EL HONOR PATRIARCAL QUE PROVOCA SUFRIMIENTO Y MUERTE.

Autor: Juanjo Compairé.

 

Dos mundos

Título original: “Forushande”; título en inglés: “The salesman”. Ganadora del Óscar 2017 a la mejor película de habla no inglesa, entre otros premios.

Como en su anterior película de éxito (la también oscarizada “Nader y Simin, una separación”, 2011), aquí un acontecimiento imprevisto, un incidente, sirve al autor para poner de manifiesto dos concepciones del mundo totalmente divergentes entre sí. La de Rana (Taraneh Alidousti) y la de su marido, Emad (Shahab Hosseini).

La película admite, sin duda, muchas lecturas. La que tiene que ver con la transformación acelerada, la modernización compulsiva de una ciudad, Teheran, que Farhadi considera que se está convirtiendo en una especie de Nueva York. No por casualidad el film comienza de forma trepidante, con una cámara en plena vorágine que retrata el desalojo precipitado del edificio en el que vivía la pareja protagonista. Su casa, cuarteada por grietas (ocasionadas por la construcción acelerada de un edificio vecino), es un símbolo evidente del hundimiento planeado de la vieja sociedad iraní. Sin embargo, veremos a lo largo de la historia que ni todo lo antiguo ha desaparecido ni todo lo nuevo es tal.

De hecho, el primer plano del film nos remite a un decorado de un teatro, en el que los dos protagonistas son Willy y Linda, el matrimonio de “La muerte de un viajante”, de Arthur Miller, que reflejaba el hundimiento del sueño americano en los años 30. Realmente el guión de esta película se asemeja a un guión teatral perfectamente construido. Los dos son, pues, actores y, por tanto, de una clase media liberal (incluso se permiten criticar la censura que sufre esta obra americana en un país oficialmente islámico). El desarrollo de los acontecimientos, sin embargo, sacará a la luz que, por debajo de esta ideología, el cosmos de Edam sigue siendo el tradicional.

A mí, sin embargo, me interesa mucho más analizar el film desde otro punto de vista. Tenemos, como en un teatro, un desencadenante: la irrupción en la nueva casa del matrimonio de un intruso. Hay una agresión, quizá una violación. No lo sabemos ni tampoco importa mucho. Lo vamos descubriendo de manos de Emad poco a poco, como en una intriga policiaca.

 

Rana

A partir de aquí, vemos a la víctima, Rana, que, en estado de shock, comprensiblemente expresa su miedo a la soledad. Se niega a denunciar el hecho. Lo que quiere es que su marido le haga compañía y que inclusive deje por un tiempo el trabajo para estar con ella. ¿Por qué? Podríamos pensar en lo que ocurre entre nosotros y que hace que muchas mujeres víctimas de violencia no quieran denunciar: miedo a no ser creídas; doble victimización por tener que dar pruebas y revivir el episodio ya de por sí doloroso; rechazo a ser tratadas por una policía machista… En el caso de Rana, vemos también cómo se comportan los vecinos, cómo juzgan, cómo se preguntan por qué ella ha dejado la puerta abierta… Hay una cuestión de honra y de temor de perder dignidad.

Cuando vemos aparecer al agresor, un viejo verde que pensaba que la casa seguía siendo un prostíbulo, en primer lugar vemos que Rana prefiere no mirarlo. Cuando lo ve y todos lo vemos en su decrepitud, ella siente hasta compasión por él. Y no se trata en este momento de una especie de “síndrome de Estocolmo”, sino de verdadera, de auténtica compasión. De hecho muchas veces las relaciones entre víctima y victimario son complejas. Y por favor que esto no se pueda interpretar como una especie de defensa o atenuante de la culpabilidad de éste último. Y en el caso de Rana, esta compasión llega incluso hasta a poner en jaque su propio matrimonio con Emad.

 

Emad

Emad reacciona como lo hacen los hombres: indagando racionalmente lo que ha pasado. Puesto que no le dejan denunciar el hecho, se plantea tomarse la justicia por su mano. Su idea, pues, de lo que es justo es lo que marca la ley positiva: quien ha hecho algo malo debe pagar por ello. No le importan las demandas de su mujer. No se coloca ante ella como verdadero cuidador. Lo importante no es el bienestar de Rana sino el honor familiar. A él, como hombre, como jefe de familia, (en definitiva, como patriarca, aunque él se presente como un hombre “moderno”) le corresponde salvaguardarlo. A ello supedita todo lo demás. Incluso es capaz de seguir dando clases a toda costa, a pesar de que la tensión que no puede controlar le hace perder los nervios ante sus alumnos. Prima ante todo su sentido de la justicia que en realidad es la venganza con otro nombre. La venganza, ese mecanismo de descarga también tan patriarcal como inane.

La actitud, la conducta de Emad nos pone ante los ojos lo injusta que puede llegar a ser la justicia pura y dura. La justicia masculina, la que no tiene en cuenta las circunstancias, las relaciones, la mejora del bienestar de las víctimas. Ya hace tiempo, Carol Gilligan opuso la “ética del cuidado” a la ética racionalista tan masculina de Kohlberg. No sabemos si Farhadi conoce estos estudios feministas, pero en esta película los ha expuesto de maravilla. También Victor Seidler criticó en su libro “La sinrazón masculina” los fundamentos de la ética kantiana y de la racionalidad descontextualizada propia del pensamiento masculino. Hasta el mismo Shakespeare en su maravillosa obra “El mercader de Venecia” había mantenido la tesis de la injusticia de la justicia llevada a sus últimos extremos.

La conducta de Emad nos lleva directo al abismo, a la muerte, incluso física. Y aquí vemos claramente que, a pesar de que él nos pudiera parecer al principio alguien progresista o liberal, en realidad está sintiendo y dejándose llevar por algo tan tradicional como la defensa del honor familiar, su propia defensa como jefe de familia. Su proceder abre una brecha entre él y su mujer, Rana. Una brecha que la última escena del film subraya con unos puntos suspensivos, típicos en la filmografía de Farhadi. En resumen, la conducta de Emad nos interpela y nos señala. Lo hace más allá de las diferencias culturales entre nuestras sociedades. Porque el honor, la venganza, corresponde al imaginario patriarcal universal. Por desgracia.

 


La conducta de Emad nos interpela y nos señala. Lo hace más allá de las diferencias culturales entre nuestras sociedades. Porque el honor, la venganza, la justicia que desconoce las relaciones, corresponden al imaginario patriarcal universal.


 

El viajante

En tercer lugar, el victimario, el viajante Naser (Farid Sajjadhosseini). También él vive pendiente de salvaguardar su honor familiar, cosa que se nos antoja una auténtica ficción cuando vemos su conducta como hombre que lleva una doble vida. En eso enlaza claramente con el personaje de Willy Loman en la obra de Miller, cosa que indica que hay elementos comunes en todas las sociedades. Su figura, su malestar, su agonía se me antoja un símbolo de la agonía de un patriarcado ya caduco, el de la sociedad norteamericana de los años 30 y el de la iraní de nuestra década.

Pero el rostro de Emad en los últimos segundos, cuando está a punto de encarnar el papel de Willy en el teatro, nos indica que este patriarcado no está tan agonizante. Se disfraza, se maquilla como la cara de este actor, pero continúa haciendo sufrir antes de morir definitivamente. Quizá.