LA PEDOFILIA DE GÉNERO.

Autor: Julián Fernández de Quero

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Para la medicina, la pedofilia es una orientación sexual morbosa de carácter desviado y perverso. Desde otros puntos de vista, las opiniones son muy diversas, desde las que defienden que la pedofilia es una orientación sexual positiva y reivindican el derecho a que adultos e infancia puedan mantener relaciones sexuales socialmente consentidas (algo que ya ocurre en numerosos países y culturas) hasta las que consideran que es un crimen execrable que debe ser perseguido por la justicia.

El punto de vista médico, al considerar que la pedofilia es un comportamiento patológico,  plantea la necesidad de la intervención profesional desde dos frentes: uno, el farmacológico, con medicamentos que reducen la líbido del sujeto para atenuar su compulsión hacia la infancia; y el otro, el psicoterapéutico, bien desde el enfoque psicoanalítico, investigando los traumas infantiles que, según esta escuela, se encuentran en el origen de la tendencia, o bien, desde el enfoque conductual, que intenta modificar la conducta desviando el interés hacia objetos infantiles por otros, hacia objetos adultos.

 

Distinciones entre pedofilia y pederastia

No obstante, antes de entrar en materia, conviene dejar bien delimitados algunos conceptos cuyo uso popular tiende a presentarlos como sinónimos. Así ocurre con los conceptos de pedofilia y pederastia.

El primero se define como la orientación, tendencia o sentimiento que induce al adulto a sentirse atraído por sujetos infantiles. No implica actividad directa o dicha actividad puede ser muy variopinta, dependiendo de cómo vive el sujeto su orientación. Pederastia, en cambio, se define como el abuso sexual explícito a un/a menor siendo un comportamiento perseguido de oficio por la justicia. Un pedófilo no tiene por qué ser un pederasta y viceversa, ya que el abuso sexual a menores puede ser debido a otros motivos distintos que la orientación o tendencia. En la Grecia clásica, los dos conceptos estaban bien diferenciados, siendo la pedofilia un comportamiento socialmente bien visto, mientras que la pederastia era una conducta reprobable.

 


Un pedófilo no tiene por qué ser un pederasta y viceversa, puesto que el abuso sexual a la infancia puede tener otras motivaciones no eróticas.


 

Las parafilias son comportamientos de género

Entrando en materia, lo primero que llama la atención cuando leemos literatura sobre la pedofilia y la pederastia, es el hecho de que están referidas casi exclusivamente a los hombres. Son los varones los que aparecen como pedófilos y/o pederastas. El porcentaje de mujeres a las que se les puede atribuir este tipo de comportamientos es muy reducido y, analizando los casos, suelen estar provocados por causas ajenas a la orientación o tendencia. Por lo tanto, tenemos que hablar de la pedofilia y la pederastia como comportamientos específicos atribuibles al género masculino. De hecho, casi todas las llamadas parafilias (término que está cayendo en desuso por falta de rigor científico) se caracterizan por estar protagonizadas por varones, como así lo atestiguan los archivos judiciales. Es así que la pregunta que nos hacemos es: ¿por qué son los hombres los que manifiestan este tipo de orientaciones o tendencias y, en cambio, no ocurren en las mujeres?

 


Tenemos que hablar de la pedofilia y la pederastia como comportamientos específicos atribuibles al género masculino.


 

La atractividad como base biológica de la empatía y el apego

Para tratar de buscar una explicación, tenemos que referirnos al concepto de atractividad, que se define como la base biológica que facilita las relaciones entre los seres vivos. El principal y más primigenio elemento organizador de la vida es el principio del placer y el displacer, gracias al cual, todo ser vivo se siente atraído por todos aquellos objetos del medio que le benefician y le procuran placer y rechaza aquellos otros que le son tóxicos y displacenteros. Es un comportamiento instintivo y reflejo y, por ello, innato y universal.

Por poner un ejemplo claro, vemos cómo los moluscos, animales protegidos por una concha dura, cuando el medio es favorable, mantienen las valvas abiertas para que el contacto con el líquido elemento le procure los elementos necesarios para su subsistencia. Pero si el medio cambia y se vuelve tóxico u hostil, cierran herméticamente las valvas, reducen su actividad vital y se aíslan en un reflejo de protección.

