que gracias al máster chef de la TV es cuando los hombres entran en la cocina! -dijo Andrés a modo de crítica.

Laura estuvo de acuerdo, pero viéndole el lado bueno, por unas cosas o por otras, las generaciones más jóvenes es probable que normalicen el exigirse mutuamente todas estas cosas en equidad.

Tenemos una relación afectiva con la comida. La significación social del acto de beber, comer y compartir costumbres y tradiciones, se transforma finalmente en vínculo, en nueva o re-novada relación. La clave es saber qué quiero y qué creo y por qué.

Laura le contó a Andrés que uno de los mejores momentos de la Navidad, porque hay más tiempo libre, es las comidas compartidas en la parroquia con las familias transnacionales. Han venido de fuera y no las conocemos. Están asentadas entre nosotros de todo el mundo y a su vez mantienen el contacto con el lugar de origen. El compartir una comida diferente sirve para conocernos mejor y para pensar. La comida hace de vínculo. Ayuda a reflexionar sobre la generosidad con la comida o al compartir la mesa.

Andrés se comprometió a acompañarla algún día.

Laura explicó por otra parte que el ritual de la comida también despierta los deseos sexuales. Dicho de otro modo, la generosidad, la dedicación, el especial mimo y el mayor tiempo en la preparación de los platos es un lenguaje que relaciona la comida y la sexualidad ¿Esa dedicación especial no es una proyección de la manera en la que queremos tratar y ser tratados?

Eso le gustó a Andrés. Nunca había pensado que las nuevas relaciones afectivas y sexuales que deben establecer las parejas en un contexto más igualitario puede tener en la cocina y la comida un bonito campo de entrenamiento. Él y su pareja se cocinan mutuamente. Eso le gusta. La comida y otros afectos como la amistad o la maternidad-paternidad también son importantes proyectados al comer.

Feliz Navidad, Andrés, a mí sí me gustan estas fechas –le dijo a su amigo después de esa agradable charla.

Cocinar en grupo y comer en grupo sirve para pensar. Es el mejor escenario para la reflexión, la escucha activa y el diálogo sincero. Es el mejor caldo de cultivo para la confesión, para suavizar conflictos, para hacer política con mayúsculas, para la ternura, la simple compañía o para celebrar la Navidad como cada cual quiera (o no).

 

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