En estas fechas navideñas quien más quien menos (padres y madres, abuelos y abuelas, tíos y tías) repetimos el ritual de regalar juguetes a niños y niñas para mostrar nuestro afecto, para promover valores, para educar, para verles felices… o para cumplir con la tradición.

Sexismo en la elección de juguetes

Afortunadamente, se extiende socialmente la inquietud, o al menos surge la pregunta, a la hora de elegir el juguete, de si estamos constriñendo la libertad de desarrollo personal por elegir el juguete según el sexo al que se supone que tradicionalmente ha sido adjudicado. Otra cosa es la decisión que finalmente tomemos, pero al menos nos cuestionamos cada vez más el supuesto orden de normalidad y naturalidad del asunto. Se reduce progresivamente el número de personas que dividen los juguetes por sexo (de niño o de niña), o al menos que lo dicen abiertamente y en público: “este juguete es de niñas y este juguete es de niños”. Sin embargo, en realidad, la elección final del juguete sigue siendo mayoritariamente sexista por múltiples razones: la publicidad, las creencias personales sobre el género y la falsa creencia que induce al miedo a la homosexualidad.

Cuando reflexionamos sobre estos temas hablamos de publicidad sexista o de actitudes personales sexistas, pero no de juguetes sexistas. Los juguetes nunca fueron en sí mismos sexistas. Lo sexista es su elección y su uso en función de la atribución a uno u otro sexo y, por lo tanto, los juguetes serán más o menos educativos, más o menos tecnológicos, más o menos violentos, más o menos divertidos, pero no más o menos sexistas. Los hacemos sexistas cuando los elegimos y fomentamos su uso en función de nuestras expectativas de adultos, de las intenciones de negocio de las compañías de juguetes y de las estrategias de publicidad.

El videojuego sí puede ser en sí mismo sexista, pero el videojuego no es un juguete, sino un juego. No es un juguete porque no cumple con la condición de poder ser usado de manera diversa en función del deseo de quien juega, de la imaginación o de la necesidad. El videojuego se utiliza para lo que se ha diseñado y el/la jugador/a muestra fundamentalmente sus habilidades pero no su imaginación. Y sin duda la mayoría de videojuegos son extremadamente sexistas por el rol de mujer que, aunque es activa, atrevida e incluso violenta en la mayoría de casos, es además hipersexualizada. Los personajes masculinos rara vez aparecen en roles de cuidado, amistad o afecto, sino en acciones violentas y practicando deportes tradicionalmente masculinos. Además su presencia es mayor que la de los personajes femeninos.

La publicidad

La manera en que la publicidad muestra los juguetes asociados a uno u otro sexo tiene sin duda una poderosa influencia, tanto en las personas adultas que compran como en las niñas y los niños que piden. Todos los estudios que analizan la publicidad del juguete desde la perspectiva de género siguen indicando sesgos sexistas evidentes y masivos. El realizado por EMAKUNDE (Instituto Vasco de la Mujer del Gobierno Vasco) en 2004 señalaba diferencias de presentación de los juguetes en función del sexo en multitud de indicadores tales como los colores, la acción de los personajes, el lugar y presencia preponderante de los personajes, el lenguaje, la escenografía, etc. Un estudio más reciente es el TFG realizado en 2014 por Miriam Santos Gracia de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Autónoma de Barcelona.

Es cierto que en la publicidad van desapareciendo los sesgos más evidentes (como, por ejemplo, la separación de colores y de páginas por sexos en los catálogos), pero a nada que se profundice, aparecen otros factores sexistas inicialmente no tan fácilmente perceptibles y conscientes pero sí condicionantes. Pero es que, además de la diferenciación sexual bipolarizada en horizontal, es necesario desvelar la diferenciación en vertical, es decir la jerárquica y de valoración. La supuesta inversión o intercambio de roles de manera simétrica no es tal. Se observa cómo aparecen más niñas con juguetes y acciones (juegos) tradicionalmente masculinos (coches, balones, juegos tecnológicos) que niños con juguetes y juegos tradicionalmente femeninos (muñecas, maquillaje, vestuario). Esto no es más que la extensión de lo que ocurre en otros ámbitos de la vida como la educación, el deporte, la elección de profesiones, etc.

Otro ejemplo que pone luz en esto es la creciente valoración de la cocina y la consiguiente traslación a la publicidad de cocinas entre niñas y niños de forma más indiferenciada. Es decir, nos incorporamos los varones (niños o adultos), e incluso nos apropiamos de aquello que tiene reconocimiento social.

Emakunde publicó en 2009 una completa guía para familias y también el Instituto Andaluz de la Mujer publicó en 2013 otra interesante guía.

Obstáculos para el cambio

Las creencias personales de asignación de roles en función del sexo porque es lo “natural”, lo “normal” o lo “conveniente” para el buen orden social, son otro poderoso obstáculo para el cambio. No cumplir con la asignación de juguetes -y los consiguientes roles asociados- en función del sexo supone subvertir el orden de las cosas tal y como han venido siendo y por lo tanto una exposición a la desorientación e incomodidad, en el mejor de los casos, y un riesgo para la pérdida de privilegios masculinos. Esto que denominamos resistencia a la desorientación o incertidumbre se observa en los estudios empíricos en los que se ofrece a personas adultas interactuar con niños y niñas de menos de 2 años. Si no se les indica el sexo ni se ofrecen rasgos diferenciadores (como el color de ropa o pendientes) las personas adultas expresan sentirse incómodas por “no saber cómo interactuar con una criatura de la que desconocen el sexo”. La tolerancia a la incertidumbre y a la indiferenciación sexual facilita la superación de estereotipos y prejuicios y hace la elección del juguete más libre del cliché del sexo de nacimiento.