Pues bien, el principio de placer y displacer funciona mediante la herramienta de la atractividad y su reverso: gracias al hecho de que nos sentimos atraídos por los objetos del medio, podemos cumplir con dos necesidades primarias de todo ser vivo: alimentarse y reproducirse. La atractividad ha evolucionado de manera dispar y variada en las especies animales, según sus necesidades. Entre los felinos, el tigre es un animal muy solitario. Su territorio de caza es muy extenso y en él no deja entrar a ningún rival que le pueda disputar su comida. Cuando llega la época del celo, la hembra llama al macho con sus rugidos y sus feromonas, incitándole a recorrer muchos kilómetros para acercarse a ella. ¿Cómo puede el macho reconocer a la hembra, a la que no ha visto nunca anteriormente? La reconoce por la atractiva piel rayada similar a la que mostraba su progenitora cuando era una cría dependiente de sus cuidados.

 


La atractividad es la base biológica de la empatía y el apego. Nos induce a establecer relaciones con los elementos del medio y nos convierte en seres sociales por naturaleza.


 

Su memoria convierte en fetiche atractivo un elemento que será la llave de su relación sexual reproductora. La capacidad selectiva de convertir en fetiche atractivo algún elemento del medio, va desde la rudimentaria del escarabajo, que sólo se siente atraído por una figura redonda y negra, lo que hace que el macho, cuando va volando, se lance sobre toda figura redonda y negra, creyendo que es una hembra y se lleve el chasco de posarse sobre un guijarro con esa figura y color, hasta el ser humano, que es capaz de crear múltiples fetiches atractivos para funciones muy variadas: alimentación, moda, refugio, artes de todo tipo, seres vivos de la más variada categoría, y otros seres humanos diversos y distintos.

Así pues, la atractividad es la base biológica de la empatía y el apego, que nos induce a establecer relaciones con los elementos del medio y nos convierte en seres gregarios y sociales por naturaleza.  Nacemos rodeados de gente que nos cuida y protege, crecemos rodeados de gente que nos educa y socializa, y llegamos al final de la vida acompañados, y todo eso, gracias a la atractividad.

 

La atractividad especial de la cría humana

Ahora bien, centrándonos en las relaciones entre adultos e infancia, tenemos que tener en cuenta que la cría humana viene al mundo en un estado de total invalidez: es incapaz de moverse, comer y protegerse de manera autónoma.

Necesita inexorablemente del apoyo, protección y cuidados de una persona adulta y, para conseguirla, la naturaleza le ha dotado de una atractividad especial que despierta en los adultos un  sentimiento irresistible de protección y cuidados. Son los comportamientos instintivos de la pulsión del apego por la que el adulto se compromete incondicionalmente a cubrir las necesidades de la cría por pura empatía y atracción. Este vínculo de apego se puede establecer entre la cría humana y cualquier adulto (madre, padre, hermano/a, abuelo/a, cuidador/a, o profesor/a) que establezca de forma temprana y cotidiana esa relación de protección y cuidados.

 


Desde este perfil de género, las relaciones con la infancia están carentes de ternura y de cuidados. Es un ámbito prohibido para el varón de género.


 

El apego no distingue entre mujeres y hombres y la cría resulta atractiva para cualquier persona adulta. Sin embargo, nos encontramos con una cultura patriarcal que ha reservado la crianza en exclusiva a las mujeres, de manera que son ellas las que establecen los vínculos de apego con las crías recién nacidas y las que desarrollan sentimientos de ternura, cuidado y protección, que se integran en lo que la cultura de género ha llamado el “instinto maternal”.  Mujeres y crías se atraen mutuamente, se acarician, se tocan, disfrutan de sus relaciones, que la sociedad etiqueta como maternales y no sexuales y, por lo tanto, positivas.

En cambio, a los hombres los ha destinado a la conquista, el esfuerzo y el poder. Su perfil es rudo, duro y narcisista, y, sobre todo, debe ser lo contrario a lo femenino. Para ellos, la crianza y la relación con la infancia es cosa de mujeres, algo prohibido para ellos. Su relación con ella está presidida por el dominio y la fuerza. Los padres son los que imponen la disciplina, las normas y la violencia de los castigos. Además, la sexualidad aprenden a vivirla como sexo puro y duro, mera pulsión a la cópula reproductora. Las relaciones sexuales las establecen desde el binomio Sujeto-Objeto, es decir, las otras personas son meros objetos atractivos para despertar su deseo y satisfacerlo. Así pues, desde este perfil de género, las relaciones con la infancia están carentes de ternura y de cuidados. Es un ámbito prohibido para el varón de género.

 

La erótica de la crianza

Ya he apuntado que la crianza genera beneficios a los adultos por sí misma y he hablado del incentivo que hay en la base de la motivación para asumir tal responsabilidad. Pero también existe un beneficio no menos importante: los placeres que se desprenden de la propia tarea. La crianza tiene su erótica, derivada del hecho de que para el desarrollo armónico de la personalidad del bebé sea necesario ayudarle al despliegue de sus potenciales sensoriales y afectivos.

Hace tiempo que los psicólogos y los pedagogos han estudiado la importancia de las caricias y del contacto, piel con piel, para que el niño se desarrolle de forma adecuada, así como de las consecuencias negativas para él cuando estos elementos no se dan. También han seña­lado la importancia del cultivo de sus otros sentidos, por medio de adecuados estímulos auditivos (la música, so­nidos naturales), visuales (la visión del cuerpo desnudo, de las caricias entre los que le rodean, la pintura), olfati­vos (diferentes aromas) y gustativos (importantes para una adecuada alimentación); o la importancia del juego como forma de aprender a realizar actividades a partir del propio placer que generan.

 


La crianza tiene su erótica, debido a que para el desarrollo armónico de la personalidad del bebé es necesario ayudarle al despliegue de sus potenciales sensoriales y afectivos.


 

La falacia de la conducta maternal asexuada

Esta erótica de la crianza es perfectamente observa­ble y socialmente asumida en la relación de la madre y de las demás mujeres con los niños y las niñas.

A partir de la falacia cultural de que la conducta maternal es asexuada, se permite sin objeciones que las mujeres aca­ricien, besuqueen y manoseen al niño. Todo el mundo pasa por alto el placer que estas conductas generan en ellas y, sin embargo, desde el punto de vista fisiológico, las reacciones son las mismas que cuando tienen relacio­nes eróticas con sus compañeros. Incluso pueden llegar al orgasmo, como se ha señalado en algunos estudios, cuando la barrera del tabú no está presente. También es evidente el placer en los niños, con manifestaciones que van desde la risa y el enrojecimiento hasta la erección y el orgasmo.

 

La erótica masculina de la crianza y sus barreras culturales

Sin embargo, hay una barrera cultural que impide que los hombres disfruten de la erótica de la crianza. Se justifica diciendo que su función paternal es más intelec­tual, más educadora, más distante. En seguida surge la metáfora de que «la mujer es naturaleza y el hombre es razón». Pero algunas de las opiniones recogidas por Jacqueline Kelen desmienten estos prejuicios:

«La función del padre es específica, pero no es lo que tradicionalmente piensan los hombres; es muy física y afectiva, no racional, y se parece a la de la madre. Para un hombre conformista, esa función puede parecer femenina y maternal. Es una función de maternidad, intercambiable en este sentido con la de la madre, pero con un tono afectivo viril. Esta función se acerca a la del enamorado, pero en este caso las caricias son gestos maternales.»

 


“La función del padre es específica, pero no es lo que tradicionalmente piensan los hombres; es muy física y afectiva, no racional, y se parece a la de la madre.”


 

La educación de la sensibilidad, de la sensualidad y de la afectividad del niño o la niña no es una tarea específica femenina; como las demás tareas de crianza, puede ser llevada a cabo lo mismo por un hombre que por una mujer. De la misma forma ocurre con la educación de la inteligencia en sus aspectos matemáticos y lógicos.

Ya hemos citado a Inés Alberdi para decir que la función más relevante de la familia moderna es la afectivo-sexual. Pero ella lo decía, sobre todo, en cuanto a las relaciones de la pareja adulta. Hay, pues, que resaltar que también es una función importante en las relaciones de los padres y las madres con los hijos y las hijas.