Además de este miedo a la incertidumbre nos encontramos con la percepción de pérdida de privilegios masculinos. La indiferenciación sexual de juegos supone la subversión del orden jerárquico del valor asignado a los juegos. Como decíamos más arriba, hay juegos y tareas más valorados en la infancia de la misma manera que son más valorados también en la edad adulta: lo tecnológico sobre lo estético, lo productivo sobre lo reproductivo, la acción sobre la observación, la aventura sobre los cuidados, etc. Remover este orden jerárquico en las tareas, juegos y juguetes -es decir, dejar de asignar uno u otro según el sexo (los primeros a las niños y los segundos a las niñas)-, supone también alterar el orden social del reparto de tareas en la edad adulta y la división sexual del trabajo que nos coloca a los hombres en tan evidente lugar de poder sobre las mujeres.

Y si se produce un ligero avance es solo parcial, pues esa diferente valoración de las tareas y los juguetes hace que las personas adultas seamos más tolerantes a que las niñas realicen juegos o tareas tradicionalmente masculinas que a que los niños realicen juegos o tareas tradicionalmente femeninas. Y a que los varones nos apropiemos de tareas tradicionalmente femeninas pero que ganan en reconocimiento social como cocinar.

Otro importante freno a la indiferenciación sexual del juego y el juguete aparece en el miedo a la homosexualidad. Está muy asentada en el imaginario social la falsa creencia de que la indiferenciación e inversión de roles de género en la primera infancia condiciona determinantemente la orientación sexual futura, especialmente en los varones. Si un niño juega con muñecas o maquillaje se piensa que “se hará marica y homosexual” y si una niña juega con coches se piensa “se hará marimacho” pero no “lesbiana”. Es muy habitual la frase “yo no es que esté en contra de la homosexualidad, pero me preocuparía que esto diera problemas a mi hija/o”. Existen actitudes, personas, abiertamente homófobas, pero no vamos a dirigirnos aquí a ellas sino a quienes, sin mostrar actitudes de rechazo y hostilidad, muestran miedo o preocupación.

Esta inquietud es fruto del desconocimiento de lo que la psicología evolutiva nos explica acerca de la construcción de la identidad sexual, de la identidad de género y de la orientación sexual. El autoreconocimiento como niño o niña se alcanza a los dos años como consecuencia de la conciencia de diferenciación corporal–genital y como consecuencia de cómo las personas adultas les nombran. Pero la teoría del aprendizaje social, con Bandura (1989) a la cabeza, añade que la diferenciación de género es fruto de las atribuciones de las personas adultas, de la observación del comportamiento adulto, de los modelos audiovisuales, etc. y que se afianza a los 6 años. Esto nos abre la puerta a comprender que la identidad sexual, es decir la autoatribución de ser niño o niña en función de los genitales y rasgos morfológicos, no necesariamente se tiene que corresponder con la identidad de género, es decir, con los comportamientos que se esperan de mí por ser niño o niña. Y que esta diferenciación no supone contradicción o malestar en las criaturas si la respuesta de las personas adultas es de normalidad, aceptación y promoción de la libertad de elegir.

Pero además, la elección del objeto de deseo afectivo–sexual es independiente de las dos identidades (sexual y de género) y va apareciendo a lo largo de la pubertad como consecuencia de multitud de factores como son las experiencias afectivas, los mandatos sociales y religiosos sobre la sexualidad, las vivencias corporales, la autoimagen corporal, etc.

Hacia una elección libre

Es imprescindible hablar, educar, sensibilizar y promover en la población la reflexión sobre conceptos como la identidad sexual, la identidad de género, la orientación sexual, la transexualidad, la intersexualidad… Esto normalizaría sin duda la elección y promoción del juguete libre de prejuicios y estereotipos de género, de la misma manera que facilitaría que el sentirse más hombre o más mujer o sentir deseo sexual por uno u otro sexo (o por los dos) se perciban no solo como un derecho a elegir libremente, sino como elementos indisociables de la felicidad y el bienestar de nuestras actuales criaturas y futuras adultas.

Nadie duda de la importancia del juguete y del juego en el fomento de la creatividad, el desarrollo cognitivo, la actividad motriz, la relación social, los valores, etc. Pero a todos estos valores queremos añadir otro imprescindible y común a ellos: el de la libertad de desarrollarlos por igual niños y niñas sin que el sexo de nacimiento condicione la preponderancia de unos y otros y, por lo tanto, sin que dibuje el futuro de distintos roles, tareas, poder, relaciones, afectos por ser hombre o mujer.

Y especialmente es necesario el cambio en nosotros, los hombres. Nosotros mostramos mucha mayor resistencia que las mujeres a la elección no sexista del juguete, está en nosotros mucho más asentado el miedo, cuando no el rechazo abierto, a la homosexualidad y es a los niños (varones) a quienes más se corrige cuando “juegan a cosas de niñas”. Los hombres debemos asumir, junto y en igualdad de compromiso con las mujeres, la responsabilidad de elegir juguetes y de promover su uso no sexista. La educación, la crianza, los cuidados, los afectos, el juego, etc. son sin duda tareas que a los hombres nos hacen más felices y mejoran nuestro bienestar. Comprometámonos por lo tanto en ser modelo de ello para las niñas y los niños y aportemos lo que en nuestra mano esté para poner estas experiencias al alcance de niñas y de niños por igual.

Autor del artículo: Santiago Moreno Larriba, socio de AHIGE (Asociación de Hombres por la Igualdad de Género).

 

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