La educación sexual y afectiva de la primera infancia se basa fundamentalmente en la erótica de la crianza, unos padres acariciadores y besucones pueden contribuir a ella de la misma forma que las madres. Pero, para ello, tienen que vencer el miedo a su propio placer, producido por su comportamiento paternal, y saber interpretar adecuadamente sus reacciones fisiológicas. De igual manera, para poder cultivar la sensibilidad de su hijo o hija, deben cultivar antes la suya. Difícilmente puede enseñar a escuchar, a mirar, a oler y a gustar quien tiene el oído, la vista, el olfato y el gusto atrofiados.

 


Ayudar al niño o la niña a expresar el placer y la ternura, pero también el miedo, la ira o la pena, es importante en la crianza y muchos padres y madres no suelen entenderlo.


 

La importancia educativa de la afectividad de la pareja

En cuanto a la afectividad, durante la primera infancia, el niño y la niña la aprenden fundamentalmente a través de lo que se llama el aprendizaje vicario, sus emociones se desarrollan por la resonancia afectiva que les provocan las emociones de los demás. De ahí que la imagen de sus padres besándose tiernamente haga más en favor de su propia ternura que mil palabras. No digamos lo que ocurre cuando la imagen de sus padres es la de dos seres distantes y fríos. Ayudar al niño o la niña a expresar el placer y la ternura, pero también el miedo y la ira o la pena, es una parte importante de la crianza que muchos padres y madres no suelen entender.

De todo lo que acabo de decir se desprende la importancia de dos elementos en la paternidad responsable: la necesaria cualificación del adulto para ejercer esta tarea con responsabilidad y conocimiento, y la importancia de adecuar las actitudes y vivencias sexuales y afectivas en función de dicha tarea. Este es el gran reto de todos, hombres y mujeres, aunque, como ya he dicho, los hombres parecen tener un camino más largo que recorrer. Como dice Josep Vicent Marqués: «Los va­rones seguimos hablando poco y mal de nuestros problemas; el discurso entre varones sigue estando presidido por el temor a que otro varón actúe como guardián de las viejas consignas de omnipotencia, dureza y misoginia.» Sin embargo, es el único camino que tenemos para conseguir que la reproducción se humanice, deje de ser el oscuro origen de tantas desgracias y se convierta en otra posibilidad de cooperación y reparto entre los seres humanos.

En este marco de comprensión de las relaciones entre personas adultas, hombres y mujeres, e infancia,  se puede entender perfectamente  algunas cosas:

  1. Que la pedofilia no es ni una orientación sexual (positiva o negativa) ni una parafilia perversa y morbosa, sino la lógica respuesta a la atractividad que desprende la infancia como recurso innato contra su vulnerabilidad y su búsqueda de protección y cuidados. Es la base sobre la que se construye el apego y la empatía, elementos indispensables para desarrollar relaciones positivas en el presente y para el futuro.
  2. Que la cultura de los géneros patriarcales ha excluido a los varones de los beneficios inherentes a la crianza, impidiéndoles desarrollar ese apego y empatía, que acompañados de sentimientos de ternura, protección y placer, les permitiría establecer relaciones paternales positivas y adecuadas con la infancia. Esta exclusión es la que genera en los varones comportamientos traumatizados y narcisistas que les puede llevar a  realizar actos de pederastia o abuso sexual de los menores.
  3. Que la participación de los varones en la crianza, como han demostrado investigaciones referidas por Myriam Miedzian en su obra “Chicos son, hombres serán”, es la alternativa que permite la superación de la cultura de género y la erradicación de los comportamientos violentos propios de la pederastia. La pedofilia no necesita ser tratada como un trastorno neurótico o psicótico, no necesita de abordajes profesionales, puesto que, en la medida que los varones son incluidos en las relaciones de crianza, encuentra su cauce natural como viene ocurriendo con las mujeres desde tiempos inmemoriales.
  4. Por último, la superación de una idea patriarcal del sexo, que lo reduce a la mera expresión de una pulsión copulatoria, dirigida al cumplimiento de un mandato reproductor animal, es imprescindible para acabar con este tipo de comportamientos parafílicos de género. La concepción de la sexualidad humana como abanico de comportamientos cuya finalidad es el despliegue del amor y del placer entre las personas en relaciones igualitarias y respetuosas, es la asignatura pendiente de la educación que impide que la cultura de los géneros sea superada por una cultura de las personas.